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Si Zarza acertaba cinco respuestas, es decir, si su padre le concedía que había acertado, la niña recibía un beso en la mejilla y unas cuantas monedas, y se podía marchar. A veces sucedía así: a veces, después de varios errores y una cantidad considerable de inquietud, Zarza quedaba libre. Pero por lo general la niña perdía; por lo general acumulaba esos cinco fatídicos fallos que la condenaban al castigo.

– ¡Caíste otra vez! -proclamaba el padre entre risotadas. Nunca aprenderás a jugar este juego…

En la derrota, Zarza tenía que bajarse las braguitas y colocarse boca abajo sobre las rodillas de él. Y entonces el padre comenzaba a propinarle una azotaina, primero no muy fuerte, con la palma bien abierta, sobre las nalgas desnudas. Pesaba el sol de la siesta sobre el mundo, recalentando el aire del despacho aunque las puertas correderas estuvieran abiertas sobre el jardín y sobre la piscina; y en aquella atmósfera densa y sofocante caía una y otra vez la mano de papá sobre el culito redondo de la pequeña Zarza, primero suavemente, luego más fuerte, luego de nuevo suave, y después unas cuantas palmadas restallantes sobre la piel enrojecida, y a continuación un golpeteo rítmico, las manos de papá a ratos casi acariciantes y a ratos haciendo daño, mientras por la ventana abierta entraba un mareante olor a cloro y el zumbido malsano de los moscardones.

Entonces sonó el timbre del teléfono móvil, una musiquilla necia y saltarina que Zarza escuchó con sobresalto. Desde la primera nota supo que se trataba de Nico. Sin dejar de conducir, rebuscó frenética en su bolso hasta encontrar el aparato y luego se lo arrimó al oído con prevención, como si pudiera resultar herida sólo por escuchar.

– Sí…

– ¿Vas a volver a colgarme?

Era él, sin duda; con una voz más ronca, más ajada. Pero hacía siete años que no se hablaban, y siete años son muchos, sobre todo si se viven en la cárcel.

– No…-musitó Zarza, casi sin aliento.

¿Cómo había conseguido localizar ese número de teléfono? Pero Nicolás siempre fue el más inteligente, el más intrépido de todos ellos, el más capaz.

– Mejor. Tampoco arreglas nada huyendo. Sabes que te voy a atrapar de todas formas.

Era verdad: Zarza lo sabía.

– ¿Qué quieres de mí?

– ¿Y aún me lo preguntas? Quiero hacerte pagar por lo que me has hecho.

– ¿Dónde estás?

– Siempre detrás de ti -dijo él.

Y cortó.¿Y si es verdad?, pensó Zarza; ¿y si me está siguiendo? Se encontraba en la avenida de Uruguay, entre un tráfico más o menos fluido de media mañana. Miró por el retrovisor: podía estar en aquel coche rojo, o en el Peugeot blanco, o incluso en la camioneta… Seguramente la había estado esperando en la residencia de Miguel; cuando ella había mirado a su alrededor no había sabido descubrirlo, pero seguramente sí que estaba allí, agazapado como una astuta alimaña, escondido dentro de un coche o detrás de una esquina. Sí, ella era una estúpida, seguro que Nico había estado esperando en los alrededores de la Residencia y ahora se encontraba a sus espaldas, contemplándola desde la impunidad del perseguidor. Aturullada por la angustia, se arrimó al bordillo entre los bocinazos de los demás conductores hasta que encontró un lugar donde estacionar. El Peugeot blanco pasó, la camioneta pasó, el coche rojo pasó. A su lado, los vehículos continuaban su marcha acompasada como un rebaño de bestias metálicas. Permaneció un buen rato detenida al borde de la corriente rodada y de la rutinaria vida matinal, esperando a que sus pulsaciones se normalizaran. No parecía que hubiera nadie detrás de ella. Zarza respiró hondo: no podía permitirse esas crisis de miedo. Intentó comprobar el número desde el que Nico llamaba, pero no salía identificado en la pantalla del móvil. Miró el reloj. Las 11:40. Entonces advirtió que se encontraba muy cerca de casa de Martina; no lo había pensado antes, pero era posible que ella tuviera alguna noticia de Nicolás. Claro que hacía muchos años que Zarza no veía a su hermana y no sabía cómo iba a reaccionar ante su presencia. Aun así, decidió visitarla. No se le ocurría qué otra cosa hacer.

Dejó el coche donde estaba y echó a andar. Tan sólo tenía que doblar por la primera esquina y bajar la calle Colombia hasta llegar a Perú. Habían empezado las rebajas de enero y, al tratarse de un distrito comercial, las aceras estaban bastante concurridas. Sí, desde luego siempre podía seguir su impulso inicial y marcharse de la ciudad e incluso del país. Desaparecer entre los pliegues de la Tierra, como su propio padre. Pero con qué dinero, a dónde, para qué. Y no es que su vida actual fuera un logro por el que mereciera la pena luchar. En realidad era una vida chata y anodina. Fuera de sus visitas a Miguel y de sus manuscritos medievales, sus días eran un vago aturdimiento, una somnolencia carente de sueños. Un sopor que tenía cierto atractivo, porque el embrutecimiento es lo más cercano a la inocencia. Pero la llegada de Nico le había sacado de ese sueño diurno, de esa cotidianidad narcotizada. Recién despierta, Zarza descubría que estaba demasiado cansada para seguir huyendo; se sentía mayor y sin energía, como si el esqueleto le pesara demasiado. No, no se iría. Había prometido a Miguel que no le volvería a abandonar. Y, además, Nico la encontraría. Por mucho que corriera y que se escondiera, él acabaría por encontrarla.

Avanzaba Zarza por la calle y por primera vez en mucho tiempo iba mirando alrededor, atenta a cualquier detalle sospechoso, a cualquier ruido, tan alerta como una ardilla en un campo sin árboles. Esta actitud era extraña en ella, porque Zarza siempre procuraba evitar los lugares públicos y, cuando no tenía más remedio que andar entre la gente, caminaba clavando los ojos en el suelo. Le horrorizaba que la reconocieran los de entonces; que viniera alguien que la hubiera tratado en los tiempos crueles de la Blanca. Su físico irlandés, tan poco usual, era una desventaja: no se olvidaban de ella. Había sucedido ya en una ocasión; fue en el metro, una tarde, cuando regresaba de la editorial. El vagón estaba medio vacío y el hombre se acerco, probablemente animado por la estrechez del espacio y la falta de salida.

– Hombre, la pelirroja guapa de las pecas en los muslos…-dijo sin acritud, casi educadamente.

Era un individuo tal vez sesentón, gordito y calvo, vestido con un traje oscuro barato y una camisa blanca de tergal. Zarza no se acordaba en absoluto de él. No le había visto nunca.

– ¿Qué? ¿Al trabajo? -preguntó, componiendo una patética sonrisa picarona.

– Me parece que se está equivocando de persona -dijo Zarza con la garganta seca.

– Qué me voy a equivocar! Pues no nos lo pasamos bien ni nada…-dijo el tipo.

Pero la voz se le había ido apagando y ya no insistió más. Tal vez fuera un buen hombre. Zarza hubiera querido matarlo. Hubiera querido clavarle un cuchillo justo por encima del ombligo, en ese vientre que se adivinaba voluminoso y blando, y abrirle hacia abajo su sebosa tripa, y llegar a su miembro pingante y arrugado, a esa piltrafa oscura con pretensiones, y rebanárselo de cuajo. Pero no lo hizo. No le emasculó ni a él ni a los otros, a todos los demás vientres anónimos de los años crueles. Lo único que hizo Zarza aquella tarde fue abandonar el vagón en la primera parada; al día siguiente se compró un coche de segunda mano, y desde entonces no volvió a tomar el metro nunca más.

Pensaba penosamente Zarza en todo esto mientras caminaba por la calle a paso vivo. A su alrededor bullía la ciudad comercial, la ciudad feliz y luminosa, que siempre había sido la ciudad de los otros. Ni ella ni Nicolás habían conseguido nunca vivir con ligereza. Recordaba la casa de su infancia como un inmenso dormitorio siempre en penumbra que olía a enfermedad, a sábanas sin cambiar y aire recalentado, ese aire quieto y viejo de los cuartos que jamás se ventilan. Y había noches interminables y pasillos oscuros, y a la vuelta de cualquier corredor en tinieblas se encontraba papá agazapado, papá alto y guapo, bigotudo, papá perseguidor, con sus besos y sus manos que a veces hacían daño. Tampoco era posible escapar de papá: él era la araña que reinaba en la tela. Cuando la poeta argentina Alejandra Pizarnik se suicidó a los treinta y seis años, encontraron un papel con sus últimos versos sobre la mesa:«"Y, en el centro puntual de la maraña ¡ Dios, la araña"». En cuanto leyó estas líneas, Zarza las reconoció como algo propio, y pensó que la casa de su infancia tuvo que parecerse al último hogar de Pizarnik. Que debieron ser lugares equivalentes, infiernos paralelos, pesadillas conectadas por el mismo y sedoso hilo abdominal.

En ese justo instante lo sintió. Había alcanzado casi la esquina con Perú cuando Zarza sintió que, a sus espaldas, alguien pisaba el borde de su sombra. Experimentó un fortísimo deseo de volverse y mirar hacia atrás, pero no se atrevió a hacerlo. Se sujetó el desfalleciente corazón con una mano: Nico estaba ahí. Ella lo notaba. Lo sabía. Apretó un poco el paso entre los lentos transeúntes cargados de bolsas de rebajas, pero no consiguió deshacerse del empuje de esa presencia a sus espaldas. Zarza rompió a sudar, aunque la mañana estaba gélida. Ante ella se abría ahora la calle Perú, una pequeña travesía residencial y sin tiendas, en esos momentos totalmente vacía de peatones y de coches. Al fondo estaba el portal de su hermana, pero Zarza no se atrevió a seguir, no podía aventurarse en esa calle solitaria perseguida por su perseguidor. La cabeza le daba vueltas. Aturdida, echó a correr por Colombia chocando de cuando en cuando contra los paseantes, que la miraban entre ofendidos y extrañados, instalados como estaban todos ellos en esa ciudad feliz en la que nadie tenía que correr para salvar la vida. Cruzó semáforos en rojo, brincó por encima de los bordillos y dobló esquinas sin mirar por dónde iba, con la sangre batiéndole en los oídos y el cerebro cegado por el miedo, hasta que el agotamiento le clavó una lámina de hierro al final de las costillas y tuvo que detenerse, sin aliento, doblada por el dolor, con las manos apoyadas en las rodillas y una constelación de puntos negros ante los ojos.

Dos manzanas más abajo se veía una puerta oficial, unas banderas, unos coches blancos de policía. Era una comisaría. Zarza pensó por un momento que podía acercarse hasta allí y denunciar a Nico. Pero, ¿qué iba a decirles? ¿Que un ex presidiario la estaba persiguiendo? ¿Y qué pruebas tenía? ¿Qué podría hacer la policía por ella? Desde luego no iban a protegerla y, si Nicolás se enteraba de esta nueva denuncia, aún se enfurecería más. Zarza la soplona. Sobre todo eso: no quería seguir siendo Zarza la soplona. Decía el Duque que a los chivatos les cortaban la lengua y verdaderamente ella estaba así, sin lengua y sin palabras. Hacía años que Zarza no decía nada que tuviera auténtico sentido, nada que le saliera del corazón; ni siquiera le había podido decir a su hermano Miguel que le quería, que él era lo único que ella tenía. En la cabeza de Zarza daban vueltas frases abrasadoras que no encontraban el camino de salida, enmudecidas por su lengua amputada de soplona. De manera que no, no le volvería a delatar. Zarza enderezó el tronco, aún jadeante y dolorida, y descubrió que ya no percibía esa presencia amenazadora detrás de ella. Volvió la cabeza: gentes caminando, coches circulando y ningún rastro visible de Nicolás. De nuevo había perdido el control. De nuevo se había dejado vencer por el pavor. Deshizo su camino a paso normal y lo que minutos antes había sido un enloquecedor escenario de pesadilla ahora era un aburrido y convencional barrio burgués. De todas formas decidió abandonar por el momento la visita a su hermana; prefería regresar al cobijo del coche, sentirse protegida, acabar de calmarse y tal vez llamar primero a Martina por teléfono, si es que lograba localizar su número.