Una madrugada llega la noticia de la muerte en batalla de Thumberland, y dos días más tarde entra en el castillo el propio Thumberland en forma de cadáver congelado, con los labios amoratados y una escarcha de sangre orlándole la frente. Señor de la guerra hasta el final, sus soldados le traen a hombros, tumbado sobre su propio escudo como los antiguos lacedemonios. Gaon celebra las honras fúnebres debidas, decreta un largo duelo, ordena a sus súbditos que hagan penitencia en su nombre. Él es ahora el duque de Aubrey y, consciente de sus deberes dinásticos, se casa con una joven dama aterrada y clorótica y le hace dos hijos, sólo para perpetuar el apellido. Después no vuelve a verla. La esposa y los pequeños viven en la torre de Gwenell, debajo del apestoso encierro en donde la Duquesa se pudre año tras año. Para asombro de todos, aún no ha muerto: golpea las paredes por las noches.
El eco de las hazañas de Edmundo hiere los oídos de Gaon. El bastardo se ha convertido en un ser legendario, en el Caballero de la Rosa, un famoso guerrero que vive del alquiler de su espada, pero que sólo consiente en luchar por causas justas. Lleva pintada en la coraza una rosa amarilla que casi se confunde con una zarza, por las muchas espinas que erizan el tallo; y el penacho de su yelmo es tan rojo y rizado como la cabellera de una mujer.
El nuevo Duque está desesperado: no soporta el prestigio de su hermanastro y sobre todo no soporta la torturante certidumbre de deberle la vida. Carente de paz y de1 reposo, Gaon se lanza a una orgía militar, y combate contra los bárbaros del norte, contra los vikingos, contra los proscritos. Ya es un señor de la guerra como su padre, pero le aventaja en crueldad. Un día se enfada con un paje que le ha servido la comida fría y ha contestado a sus reproches con ligera insolencia. Temblando de cólera, Gaon se pone en pie, agarra al muchacho por el cuello con una sola mano y lo arrastra hasta una enorme chimenea. Allí lo mete entre las llamas y aguanta con el brazo extendido hasta que el adolescente se achicharra. Desde ese momento, el segundo duque de Aubrey es conocido como Puño de Hierro: porque soportó el dolor, y porque a partir de aquel incidente siempre lleva puesto un guantelete metálico sobre su mano inútil y abrasada. Poco a poco, los nombres infantiles de Edmundo y Gaon se van borrando de la memoria, lo mismo que el recuerdo remoto y feliz del paraíso.
Pero lo que no puede olvidar Puño de Hierro es que no es el dueño de su propia vida. Ese pensamiento le tortura, le envenena la sangre y le enloquece. Se arroja Puño de Hierro una y otra vez sobre sus enemigos como un lobo, buscando la muerte en el campo de batalla para no tener que pagarle la deuda al hermanastro; pero, por más que se compromete y que se arriesga, no consigue que le atrape la desdentada. Va dejando tras de sí un reguero de chatarra y de cadáveres, pero él sólo recibe pequeñas heridas.
Un día, estando Puño de Hierro en el Norte, muy lejos de sus tierras, combatiendo a los pictos de rostros teñidos, aparece por el campamento un caballero armado que solicita una audiencia con el Duque. Puño de Hierro acaba de regresar de una incursión de reconocimiento; lleva puesto un coselete de cuero despellejado y viejo, y está cansado, sediento y polvoriento. La casualidad y la ausencia de protocolo propia de los campamentos militares hace que el caballero sea llevado ante el Duque de inmediato, sin mediar aviso. Puño de Hierro reconoce a su hermano nada más verlo y queda como herido por el rayo, tambaleante y pálido. El Caballero de la Rosa se quita el yelmo: también él tiene el rostro como la cera, salvo la rosada flor de su cicatriz. Alrededor de ambos gentiles hombres se abre un círculo expectante.
«-Vengo desde muy lejos para verte, hermano. Porque sigues siendo mi hermano aunque me odies -dice el Caballero-. Llevo muchos años penando mis pecados, que son grandes, lo sé. Y me arrepiento. He venido para pedir clemencia.»
Puño de Hierro apenas si escucha; un zumbido de sangre le aturde los oídos. Sólo atina a pensar en que su hermanastro está allí delante, a su merced, en sus manos, y que no puede matarle. Y también piensa en la magnífica armadura que el Caballero viste; en su hermosura viril, que aún sigue siendo poderosa; en su aspecto de héroe. Y él, en cambio, está sucio y sudoroso, envejecido, pobremente armado. Maldice el momento en que se ha puesto el coselete ligero esa mañana: ha preferido la comodidad al señorío, y ahora sus soldados deben de encontrar más ducal al bastardo que al propio Duque. Aprieta las mandíbulas hasta que se escucha el chirrido de los dientes. El Caballero avanza unos pasos hacia él y deja caer una rodilla en tierra.
«-¿No te parece que ya hemos sufrido todos demasiado? -Dice con voz ronca y quebrada, cargada de áspera emoción-. Y, sin embargo, hubo un tiempo no muy lejano en el que nos quisimos. Y en el que fuimos felices. En recuerdo de lo mucho que nos hemos querido, te suplico que acabemos con esto. El perdón es la máxima virtud de los grandes señores. Y yo conozco mejor que nadie tu grandeza. Me humillo ante ti. Perdóname, hermano.
– Jamás… jamás -barbota estranguladamente Puño de Hierro, y las palabras salen raspándole la garganta.
– ¡Te lo ruego! No pido por mi suerte, mátame si quieres. Pero a ella… a tu madre. Sé que sigue viva. Es un castigo cruel. Permítele que salga de su encierro. Permítele que se vaya a un convento.
– Jamás, jamás -repite Puño de Hierro-»; y las palabras, dice Chrétien, le queman en la boca.
Entonces el Caballero de la Rosa, comprendiendo la inutilidad de sus esfuerzos, emite un aullido escalofriante, el grito de dolor de un animal que se sabe perdido. Es un alarido tal que todos los presentes quedan sobrecogidos; y uno de los soldados del Duque, temeroso de haber incurrido en la ira de su señor por haber sido él quien introdujo al Caballero en el campamento, cree ver, en su nerviosismo, que el lamento del hermanastro es una amenaza para Puño de Hierro; y, agarrando la lanza, se la hunde al Caballero por los entresijos de metal del espaldar, atravesándole el pecho. El bastardo se desploma boqueando sangre. Puño de Hierro desenvaina la espada y de un solo tajo degüella al soldado. Luego ordena que cuiden a su hermanastro, que le curen, que le salven la vida. Montan una tienda sólo para él, y los médicos duermen atravesados a los pies de su cama como perros domésticos. Puño de Hierro no visita jamás al Caballero de la Rosa, pero se hace dar el parte todas las mañanas y todas las tardes. Y así pasan los días y las semanas. Al cabo del tiempo, un paje tembloroso se arrodilla ante el Duque y le comunica que el Caballero está definitivamente fuera de peligro, consciente y sin fiebre.
Esa noche, Puño de Hierro organiza un banquete, y ríe a carcajadas, y bebe, y habla a grandes gritos, y se lleva un par de mujeres a su cama. A la mañana siguiente, el Duque se baña en el torrente helado y luego se viste con sus mejores ropas. Cruza el campamento, llega a la tienda del enfermo, entra en ella como un remolino de aire frío. El Caballero de la Rosa se incorpora dificultosamente sobre un codo, muy pálido aún, muy desmejorado, con el pecho vendado y el perfil filoso. Se contemplan los dos sin decir ni palabra; el silencio es más violento que un insulto. Entonces Puño de Hierro desenfunda su cuchillo de gala, una hoja de acero fina y bien templada con una empuñadura guarnecida de perlas.
«-Ya te he pagado la vida que te debía -dice el Duque.»
Y, con un movimiento rápido y preciso, se corta el ojo derecho por la mitad. Como una hoz partiendo requesón, dice Chrétien.
«-Y con esto he pagado por tu ojo -añade, impávido, con la voz apenas algo más ronca-. Ya no debo nada. La próxima vez te mataré.»
No dice más Puño de Hierro y abandona la tienda. Poco después, el Caballero de la Rosa, todavía muy débil, es puesto en el camino con un par de caballos y provisiones.
Conjetura el eminente Jacques Le Goff que esta extraña leyenda no debió de ser del gusto de Edmundo Glasser, IX duque de Aubrey, y que tal vez fuera por eso por lo que el texto jamás se dio a conocer. Incluso puede que Chrétien de Troyes cayera en desgracia con su benefactor y que tuviera que salir corriendo de Cornualles, tras haber confiado su manuscrito a un monje amigo. O puede que fuera el propio Duque quien, insatisfecho con esta historia sombría, enterrara la obra en el monasterio, que a la sazón estaba dentro de sus propiedades.
Sea como fuere, ya nos queda muy poco para el final; pues, aunque Chrétien asegura que tras aquel encuentro todavía transcurren muchos años, apenas si dedica un puñado de líneas a describirlos. Tan sólo dice que tanto Puño de Hierro como el Caballero de la Rosa tardan algún tiempo en curar del todo sus heridas, y que después regresan a sus batallas. Pero ahora, mientras guerrean, intentan dirigir sus pasos hacia la región en donde piensan que pueden encontrar al hermanastro. Así, buscándose el uno al otro, recorren sin fruto los caminos. Y envejecen.
Un atardecer, cuando la edad ya les pesa en el pecho y las canas empiezan a brillar en sus cabezas, ambos gentiles hombres consiguen reunirse. El Duque acaba de llegara su castillo, en donde piensa permanecer unas semanas. Pero antes de que termine de instalarse, y siguiéndole los pasos, aparece el Caballero de la Rosa. Puño de Hierro, sin recibirlo, ordena que lo atiendan, que le den de comer opíparamente, que le preparen el mejor aposento. Así se hace, mientras los cortesanos hierven de susurros, embargados por la expectación de lo inminente. Nadie duerme aquella noche en el castillo, salvo los hermanastros.
Al despuntar el alba ya se encuentran los dos en el patio de armas. Ambos tienen puestas sus armaduras completas, unos espléndidos equipos de combate. Puño de Hierro lleva espada y maza; el Caballero de la Rosa, lanza corta y espada. Siguen siendo igual de altos, Puño de Hierro algo más corpulento. Se miran el uno al otro, rodeados a prudente distancia por una muchedumbre silenciosa. Pasan los minutos sin que nada se escuche, sin que nada se mueva, mientras el sol asciende por la curva del cielo y empieza a lamer el patio. Entonces, cuando el charco de luz alcanza la base de la torre, se oye algo parecido a un lúgubre redoble: es Gwenell la fantasmal, la prisionera, que golpea allá arriba, en las tinieblas, las paredes de su bárbara mazmorra. En ese mismo instante, los hermanastros se bajan la celada y comienza la lucha.