– Hola.
No le tocó. Miguel detestaba ser tocado.
El muchacho la miró con aparente indiferencia. Estaba sentado a una de las mesas, junto a un juego de construcciones de madera cuyas piezas, ordenadas con esmero dentro de su caja, parecían no haber sido usadas nunca. Seguramente la enfermera había aparcado a Miguel en esa silla media hora antes y no había vuelto a preocuparse de él.
– ¿Vas a jugar a las construcciones?
Él negó con la cabeza y le enseñó lo que llevaba en la mano. Era un cubo de plástico compuesto de pequeños cuadrados de seis colores.
– Ah, tu cubo de Rubik… Muy bien, estupendo. Ese juego sí que es interesante y divertido…
Qué ironía: había sido precisamente él quien había regalado a Zarza el Rubik muchos años atrás, a modo de malicioso reto intelectual. Era un rompecabezas endiablado, un pasatiempo perverso inventado en 1973 por Erno Rubik, un arquitecto húngaro; los pequeños cuadrados eran en realidad cubos que giraban sobre sí mismos, y el asunto consistía en conseguir que todas las caras del poliedro grande tuvieran colores homogéneos: una toda roja, otra toda verde, otra toda blanca… Zarza lo intentó durante muchos meses y jamás lo logró. Un fracaso comprensible, puesto que el Rubik tiene 43.252.003.274.469.856.000 posiciones distintas, y sólo una de ellas corresponde a la solución; esto es, a la exacta y armoniosa distribución de un color por cara. Ponerse a girar el artefacto al azar, por consiguiente, no lleva a ningún lado: si una persona hiciese diez movimientos por segundo, sin pausa ni descanso, tardaría 136.000 años en ejecutar todas las combinaciones posibles. Zarza se acabó hartando de ese martirio y olvidó el rompecabezas, que anduvo dando tumbos por la casa durante cierto tiempo. Pero un día Miguel descubrió el cubo y quedó embelesado. Desde entonces había sido su objeto preferido; siempre estaba haciendo rotar los pequeños dados de colores con sus manos quebradizas y un poco torpes. Como ahora.
– Toma. Te lo dejo un rato -dijo Miguel de pronto, extendiendo el Rubik hacia ella.
Zarza sabía que eso era una considerable muestra de cariño, así que lo cogió.
– Muchas gracias, Miguel. Me encanta que me lo prestes. Eres muy bueno.
El chico hundió la barbilla en el pecho y sonrió. Una sonrisa pequeña, como un rictus. Iba a cumplir treinta y dos años en primavera, pero representaba bastantes menos. El tono rojo de su pelo era mucho más vivo que el de Zarza; por lo demás, se parecían bastante, con la misma piel blanca y los mismos ojos de color azul oscuro: era la herencia O'Brian de la rama materna. En realidad era un chico guapo, incluso muy guapo; pero al primer vistazo se advertía en él algo que no acababa de cuadrar, algo inacabado, indeterminado e inquietante. Era muy delgado, rectilíneo, con los hombros picudos, y los omóplatos le sobresalían como dos alerones. Siempre estaba encogido sobre sí mismo, y a menudo mantenía los brazos plegados y las manos unidas a la altura del pecho, jugueteando con su Rubik o pellizcándose los dedos.
– ¿Qué tal estás? preguntó Zarza.
Miguel miró por la ventana más cercana.
– Marta tiene un perro -dijo.
– Ah, sí? Qué bien -contestó Zarza, preguntándose quién sería Marta.
– Chupa y chupa y chupa. Es un cochino. Yo también.
– ¿Tú también eres un cochino?
– Yo también quiero un perro.
Los ojos azules de Miguel naufragaban en una expresión opaca y asustadiza. Había nacido así, raro, tardo de mente y de reflejos, encerrado en su mundo. Algo le faltaba por dentro y eso se le veía en la cara; pero Zarza a veces pensaba que también tenía algo de lo que los demás carecían. Por eso resultaba tan ajeno, tan extraño. Visto así, medroso y encogido, con sus manitas atareadas, parecía una ardilla pelando una nuez. Aunque no, no era una ardilla, era más bien un pequeño murciélago, con la cabeza hundida entre los hombros y las alas plegadas a la espalda.
En la habitación sólo había otra persona, un tipo talvez nonagenario, diminuto y tan seco de carnes como sólo pueden serlo esos ancianos matusalénicos que parecen haber perdido ya su envoltura mortal. Vestía una bata de franela granate muy sobada y se mantenía milagrosamente de pie, apuntalado por una garrota y bien arrimado a la ventana del fondo.
– Miguel, te habrás dado cuenta de que hoy he venido más temprano que otras veces…
Miguel se abrazó a sí mismo y comenzó a acunarse hacia atrás y hacia adelante. Tenía unas orejas demasiado grandes y demasiado despegadas del cráneo, unas tiernas orejotas casi transparentes que ahora parecían aletear junto a su cara.
– No hagas eso le recriminó Zarza. ¿Por qué haces eso? Te vas a poner nervioso.
– Te irás. Te irás como antes. Otra vez. Te irás.
Todos tenemos miedo.
El Oráculo. Años atrás, él le había puesto a Miguel el sobrenombre del Oráculo. Era un apodo burlón y chistoso pero también certero, porque, a menudo, entre las frases pueriles o en apariencia incomprensibles que el chico decía, se colaban significados extrañamente atinados, augurios de finura escalofriante. Esa capacidad para decir lo indecible formaba parte de las rarezas de Miguel, del tesoro de su diferencia. Zarza se estremeció:
– ¿Por qué dices que me iré?
– No quiero perros. No quiero, no quiero. Cama, cama, cama.
El chico se tapó los ojos con las manos.
– No quiero verte. Cama, cama, cama.
– No puedes irte a la cama, Miguel. Es por la mañana y te acabas de levantar. Venga, hombre, no seas tonto… quítate las manos de la cara y mírame… ¡Mírame, por favor! Así está mejor… Verás, es verdad que a lo mejor me tengo que ir unos días fuera, pero es sólo una cosa de trabajo. Volveré prontísimo, enseguida, antes de que te des cuenta de que me he ido.
– Dame mi cubo reclamó él.
Ella se lo entregó y Miguel empezó a dar vueltas a los pequeños dados sin parar de balancearse en el asiento. Sino se calma terminará subiéndole la fiebre, como siempre, pensó Zarza con preocupación. En los episodios de fiebre muy elevada, sobre todo en las terribles calenturas de los niños, los enfermos pueden padecer delirios geométricos. La negrura de sus cerebros se puebla de imágenes tridimensionales con las formas elementales euclidianas, asfixiantes poliedros en lenta rotación, arrogantes danzas de triángulos. Es como si el ataque febril consiguiera desnudar el dibujo básico de lo que somos, reducirnos a esa estructura original que compartimos con el resto del universo. Despojados de todo, somos geometría. Si los humanos llegáramos a toparnos algún día con un extraterrestre, pensó Zarza, probablemente nos entenderíamos con él mostrándole un cubo de Rubik.
– ¿Y por qué? -gruñó de pronto el nonagenario al otro lado del cuarto.
Zarza le miró; el anciano había alzado el rostro y contemplaba el cielo mustio y gris a través de los barrotes de la ventana. Levantó un brazo fino como una caña y blandió su arrugado puño contra las nubes:
– ¿Y por qué me tengo que morir, eh?-increpaba alas alturas el furioso anciano-. ¿Sólo porque soy viejo?¿Eh?
Zarza acercó su silla a la de su hermano.
– Escúchame -le susurró-. No te sigas moviendo así o te pondrás malo. Tranquilízate. No volveré a abandonarte nunca más. Te lo prometo. Créeme.
Miguel cerró los ojos y dejó de mecerse. Luego metió la mano en el bolsillo de su jersey y sacó un papel.
– Toma. Para ti.
– ¿Qué es esto?
Era un sobre blanco y arrugado. Rasgó la solapa, que estaba pegada, y sacó una cuartilla. En mitad de la hoja, una frase escrita a mano:«"He venido a cobrar lo que me debes".»
Zarza sintió que el aire se le helaba en los pulmones. Miguel debió de advertir su sobresalto, porque volvió a acunarse a sí mismo, ahora mucho más rápido.
– ¿De dónde has sacado esto? ¿Quién te lo ha dado?-casi gritó Zarza, intentando controlar su nerviosismo.
Atrás adelante, adelante atrás.
– ¡Párate! ¡Párate y contesta! ¿Quién te lo ha dado, Miguel?
Atrás adelante, adelante atrás.
– Ha sido Nicolás, ¿no?… Nico ha estado aquí, ¿verdad?
Atrás. Adelante. Despacio, muy despacio.
– Dímelo, Miguel. Ha sido Nicolás, estoy segura…
El chico se detuvo y la miró. Tenía los ojos llenos de lágrimas y la boca abierta en un círculo blando, próximo al puchero.
– No te asustes, Miguel, no te preocupes… ¿Cuándo ha venido Nico? ¿Ayer?
– Sí. Hoy. Ayer. Mañana.
Miguel daba vueltas nerviosamente a su cubo de Rubik.
– Tranquilo… Tranquilo, hombre, que no pasa nada… ¿Qué te dijo Nico? Venga, haz un esfuerzo, ¿qué te ha dicho?
– Que me quiere.
Zarza resopló.
– ¿Y de mí? ¿Te ha dicho algo de mí?
– Tú no me quieres, porque vas a marcharte. Ya no me gustas.
Zarza frunció el ceño.
– Y tú no me escuchas. Te estoy diciendo que no voy a marcharme -dijo con cierta irritación.
Zarza estaba acostumbrada a no sentir. Llevaba años educándose en ello. No permitía que nadie se acercara tanto a ella como para que, al desaparecer, pudiera dejarla huella de su ausencia. Cortesía y frialdad, ésa era su estrategia. No escuchar nunca nada. No contar nunca nada. A decir verdad, ni siquiera se contaba gran cosa a sí misma. Estaba acostumbrada a no sentir, pues, pero Miguel la desconcertaba. Miguel era el único ser vivo que poseía todavía el poder de herirla. Por eso, cuando Zarza advertía que dentro de ella empezaban a moverse los sentimientos y que levantaba la cabeza alguna emoción blanda y viscosa, se apresuraba a machacar]a sin compasión. Era como aplastar gusanos con un martillo.
– Me gustan los colores tranquilos -dijo el chico.
– ¿Y ahora de qué colores hablas?
– Los colores tranquilos que están dentro.
Zarza suspiró, o más bien gruñó. El esfuerzo por controlar sus sentimientos siempre la llenaba de frustración y de ira. Por eso ahora sentía unos deseos casi irrefrenables de gritar a su hermano. Sí, ansiaba gritarle o, si no, abrazarle, estrechar ese puñado de quebradizos huesos contra su pecho. Pero a Miguel le mortificaban los contactos físicos y de todas maneras ella tampoco sabia muy bien cómo abrazar.