– Pero entonces, ¿para qué me has traído? -se asustó de repente Zarza- ¿Eres uno de esos tíos raros? ¿Qué quieres de mí?
Urbano estaba sentado en el sofá con los brazos cruzados sobre el pecho. Mirándola y pensando.
– No -dijo al fin-. A lo mejor soy un tío raro, pero no uno de esos raros que tú dices. No te voy a hacer nada, no tengas miedo.
Zarza se puso en pie, todavía asustada.
– Me quiero ir.
– Márchate. Ahí tienes la puerta. Nadie te lo impide.
Zarza tironeó de su falda hacia abajo, agarró su bolso, se limpió con un dedo mojado con saliva la raspadura polvorienta de la rodilla, remoloneó un poco camino de la puerta.
– Entonces, ¿esto es todo? -dijo, ya cerca de la salida.
– Esto es todo. Pero, si quieres, te puedes quedar a dormir.
– ¿Contigo? -volvió a ilusionarse Zarza, pensando en el negocio y acercándose a Urbano.
– No. Aquí, en el sofá.
Se sentía tan cansada. Se sentía tan cansada, y tan enferma. Se dejó caer sobre el asiento, junto al hombre.
– No puedo quedarme. Estoy… me encuentro mal. Necesito dinero. Tengo que irme.
Urbano cogió la mano derecha de Zarza y la colocó extendida sobre su propia palma. Zarza tenía una mano ligera y aniñada, con los pellejos arrancados y las uñas mordidas; parecía minúscula en mitad de esa enorme palma callosa de artesano, de falanges anchas y huesudas. Urbano se quedó contemplando la mano de Zarza con infinito mimo y parsimonia, como el entomólogo que estudia una nueva subespecie de coleóptero. Miraba el hombre la mano, quieto y concentrado, y Zarza miraba al hombre, sin poderse creer que una parte suya pudiera suscitar semejante atención. ¿Acaso había todavía algo en ella digno de ser observado, estudiado, entendido? Transcurrieron así varios minutos, mientras Zarza percibía el hambre creciente de sus venas y volvía a experimentar, una vez más, esa angustia mortal tan conocida, el refinado tormento de la Reina. Pero en esta ocasión, quién sabe por qué extraña y retorcida razón, se sintió con más fuerzas, o, por el contrario, más cansada que nunca, y pensó: «Por qué no. Muramos de una vez.» Y se quedó.
En los siguientes días agonizó cien veces y en las cien ocasiones continuó viviendo, prolongando eternamente su tortura. Hasta que al regresar de una de sus muertes sintió que respirar le dolía menos. Y en ese instante tuvo la increíble certeza de que, después de todo, iba a sobrevivir.
Por entonces, en la convalecencia, Urbano y ella empezaron a acostarse juntos. Ella se lo había ofrecido dos o tres veces, de palabra o simplemente con el cuerpo, rozándose con él o intentando tocarle. Urbano siempre la rechazó de manera inequívoca, al principio con amabilidad, después con progresiva aspereza y violencia. Fue esta progresión, precisamente, lo que le hizo intuir a Zarza que estaba en el buen camino. Una noche le oyó rebullir al otro lado de la pared. Era muy tarde, había luna llena, un resplandor plateado inundaba el apartamento y Urbano resoplaba insomne en su dormitorio. Zarza se levantó del sofá y, tras quitarse la camiseta con la que dormía, caminó desnuda y sin ruido por la casa alunada hasta llegar a la cama de Urbano. Se coló entre las sábanas y se apretó contra la maciza y sudorosa espalda del hombre. Urbano se estremeció.
– No es obligatorio que hagas esto -dijo.
– Lo sé -contestó Zarza.
– No es ni siquiera necesario.
– Lo sé -repitió ella; y recorrió con la punta de sus dedos el carnoso costado de Urbano, tan duro y correoso como el flanco de un buey; y al cabo metió la mano bajo el pantalón de su pijama, y le satisfizo comprobar que allá dentro todo estaba dispuesto para ella. Así empezó la cosa.
Dijera lo que dijese, en realidad Zarza sí que sentía cierta obligación con respecto a Urbano. Le inquietaba no entender por qué ese hombretón silencioso y extraño la había acogido en su casa, y ofrecerle su cuerpo no era mas que una manera de pagarle y, por consiguiente, de sentirse más libre frente a él. Pero Zarza había podido advertir que Urbano no aspiraba simplemente a un revolcón. El hombre quería algo más, algo a lo que él mismo no podía poner palabras pero que Zarza interpretaba, con burlón asombro, como una historia de amor. De manera que ella intentaba saldar su deuda fingiéndole un amor creciente y transparente. Le susurraba cosas dulces al oído. Le acariciaba el pelo corto y áspero. Le miraba intensamente a los ojos cuando él la penetraba. Eran los viejos trucos que había aprendido en la Torre. No lo hacía con mala intención, antes al contrario: es que no tenía nada mejor para ofrecerle. Su cuerpo estaba muerto, el cuerpo de Zarza; no sentía nunca nada, como tampoco lo sintió con los borrosos clientes de la Torre. En cuanto a su conciencia, era una cuerda tan reseca como un hilo de esparto. A veces pensaba que había agotado para siempre todas sus emociones. Había sobrevivido, pero carecía de sentimientos. Con todo, los días pasaban y el estado físico de Zarza iba mejorando poco a poco.
Vivían instalados en una suave rutina, tan higiénica como la organización de la vida en un sanatorio. Se levantaban a las nueve, desayunaban, hacían un poco de ejercicio físico; luego él bajaba al taller a trabajar y ella leía algo ligero, o veía la televisión matinal, lo que le hacía sentirse como una niña pequeña, como una colegiala convaleciente de un ataque de amígdalas. A veces repasaba alguno de sus libros de historia medieval, aunque todavía no tenía capacidad de concentración para nada enjundioso. Otras veces Urbano la venía a buscar y salían al mercado a comprar comida; o a pasear, o al cine. Porque el hombre no quería que saliera sola. Vivían los dos juntos, aislados, sin ningún otro contacto con el exterior. De cuando en cuando, Urbano subía del taller algún mueble que había hecho expresamente para ella. Una preciosa mecedora, a la que ella puso unos cojines de color rojo brillante. O dos pies de madera maciza, bella y sencillamente torneados, para las lámparas del dormitorio. Algunas noches ponían música y Urbano bailaba torpísimo con Zarza, y la zarandeaba de acá para allá por mitad de la sala. Ella se reía, enseñando el hueco de su diente e intentando no pisar los descomunales pies de su pareja. Estaba muy ocupada redescubriendo el mundo. Una vez libre de la Blanca, el universo volvía a tener su vastedad inicial, su enorme y palpitante confusión de cometas y hormigas. Tras la abrasadora y absoluta sencillez de la Reina, Zarza tenía que enfrentarse de nuevo con el batiburrillo de la vida. Y con el desasosiego de la memoria.
Porque, al poco tiempo, Zarza empezó a recordar. Era un hormigueo desagradable, casi doloroso, progresivo, como cuando se recupera la sensibilidad de un miembro dormido. Y así, llegó un día en que Zarza pensó en Nicolás, al que había abandonado meses atrás sin volver a dar señales de vida. Nico debía de creer que ella se había muerto. Que algún cliente la había destripado en una esquina. O que había caído fulminada por un beso envenenado de la Reina. Esas cosas pasaban todos los días, en la calle. Zarza pensaba ahora en Nicolás, y le echaba de menos, y se sentía abrumada de congoja, porque era la primera vez que ella y su gemelo estaban separados. Pero por otra parte le espantaba la sola idea de verle. Su cariño por Nicolás era como un cáncer: un latido que crecía y que dañaba. Zarza sabía que no podía dejarlo así, que tenía que hacer algo con ello. Tendría que operar ese tumor, o moriría. Pero poco después sucedió algo aún peor, y es que la convaleciente Zarza se puso lo suficientemente bien como para acordarse de Miguel, cuya imagen se le vino a la cabeza de repente de manera angustiosa. Zarza supuso con horror que su hermano pequeño debía de seguir malviviendo con Nico, olvidado, descuidado, arrumbado como un animalito molesto. Una vez que el recuerdo de Miguel se apoderó de ella, Zarza ya no pudo librarse de él; crecía en su interior, haciéndose cada vez más perentorio y asfixiante. Hasta que un día sentó a Urbano en el sofá y se lo contó. Le habló de Nicolás, pero sobre todo de Miguel. De ese chico retrasado que de cuando en cuando decía intrincadas verdades. Y de que, de pequeños, Miguel se agarraba a una punta de su jersey, del jersey de Zarza, o talvez de su falda; no podía tocar a los humanos sin erizarse, pero se agarraba a la ropa de Zarza, orejudo y raquítico, y apretaba con tanta fuerza que luego se le podían ver las marcas de las uñas en las palmas. Urbano frunció el ceño y proyectó los carnosos mofletes hacia adelante, como solía hacer cuando se concentraba en un asunto de importancia. Así, con todo el rostro serio y engurruñado, apretó la mano de Zarza y declaró:
– Iremos a buscar a tu hermano y lo traeremos aquí. Si compramos un colchón puede dormir en el cuarto del fondo.
Zarza se maravilló una vez más del carácter de Urbano, que ella no sabia si definir como inmensamente generoso o inmensamente estúpido, porque estamos tampoco acostumbrados a la bondad que solemos confundirla con la idiotez; y volvió a meterse en la cama con él, y a dar grititos sofocados, y a mirarle a los ojos con fingida entrega y entusiasmo. Y luego se duchó, se vistió y se fue con el carpintero a buscar a Miguel, sintiendo por primera vez en mucho tiempo algo parecido a la alegría.
Lo que Zarza no sabía, y probablemente no sabrá jamás, era que Martillo se llamaba Martillo a causa de un pequeño incidente que protagonizó a los nueve años, cuando hundió la cabeza de uno de los amantes de su madre con una maza de partir nueces. El hombre no murió ni le quedaron secuelas permanentes del asunto, pero se pasó una buena temporada en el hospital y no volvió a aparecer por casa de Martillo, lo cual fue un gran alivio, porque el tipo tenía el alcohol violento y ya había zurrado varias veces tanto a la madre como a la hija. Además de librarle del energúmeno, la hazaña de Martillo le proporcionó una gran fama en el barrio, una breve estancia en el reformatorio y el nombre que llevaba.
Zarza, por su parte, era llamada así desde muy pequeña porque sus compañeros de la escuela empezaron a apodarla de ese modo, cortando el apellido en dos, como a menudo hacen los colegiales. Pero su nombre también provenía de las noches oscuras de la infancia, cuando su padre cruzaba los pasillos con pasos de lobo sigiloso, y entraba en la habitación sin hacer ruido, y se arrimaba a su cama de niña, y apartaba la colcha de cretona. Y al cabo las manos de papá la despertaban, un hombre grande y fuerte de ojos relucientes en la penumbra; y ella se asustaba y se agitaba, y papá murmuraba sonriente: «Cómo araña mi zarcita, eres mi Zarza».