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Mat resopló. A lo mejor se sentían celosos. Bueno, él era ta’veren y tendrían que aguantarse.

—Entonces, mañana por la noche nos marchamos. El único cambio en los planes es que tenemos tres sul’dam de verdad, y alguien de la Sangre para que nos saque por las puertas.

—¿Y esas sul’dam van a sacar de la ciudad a tres Aes Sedai, las dejarán marchar, y ni siquiera se les pasará por la cabeza dar la alarma? —comentó Juilin—. Una vez, estando Rand al’Thor en Tear, vi una moneda lanzada al aire caer de canto cinco veces seguidas. Finalmente nos marchamos y la dejamos allí, sobre la mesa. Supongo que puede pasar cualquier cosa.

—O confías en ellos o no, Juilin —gruñó Mat. El husmeador dirigió otra mirada ceñuda al bulto de vestidos tirados en un rincón, y Mat sacudió la cabeza—. ¿Qué hicieron para ayudaros en Tanchico, Thom? ¡Maldita sea, no empecéis a mirarme otra vez de esa manera inexpresiva! ¡Ellos lo saben, vosotros lo sabéis, y no estaría de más que yo también lo supiera!

—Nynaeve dijo que no se lo contásemos a nadie —contestó Juilin como si eso importara realmente—. Elayne también lo dijo. Lo prometimos. Podría decirse que hicimos un juramento.

—Las circunstancias cambian las cosas, Juilin. —Thom sacudió la cabeza en la almohada—. En cualquier caso, no fue un juramento. —Lanzó al aire tres anillos de humo perfectos, uno dentro de otro—. Nos ayudaron a conseguir una especie de a’dam masculino y a deshacernos de él, Mat. Al parecer el Ajah Negro quería utilizarlo con Rand. Entenderás por qué Nynaeve y Elayne querían que se guardase en secreto. Si se corre la voz de que existe algo así, sólo la Luz sabe qué clase de historias empezarían a correr por ahí.

—¿A quién le importan los cuentos que se invente la gente? —¿Un a’dam masculino? Luz, si el Ajah Negro hubiese puesto eso al cuello de Rand, o lo hubiesen hecho los seanchan… El remolino de colores surgió de nuevo en su cabeza, y se obligó a dejar de pensar en Rand—. Los chismorreos no perjudicarán a… nadie. —No hubo colores esta vez; podía evitarlo mientras no pensara en… Los colores giraron una vez más en su cabeza, y Mat apretó los dientes sobre la boquilla de la pipa.

—Eso no es cierto, Mat. Las historias poseen fuerza. Las de los juglares, los cantos épicos de los bardos, y las de la calle por igual. Despiertan pasiones, y cambian el modo en que los hombres ven el mundo. Hoy oí decir a un hombre que Rand había jurado fidelidad a Elaida, que estaba en la Torre Blanca. El tipo lo creía, Mat. ¿Y si, digamos, empiezan a dar crédito a eso los suficientes tearianos? A los tearianos no les gustan las Aes Sedai. ¿No es así, Juilin?

—A muchos no —admitió el husmeador, que a continuación añadió, como si Thom se lo sacase a la fuerza—: Prácticamente a ninguno. Pero son muchos los que nunca han conocido una Aes Sedai. Existiendo esa ley que prohibía encauzar, pocas Aes Sedai viajaron a Tear, y rara vez anunciaron que lo eran.

—Eso no viene al caso, mi buen amigo teariano amante de las Aes Sedai. Y, si acaso, da más peso a mi argumentación. Tear sigue comprometida con Rand, al menos los nobles, porque tienen miedo de que, si no lo hacen, él volverá; pero, si creen que la Torre lo retiene, entonces quizá no pueda regresar. Si piensan que es un instrumento de la Torre, tendrán una razón más para volverse en su contra. Como haya suficientes tearianos que crean esas dos cosas, el resultado habría sido el mismo que si se hubiese marchado de allí nada más empuñar Callandor. Eso es sólo uno de los rumores, y sólo en Tear, pero podría causar el mismo daño en Cairhien o en Illian o en cualquier parte. Ignoro la clase de historias que podrían surgir a raíz de un a’dam masculino en un mundo con el Dragón Renacido y Asha’man, pero soy demasiado viejo para desear descubrirlo.

Mat lo entendía, hasta cierto punto. Un hombre siempre intentaba que quienquiera que comandaba las tropas que combatían contra él creyera que estaba haciendo algo distinto de lo que hacía realmente, que iba hacia donde no tenía intención de ir, y el enemigo intentaba hacer exactamente lo mismo con él, si es que era un enemigo que sabía lo que se traía entre manos. A veces ambos bandos llegaban a tal confusión que ocurrían cosas de lo más extrañas. A veces tragedias. Ardían ciudades a las que nadie tenía intención de dirigirse, sólo que los que la habían incendiado creían lo que no era cierto, y morían miles de personas. Se destruían cosechas por la misma razón, y decenas de miles perecían en la hambruna que seguía.

—Así que mejor me olvido de ese a’dam para hombres —dijo—. Supongo que a alguien se le ha ocurrido la idea de contárselo a… él, ¿o no? —Remolino de colores. A lo mejor podía hacer caso omiso de los colores o acostumbrarse a ellos. Desaparecían con igual rapidez con que surgían, y no era doloroso. Simplemente, no le gustaban las cosas que no entendía, sobre todo si estaban relacionadas de algún modo con el Poder. La cabeza de zorro de plata que llevaba debajo de la camisa podría protegerlo contra el Poder, pero esa protección tenía tantos agujeros como sus propios recuerdos.

—No hemos mantenido exactamente una comunicación regular con él —repuso secamente Thom, que movió arriba y abajo las cejas—. Supongo que Elayne y Nynaeve habrán encontrado algún modo de informarle si creen que es importante.

—¿Y por qué iban a hacerlo? —intervino Juilin al tiempo que se agachaba para sacarse una bota—. Esa cosa está en el fondo del mar. —Frunció el entrecejo y arrojó la bota sobre el paquete de ropa, en el rincón—. ¿Vas a dejar que durmamos un poco, Mat? Dudo que mañana por la noche podamos hacerlo, y al menos me gustaría dormir un poco un día sí y otro no.

Esa noche Mat decidió acostarse en la cama de Tylin, y no movido por los viejos tiempos. Esa idea lo hizo reír, aunque la risa sonaba demasiado a gemido para que resultara divertida. Sólo era porque un buen colchón y unas almohadas de plumas resultaban una opción mucho mejor que la paja de un desván cuando no se sabía en qué momento se podría disfrutar otra vez de una buena noche de descanso.

El problema fue que no pudo conciliar el sueño. Yació tumbado en la oscuridad, con los brazos cruzados debajo de la cabeza y el cordón del medallón enroscado en la muñeca, a fin de poder cogerlo si el gholam se deslizaba por la rendija de debajo de la puerta, pero no fue el gholam el que lo mantuvo despierto. No podía dejar de repasar el plan una y otra vez. Era un buen plan, y sencillo; sencillo a más no poder, considerando las circunstancias. Sólo que ninguna batalla salía nunca como se había planeado, ni la mejor pensada. Grandes capitanes se ganaban la fama no sólo por desarrollar planes brillantes, sino por ser capaces de alcanzar la victoria incluso después de que esos planes empezaban a hacerse pedazos. Así que, cuando las primeras luces asomaron por las ventanas, Mat seguía tumbado, despierto, dándole vueltas al medallón sobre el envés de los dedos e intentando imaginar qué podría salir mal.

30

Gotas de lluvia gordas, frías

El día amaneció frío, con nubarrones grises que ocultaron la salida del sol y vientos procedentes del Mar de las Tormentas que sacudían los cristales flojos de las ventanas. En las historias de juglares nunca habría sido la clase de día adecuado para llevar a cabo rescates y huidas, más bien para asesinatos; una idea desagradable e inoportuna cuando uno esperaba vivir para ver otro amanecer. Pero el plan era realmente sencillo. Ahora que disponía de un miembro de la Sangre seanchan, nada podía salir mal. Mat intentó con todas sus fuerzas convencerse de eso último.