La historia de El Caballero de la Rosa está situada en el ducado de Aubrey, en la costa norte de Cornualles, no lejos del monasterio de St. Michael, que fue donde se encontró el manuscrito. Harris y Le Goff sostienen que Chrétien de Troyes la escribió en torno a 1175, después de hacer El Caballero de la Carreta para María de Champagne y antes de redactar su inacabado Perceval para Felipe de Alsacia. Teniendo en cuenta que, como era costumbre por entonces, Chrétien siempre trabajaba bajo la tutela y manutención de un benefactor, es de suponer que hizo El Caballero de la Rosa para Edmundo Glasser, IX duque de Aubrey y coetáneo suyo, que probablemente pretendía utilizar la fábula de Chrétien para adornar su apellido con un pasado glorioso. A fin de cuentas, ése era el uso habitual de estos relatos; si las leyendas artúricas se extendieron por Europa en el siglo XII, fue fundamentalmente para dar una legitimidad mítica a la dinastía de los Plantagenet en Inglaterra, los cuales se encontraban a la sazón en desventaja frente a los Capetos de Francia, que contaban con el mito de Carlomagno a sus espaldas. Chrétien dedicó toda su vida a eso, a crear una historia de ensueño, un pasado mentiroso pero hermoso. Y a hacer de esa creación una verdad mucho más trascendente y perdurable, mucho más fiable que la equívoca y borrosa realidad.
El Caballero de la Rosa sucede en los años remotos de Thumberland, el primer duque de Aubrey. Son tiempos difíciles y Thumberland es un señor de la guerra más empeñado en la fuerza que en la justicia. Gwenell, su esposa, es una extranjera, una galesa de cabellera tan roja y enmarañada «"como una zarza ardiendo"»: ésa es la exacta imagen que usa Chrétien. Es bella, bellísima, tan hermosa como sólo pueden serlo las hermosas damas de las fábulas; y, como todas ellas, carece de edad y no envejece, porque el tiempo no la hiere, sólo la besa, y ésta es otra imagen del autor.
Gwenell, quien, como es habitual en la literatura cortés, une a sus dotes físicas una perfección espiritual también sobrehumana, es la madre del heredero de Thumberland, un niño feliz, audaz y fuerte que se llama Gaon. Pero además de este hijo legítimo, el Duque tiene un bastardo, Edmundo (extraño homenaje de Chrétien a su homónimo benefactor, considera Le Goff), de exactamente la misma edad que el heredero. Los dos niños son educados juntos y se adoran. Si Gaon es fuerte y audaz, Edmundo es ágil y reflexivo. Se complementan como las dos mitades de una manzana partida por el acero.
Como el señor de la guerra está siempre en la guerra, el ducado de Aubrey es una corte refinada y dichosa, regida por la sabia mano femenina de Gwenell. Hay música, poesía, torneos y peleas regladas entre caballeros, paseos por los jardines en las tardes balsámicas. Es el paraíso en la tierra, un pequeño Edén limitado por las almenas del castillo. Dentro del perímetro amurallado, la enfermedad no hiere y el tiempo no transcurre. En lo más alto de la más alta torre, asomada a un balcón regiamente labrado y flanqueada por su hijo y el bastardo, Gwenell deja flotar sus pesados rizos en el vacío y disfruta de la belleza de sus posesiones. Y el aire huele a miel, y las flores se abren como labios carnosos.
Muy de cuando en cuando, el duque de Aubrey regresa al hogar, con los ecos de la última matanza en los oídos y las grebas salpicadas de barro y de sangre. Y es como la llegada del invierno. La nieve se apila en el adarve, los ateridos cuervos buscan un precario cobijo en las troneras, los lobos merodean por las murallas. Thumberland impone sus rutinas de hierro: de repente, el castillo está lleno de antorchas humeantes que reparten más penumbras que luz, y de gruesas colgaduras de terciopelo rojo, y de caballeros tintineantes con el cuerpo marcado de cicatrices. El Duque quiere que su hijo y heredero se endurezca, y le ordena salir a cazar en solitario. Pero el bastardo desobedece y acompaña a su hermano; tienen doce años, son como gemelos, nunca se separan. Salen al mundo exterior, pues, una madrugada plomiza y ventosa, abrigados con capas forradas de piel de marmota. La nieve, recién caída, empieza a helarse; las botas crujen y van dejando un rastro de blancura rota.
Caminan y caminan, buscando huellas. Quieren un jabalí, una pieza que el Duque pueda considerar lo suficientemente valiosa y arriesgada. Al fin creen encontrar una pista: pisadas, excrementos, ramas quebradas. Van armados con ballestas, puñales, espadas cortas. Sin perros, ellos lo saben, es extremadamente difícil cazar un jabalí; pero en invierno los animales tienen hambre, se acercan más, son más imprudentes. También son imprudentes Edmundo y Gaon: con toda la ignorancia y la omnipotencia de la pubertad, se meten alegremente a través de un cerrado matorral. Ahí, atrapados entre la maleza, escuchan el ruido de la hojarasca, el gruñido furioso. Se vuelven con las ballestas amartilladas y disparan a la vez, casi sin apuntar. Es un oso. Una flecha se ha perdido y otra se ha clavado en el hombro lanudo, pero se diría que no le ha hecho ningún daño. El animal se acerca, bamboleante y enorme, y de un solo zarpazo le abre el pecho a Gaony luego se dispone a rematarlo. Entonces, Edmundo secuela entre los dos. Con el puñal, porque están demasiado cerca para la espada. El animal le sujeta la cara entre sus garras y el chico empieza a verlo todo tras un velo de sangre. El oso es rojo, el aliento fétido de sus fauces es rojo, la muerte es roja. La muerte que se aproxima, inexorable. De pronto, la bestia se desploma con un gañido agónico. Todavía de pie, Edmundo contempla aturdido y atónito la convulsa mole de carne y pelambre; el oso, atisba el chico con dificultad tras las cataratas de sangre que le ciegan, tiene el cuello abierto de lado a lado. Eso lo ha hecho él, casi sin darse cuenta. Ahora puede relajarse, puede dejarse caer al suelo y desmayarse.
Los dos niños tardan en curar largas semanas. Acostados el uno junto al otro, son velados por Gwenell la incansable, que les acaricia con sus manos dulces y sus rizos de fuego; y el agua con que les lava las heridas está mezclada con la sal de sus lágrimas, dice Chrétien. A Gaon le queda el único recuerdo de unos costurones en el esternón; pero Edmundo ha perdido el ojo derecho. Su hermosa cara adolescente está rota ahora por la cicatriz, que es radial, abultada y redonda, y cubre toda la cuenca, como si alguien hubiera esculpido en su rostro una rosa de carne. Sin embargo, el muchacho no parece apesadumbrado. Lo lleva con una serenidad impropia de su edad. Con la serenidad del héroe ante el infortunio, para ser exactos. Gaon, por el contrario, está muy afectado. Debe a su hermanastro la vida y un ojo, y se siente abrumado de admiración y amor. Si antes ya estaban siempre juntos, ahora no se separan. Incluso duermen en la misma cama, en la torre de Gwenelí, un piso por debajo de los aposentos de la Duquesa.
Vuelve a irse Thumberland con su corte sombría de soldados y regresa la primavera al ducado de Aubrey. Se retoman los torneos y los concursos poéticos. Gaon y Edmundo crecen, se les ensancha el pecho, se endurecen sus nalgas. Empiezan a perseguir doncellas por los jardines y hay una explosión de risas y sofocos. Pese a la cicatriz y a su condición incierta de bastardo, Edmundo es el preferido de las damas. Aunque los dos muchachos miden lo mismo, Edmundo es más esbelto; tiene un cuerpo perfecto y media cara divina. Con la otra media consigue conmoverte: la lesión le hace humano, pues de otro modo su hermosura podría resultar insoportable. En el castillo empiezan a llamarle El Caballero de la Rosa, un nombre que honra la forma de su herida. El joven posee un temperamento tan templado y formidable que ha conseguido que la pérdida de su ojo sea algo cercano a una ganancia.
Una cálida noche de luna, Gaon despierta y se descubre solo. No es la primera vez que ocurre: desde que los hermanastros tienen cuerpo de hombres a menudo se marchan con mujeres. Pero esa noche hay algo en el ambiente que estremece a Gaon. Una quietud distinta, una palpitación, el barrunto de algo descomunal e irresoluble. Se levanta Gaon de la cama, desnudo como siempre duerme y bañado por la luz de la luna, que está redonda y plena, allá arriba en el cielo, y que parece mirarle y "fascinarle"; y para Chrétien, la fascinación equivale al mal de ojo. Esa luna fulgurante, pues, aoja a Gaon y le obliga a caminar como un autómata. Sale de su cuarto y se para a escuchar: el palacio está en silencio, como encantado. Sube las escaleras con los pies descalzos. Pies que no hacen ruido. Llega hasta la puerta de los aposentos de su madre: la hoja está entornada y no hay ninguna dama de confianza dando cabezadas en la antesala. Avanza Gaon hasta el dormitorio, que es una enorme sala circular pintada de reluciente plata por la luna. Al fondo, junto al balcón labrado de la infancia, una estrella orgánica se agita y estremece sobre el lecho. Se acerca el heredero, intuyendo lo que va a ver pero todavía sin querer entenderlo, y descubre al fin los dos cuerpos pegados, rendidos, machihembrados; los hermosos músculos de Edmundo parecen defina piedra, la piel de la mujer es un bello mármol. Toda esa carne tibia se aprieta y se confunde hasta formar entre los dos un solo ser, un animal jadeante rematado por la cabellera de Gwenell, que flota exuberante sobre la sábana como la suave corona de una anémona.
«"¡A mí la guardia!"», grita Gaon, primero sin voz y sin aliento, después con un bramido de agonía, buscando inútilmente un arma en su cadera desnuda. Al escuchar su grito, el raro animal marino se deshace, se divide en dos seres asustados. «"Hermano"», dice Edmundo; pero Gaon sigue llamando fuera de sí a la guardia y ya se siente un revuelo de pisadas en la escalera. «"¡Márchate, vete, huye!"», implora Gwenelclass="underline" ahora no parece una duquesa ni tampoco una madre; sólo es una mujer que teme por su amante. Edmundo toma su decisión en un instante; recoge el burruño de sus ropas del suelo, las botas, la espada, y salta, desnudo aún, por la ventana del fondo. Se escucha el chapoteo en el foso, las exclamaciones de los soldados. Gaon, paralizado, no acierta a ordenar que le detengan y su hermanastro escapa.
Una vez perdido el paraíso, Gaon ordena encerrar a Gwenell en el dormitorio y tapiar la puerta, el balcón labrado y las ventanas. Sólo queda abierto un pequeño agujero con un torno por donde le pasan el agua y la comida dos veces al día. Nunca jamás podrá salir de ahí, ha decidido Gaon; nunca jamás verá la luz del sol. Ahora reina el invierno en el ducado indefinidamente y Gaon se esfuerza por parecerse más y más a su padre, a ese Thumberland de quien hace años que no tienen noticias. De modo quede la corte desaparecen los poetas, y donde antes había sol y finas sedas, ahora hay fuego de leña y polvorientos brocados. El castillo está lleno de grandes chimeneas crepitantes, todas tiznadas de hollín, que a pesar de sisear como el infierno no consiguen calentar el lugar ni derrotar a las sombras. Gaon vive solo y duerme solo, cada vez más mohíno y taciturno.