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—Hay algo más —dijo, aunque en un tono cauteloso, confiando en que sólo las otras dos mujeres la oyeran, y relató la noticia de Dyelin sobre las gentes de las Tierras Fronterizas en el Bosque de Braem. Añadió las recibidas por Norry en las cartas que le enviaban, sin dejar en ningún momento de vigilar el corredor en ambas direcciones así como el salón del trono. No quería que la pillara desprevenida otro espía—. Creo que esos dirigentes se encuentran en el Bosque de Braem —terminó—. Los cuatro.

—Rand —musitó Egwene, que parecía irritada—. Incluso cuando no se lo puede encontrar complica las cosas. ¿Tienes idea de si han venido para ponerse a su servicio o para intentar entregárselo a Elaida? No se me ocurre ninguna otra razón para que hayan hecho un viaje de mil leguas. ¡Deben de estar cociendo los zapatos para hacer sopa, a estas alturas! No podéis imaginar lo difícil que es mantener bien suministrado y en marcha a un ejército.

—Creo que puedo enterarme —contestó Elayne—. Al motivo, me refiero. Y al mismo tiempo… Me has dado una idea, Egwene. —No pudo evitar sonreír. Por fin había salido algo bueno de ese día—. Creo que podría utilizarlos para asegurarme el Trono del León.

Asne examinó el bastidor de bordar que tenía delante y soltó un suspiro que se convirtió en un bostezo. Las titilantes lámparas apenas daban luz para esa tarea, pero no había razón para que los pájaros del bordado parecieran estar todos ladeados. Deseaba encontrarse en la cama, y odiaba bordar. Pero tenía que mantenerse despierta, y aquél era el único modo de evitar la conversación con Chesmal. O lo que Chesmal llamaba conversación. La engreída y arrogante Amarilla estaba muy concentrada en su propio bordado, al otro lado de la habitación, y daba por hecho que cualquiera que cogiese una aguja ponía el mismo interés y entusiasmo que ella en la labor. Por otro lado, Asne sabía que, si se levantaba de la silla, Chesmal no tardaría en empezar a obsequiarla con historias sobre su propia importancia. En los meses transcurridos desde la desaparición de Moghedien había escuchado al menos veinte veces el papel desempeñado por Chesmal en el interrogatorio a Tamra Ospenya; ¡y unas cincuenta sobre cómo Chesmal había inducido a las Rojas a asesinar a Sierin Vayu antes de que ésta ordenase su arresto! Quien la oyera contarlo pensaría que era la responsable de salvar al Ajah Negro, sin ayuda de nadie; y seguro que si se le presentaba la más mínima ocasión sería capaz de asegurar que había sido así. Esa clase de conversación no sólo resultaba aburrida, sino peligrosa. Incluso letal, si llegaba a oídos del Consejo Supremo. Así pues, Asne sofocó otro bostezo, estrechó los ojos para enfocarlos en la labor y empujó la aguja a través del lino tensado. A lo mejor si hacía el pinzón real más grande podía equilibrar las alas.

El chasquido del pestillo de la puerta hizo que ambas mujeres levantaran la cabeza. Los dos criados sabían que no debían molestarlas y, en cualquier caso, la mujer y su marido estarían durmiendo profundamente. Asne abrazó el saidar, preparando un tejido que achicharraría hasta los huesos a un intruso; también el brillo envolvía a Chesmal. Si la persona equivocada cruzaba esa puerta, lo lamentaría hasta que muriera.

Era Eldrith, con los guantes en la mano y la oscura capa todavía echada hacia atrás, sobre los hombros. El vestido de la regordeta Marrón también era oscuro y sin adornos. Asne detestaba llevar sencillas telas de paño, pero tenían que hacerlo para evitar llamar la atención. Aquellas ropas sosas y sin gracia le iban perfectamente a Eldrith. La recién llegada se paró al verlas, y parpadeó con un momentáneo gesto de desconcierto plasmado en el rostro.

—Oh, vaya —dijo—. ¿Quién pensabais que era? —Soltó los guantes en la mesita que había junto a la puerta; de pronto reparó en la capa y frunció el entrecejo como si acabara de darse cuenta de que había subido la escalera sin quitársela. Desprendió cuidadosamente el broche de plata del cuello, y echó la prenda sobre una silla, toda arrebujada.

El brillo del saidar que envolvía a Chesmal desapareció cuando la mujer apartó el bastidor de bordar para ponerse de pie. Su severo semblante la hacía parecer más alta de lo que era realmente, y era muy alta. Las flores multicolores que había bordado en la tela podrían haberse encontrado en un jardín.

—¿Dónde has estado? —demandó. Eldrith era la que ocupaba una posición más alta entre ellas, y además Moghedien le había dejado el mando, pero Chesmal había empezado a dar una mínima importancia a esa circunstancia, si es que le daba alguna—. Se suponía que regresarías por la tarde, ¡y ha pasado la mitad de la noche!

—No me di cuenta de la hora, Chesmal —replicó absorta Eldrith, que parecía ensimismada—. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que estuve en Caemlyn. La Ciudad Interior es fascinante, y he tomado una comida deliciosa en una posada que recordaba. Aunque he de decir que había unas cuantas hermanas allí. Sin embargo, nadie me reconoció. —Contempló el broche como preguntándose de dónde había salido y después lo guardó en la escarcela.

—Así que perdiste la noción del tiempo —comentó fríamente Chesmal mientras enlazaba los dedos a la altura de la cintura. Quizá para no cerrarlos sobre la garganta de Eldrith; sus ojos relucían de ira—. No te diste cuenta de la hora.

De nuevo Eldrith parpadeó como si la hubiera sobresaltado que se dirigiera a ella.

—Oh. ¿Temías que Kennit me hubiese encontrado otra vez? Te aseguro que desde lo de Samara he tenido mucho cuidado de mantener encubierto el vínculo.

A veces, Asne se preguntaba cuánto de verdad había en la aparente distracción de Eldrith. Nadie que estuviese tan inconsciente del mundo que lo rodeaba habría sobrevivido tanto tiempo. Por otro lado, la Marrón había estado lo suficientemente descentrada para que la ocultación desapareciese más de una vez antes de llegar a Samara, lo bastante para que su Guardián la rastreara. Obedientes a la orden de Moghedien de esperar su regreso, se habían escondido durante los disturbios ocurridos tras la partida de la Elegida; esperaron mientras las hordas del llamado Profeta arrasaban todo a su paso, en dirección sur, y entraban en Amadicia, y se quedaron en aquella derruida y maldita ciudad incluso después de que Asne tuvo la seguridad de que Moghedien las había abandonado. Sus labios se fruncieron al recordarlo. Lo que empujó a Eldrith a tomar la decisión de marcharse fue la llegada de su Guardián a la ciudad, convencido de que era una asesina, medio seguro de que pertenecía al Ajah Negro y decidido a matarla fueran cuales fuesen las consecuencias para él. Como era lógico, la que no quiso afrontar esas consecuencias había sido ella, y se negó a permitir que ninguna matase al hombre. La única alternativa que quedaba era huir. Claro que también fue ella la que había señalado Caemlyn como su única esperanza.

—¿Descubriste algo, Eldrith? —preguntó amablemente Asne. Chesmal era una necia. Por mucho que el mundo pareciera estar patas arriba en la actualidad, las cosas volverían a enderezarse. De un modo u otro.

—¿Qué? Oh. Sólo que la salsa de pimienta no era tan buena como la recordaba. Claro que eso fue hace cincuenta años.

Asne contuvo un suspiro. Quizá, después de todo, sí había llegado el momento de que Eldrith sufriese un accidente.

La puerta se abrió, y Temaile entró en la habitación tan en silencio que pilló de sorpresa a todas. La diminuta Gris de rostro zorruno se había echado sobre los hombros una bata bordada con leones, pero ésta se abría por delante y dejaba ver un camisón de seda, en color crema, que se le pegaba al cuerpo indecentemente. Envuelto en una mano llevaba un brazalete hecho de anillos de cristal retorcidos. El aspecto y el tacto de esos anillos eran de cristal, pero ni un martillo habría podido romper un trocito a uno de ellos.

—Has estado en el Tel’aran’rhiod —dijo Eldrith, que miró ceñuda el ter’angreal. Aun así, no habló con energía.