Entonces mamá se inclinó hacia adelante, sus rizos se movieron y rozaron sus blancas mejillas de irlandesa. Mamá estaba haciendo algo que Zarza no veía, manipulaba allá arriba, movía los brazos, había un tintineo de metal, tal vez estuviera preparando ella misma el conejo. La tata apareció en ese momento en la puerta de la cocina y soltó un alarido. El alarido coincidió con un trueno espantoso, la ventana se abrió con un seco estampido y golpeó contra el marco, entró una bocanada de viento abrasador y la cegadora lividez eléctrica de un rayo. Zarza no sabía si la tata había gritado por miedo a la tormenta, o por el susto de la ventana que se abrió, o porque la criada sí que podía contemplar, desde su altura, los terribles e indecibles misterios de los adultos. Lo que sucedía por encima del tablero, lo que su madre estaba haciendo. Por debajo de la mesa, a la exacta medida de su niñez, Zarza vio caer al suelo un cuchillo manchado y unos goterones oscuros y lentos, ojalá fuera la sangre del conejo, mientras papá, porque ahora recordaba Zarza que papá también estaba encerrado, escondido con ella en la despensa; mientras papá, pues, apretaba protectoramente sus hombros infantiles, y olía a tierra mojada y al jabón de hierbas que usaba papá, y el cielo reventaba por encima de sus cabezas, y la ventana golpeaba, y parecía que era el final del mundo. Pero no.
Los Arcos eran dos grandes patios que, comunicados por arcadas de ladrillo, ocupaban el interior de un enorme edificio de oficinas. Los patios habían sido ideados, en un principio, como un centro comercial elegante y moderno. Pero la Blanca había ido conquistando la zona palmo a palmo, y las dueñas de las inocentes boutiques originales acabaron por irse, y dos de los primitivos propietarios de los restaurantes amanecieron un día con las rodillas rotas, y al final, después de un par de años, en los Arcos sólo quedaban abiertos los garitos de copas, muchos pubs, muchos bares, y los dueños eran todos habitantes de la ciudad nocturna de la Reina. Bárbaros llegados desde la estepa gélida para acabar con la vida civilizada, tártaros violentos de corazón torcido. Pero ahora eran las 14:30 de un día de enero y la mayoría de los locales de los Arcos estaban cerrados. Por suerte para Zarza, el San Patricio era uno de los pocos antros abiertos. Como pretendía ser un pub irlandés, servía comidas rápidas en la barra. Dos o tres oficinistas despistados masticaban emparedados en silencio. Zarza se acerco al tipo que trajinaba detrás del mostrador. Joven, con la nariz larga y un ojo bizco.
– Buenas tardes. Estoy buscando a Martillo.
El tipo clavó en ella su ojo desviado.
– Ya. ¿Por qué?
– Vengo de parte de Gumersindo -aventuró Zarza.
El hombre callaba y la miraba.
– De parte de Gumersindo el de Hortaleza -amplió ella, cada vez más nerviosa.
El tipo la seguía contemplando en silencio, o tal vez en realidad ni siquiera la estuviera mirando y anduviera concentrado en la cerveza que estaba sirviendo, con los bizcos nunca se sabía. Zarza empezó a sentirse descorazonada.
– Estoy interesada en comprarle algo -confesó, agotada.
El hombre se alejó con la jarra de cerveza y la dejó sobre el mostrador, delante de uno de los oficinistas. Luego regresó y se secó las manos en un trapo.
– Dentro de diez minutos, en el pasadizo de los baños -dijo.
– ¿Dónde es eso?
– Ahí señaló el bizco, por aquel corredor de enfrente. Donde están los retretes. Dentro de diez minutos. Si no viene, no viene. Yo doy el aviso y Martillo decide.
Zarza asintió con la cabeza.
– Está bien. Muchas gracias.
El corredor era un pasillo oscuro y estrecho que unía ambos patios. En la mitad del recorrido se encontraban los dos cuartos de baño, para hombres y mujeres, del primitivo centro comercial. La comunidad de vecinos había intentado sellarlos varias veces, pero los habituales de la noche los habían vuelto a abrir a patadas, de modo que las puertas estaban reventadas. En el pasadizo no se veía un alma y una corriente de aire glacial te acuchillaba la espalda. Zarza se arrimó al muro cubierto de pintadas y esperó, cada vez más inquieta y más asustada. Antes devenir aquí había pasado por el banco y sacado todo lo que tenía en su cuenta: 356.000 pesetas. Las llevaba arrugadas en el fondo del bolso, un botín facilísimo para cualquier matón que quisiera asaltaría en ese corredor solitario y siniestro.
Pero lo que verdaderamente le espantaba era la posible llegada de su hermano. Cuando encontró la nota en el parabrisas, Zarza abandonó el auto donde estaba; lo sentía contaminado, impregnado de la presencia de Nicolás, territorio enemigo. Además temía facilitarle las cosas a su perseguidor si continuaba utilizando el coche. A fin de cuentas, Nico no parecía haber tenido ningún problema para localizarla. A partir de ese instante, Zarza se había movido en taxi y, para intentar confundir su rastro, en cada trayecto cambiaba de vehículo y de dirección unas cuantas veces. El dinero se le escapaba rápidamente con tantas subidas y bajadas de bandera, pero esperaba haber podido despistar a Nicolás con semejantes artes. Aunque desde luego no estaba muy segura, porque llevaba a su perseguidor muy dentro de ella y lo sentía tan pegado a sus talones como su sombra. Zarza se arrebujó en su chaquetón y se apretó un poco más contra el áspero muro.
Se habían cubierto con creces los diez minutos de plazo y ya estaba pensando en que Martillo no vendría, cuando oyó un repiqueteo de pasos en el pasillo; el eco golpeaba las paredes heladas con una reverberación casi submarina. Zarza se irguió, poniéndose alerta, y enseguida vio llegar por el corredor a una chica joven y menuda. Una adolescente, casi una niña. Zarza volvió a recostarse en el muro, decepcionada. La muchachita pasó de largo, echándole una ojeada curiosa; pero apenas si se había alejado un par de metros cuando dio media vuelta con rapidez gatuna y regresó hacia Zarza.
– Hola -dijo, mirándola desde abajo, porque era una pizca de persona. Yo soy Martillo.
– ¿Tú? -se asombró Zarza-. ¿Pero qué edad tienes?
– ¿Y a ti qué te importa? -contestó la pequeña con gesto descarado.
Aparentaba trece o catorce años, pero tal vez tuviera más y su menudencia fuera un resultado del raquitismo. Zarza había visto a muchos chicos y chicas parecidos, hijos de las barriadas marginales, con los ojos chinos, como ella, y los párpados espesos y canallas, y la boca gruesa y como hinchada. Tenía un diente partido por la mitad, el pelo negro y largo rapado en las sienes y una anilla de acero perforándole el labio inferior.
– No sé… -dijo Zarza, dudosa-. A lo mejor me estoy equivocando…
La chica escupió al suelo, despectiva:
– Sí… Te estás equivocando, pero ahora… Me parece que te has quedado sin negocio, guapa.
Dicho lo cual dio media vuelta y echó a andar.
– ¡Espera! Espera, Martillo, por favor… -corrió Zarza tras ella.
La chica se detuvo.
– Yo no te he buscado. Tú me buscas a mí gruñó, muy ofendida.
– Lo sé, lo sé…
– Y si yo no te gusto, tú a mí todavía me gustas menos…
– No es eso, no es eso, perdona, Martillo, no tengo absolutamente nada contra ti, es que me había hecho otra idea, soy una estúpida, la culpa es mía. No te vayas, por favor, te necesito…
Martillo la miró con el ceño fruncido y se lamió pensativamente la arandela de acero de su labio.
– Dices que te manda Gumersindo…
– Sí… Me dijo que te dijera que era Gumersindo el de Hortaleza.
– ¿De qué lo conoces?
– Trabajamos juntos hace años en la barra de un bar. En el Desiré. Pero él ya no trabaja ahí, sino en el Hawai.
– ¿Y qué nombre usa? -insistió la otra, aún desconfiada.
– Que yo sepa, todo el mundo le llama Daniel.
La adolescente cabeceó complacida, confirmando los datos.
– Sí. Es un tío legal.
– Gumersindo me ha dicho que tú puedes venderme lo que necesito… -dijo Zarza, aprovechando la buena disposición de la chica.
Martillo se relajó un poco; abrió las piernas y se apoyo sólidamente sobre ellas, como quien va a comenzar una conversación más larga.
– Depende de lo que quieras…
– Depende de lo que vendas…
Martillo la escudriñó un instante, y luego se echó a reír. Una risita pequeña, tentativa.
– Yo vendo bastantes cosas. Y ahora te toca hablar a ti. Habla clarito y alto, para que yo lo entienda…
– Está bien. Ando buscando una pistola. Algo manejable y fácil.
– Tengo de todo. Tengo una Norinco que es una hermosura. Bastante ligera, pero de 9 milímetros. También tengo una Sominova, pero ya sabes que las Sominovas a veces dan problemas, creo que la Norinco te irá mucho mejor, ¿no te parece?
Zarza asintió vagamente, porque no quería evidenciar que no tenía ni idea de lo que la otra le estaba hablando.
– ¿Y cuánto costaría la Norinco?
– Hmmmm… Sólo cincuenta sábanas.
– ¿Cincuenta mil? Es muchísimo.
– Tú estás loca. Es tirado. Y cinco mil más por las balas.
Zarza dudó por un momento sobre la conveniencia de hacer el ridículo intentando regatear y luego se rindió.