– Bueno. Pasa.
Zarza siguió al hombre hacia el interior del piso, que estaba también recién pintado. Había alfombras de cuerda, cortinas de algodón de colores brillantes, reproducciones de cuadros de Velázquez arrancadas de alguna revista y sujetas con chinchetas a las paredes. Era un lugar modesto pero decente. Daniel chancleteó dentro de sus flojas botas hasta la nevera, sacó una cocacola y se dejó caer sobre una silla junto a la mesa camilla. Estaba más gordo, pensó Zarza. Bastante más grueso, y avejentado. Tenía las ojeras inflamadas por el sueño y el pelo despeinado y ralo, con la línea del cráneo dejándose traslucir bajo el acoso de la calvicie: qué había sido de aquel hermoso cabello lacio y negro, del pesado flequillo principesco. Los kilos sobrantes habían redondeado las caderas de Daniel, le habían dibujado una breve papada y se acumulaban en visibles lorzas debajo de la camiseta demasiado apretada. En el brazo derecho, sobre el hueso de la muñeca, lucía un pequeño tatuaje. Zarza se extrañó, porque el Daniel que ella recordaba no era muy partidario de ese tipo de adornos epidérmicos. Aguzando la vista, comprobó que se trataba de una diminuta rosa azul y roja orlada por un nombre de varón: "JAVIER". Lo cual le pareció todavía más raro, puesto que el discretísimo Daniel no hablaba jamás de sus amores. Claro que todo eso había sido antes, mucho antes, ocho años atrás. A saber qué habría sucedido en todo ese tiempo. Por lo pronto, Daniel se había convertido físicamente en otra persona. Seguía teniendo una buena cara y cierta distinción natural, pero ahora ya no parecía un príncipe toscano sino más bien una matrona romana. El tiempo no había sido piadoso con él. Zarza se preguntó hasta qué punto ella misma mostraría unos estragos semejantes. A fin de cuentas, debían de tener más o menos la misma edad; quizá Daniel le sacara dos o tres años, y eso le convertía en un cuarentón. También ella, Zarza, se acercaba peligrosamente a los cuarenta, cosa que no dejaba de sorprendería cuando lo pensaba: cómo había podido ser tan descuidada para vivir sin darse cuenta de que vivía, para extraviar con miserable desidia tantos años.
– Estás bien -dijo Daniel de pronto, como si le hubiera estado leyendo el pensamiento. Estás bastante bien. Tienes buen aspecto. No esperaba volver a verte. Pensé que te habías muerto.
– Tú… tú también estás bien mintió Zarza.
– Bah. Estoy hecho una foca.
Daniel apuró la cocacola e hizo chascar la lengua. Sus pantorrillas, blancas y lampiñas, asomaban blandamente bajo las cortas perneras lilas del pijama.
– Tú dirás.
– Necesito una pistola.
– ¿Necesitas una pistola?
– Mi hermano ha salido de la cárcel. ¿Te acuerdas de mi hermano? Nicolás, el gemelo. Ha salido de la cárcel y me amenaza.
– ¿Y por qué te amenaza?
Zarza respiró hondo:
– Porque yo le delaté a la policía.
– Uf… chica, qué asunto tan feo…
Zarza sintió el zarpazo de la sorna del hombre, el desdén zumbón y la distancia.
– No estoy orgullosa de lo que hice, Daniel, pero no he venido aquí para justificarme. Si quieres y puedes ayudarme, bien. Y si no, también. No te voy a contar mi vida. No soy uno de tus clientes del Desiré -dijo Zarza con cierta violencia.
– Ya no estoy en el Desiré -contestó Daniel plácidamente-. Me peleé con el hijo de puta de Caruso. Ahora estoy en el Hawai. Es un barucho nuevo, por aquí cerca. Un antro un poco peor. Todo es cada día un poco peor. Me estoy haciendo viejo.
– Lo siento.
– Bah.
– Además, tú también te has hecho mayor.
– Lo dices como si envejecer fuera sólo una cosa mía.
– No me refería a lo de la edad. Era por lo de haber dejado el Desiré y todo eso.
Fundamentalmente, Zarza lamentaba "todo eso". Lo siento, había dicho, y se refería al cuerpo ajamonado de Daniel, a los años perdidos, a las humillaciones y las derrotas, a las pequeñas cantidades de dinero que Zarza robó de la cartera de Daniel en los últimos días del Desiré, al proceso de demolición interior, al fin de la esperanza.
– Dejemos eso -dijo él-. ¿Así que ahora quieres pegarle un tiro a tu hermano?
– ¡No! Sólo quiero poder defenderme. Disuadirle. Quiero enseñarle la pistola, quiero que vea que estoy armada.
– Ya. ¿Y por qué vienes a mí? ¿Qué tengo yo que ver con todo eso?
– No tienes nada que ver. Pero no tengo a quién recurrir. Hace mucho que estoy fuera de la calle, no tengo contactos. A ti te cuentan todo. Estoy segura de que sabes dónde conseguir un arma.
Daniel se quedó mirándola, pensativo.
– Yo no sé nada. Y además, aunque lo supiera, esto de las armas es un riesgo muy grande. Uno nunca sabe qué va a hacer el otro con los hierros. Qué muerte va a traer, en qué marrón terminarás pringado.
– Pero tú me conoces…
– Sí. Te conozco.
Zarza enrojeció de nuevo.
– Llevo siete años limpia. Ya no soy aquélla. Creo que no.
Hubo un pequeño silencio que a Zarza le resultó de una violencia insoportable. Se puso en pie con brusca determinación.
– Está bien, Daniel. Me voy. Perdóname por haberte molestado. Tienes razón, tú no tienes nada que ver con todo esto.
– Espera… Espera, no te pongas nerviosa -dijo él, cachazudo y burlón-. Siéntate. Vamos, siéntate… Tampoco eras mala chica por entonces. Me caías bien. El problema era esa mierda que te metías. Me conozco bien esa porquería. Se me murió un hermano de eso.
La ciudad de la Blanca era un extraño territorio interclasista, pensó Zarza. Entre los súbditos de la Reina había de todo, pero fundamentalmente chabolistas miserables y niños ricos. La Blanca se cebaba, con ecuánime avidez, en los dos extremos de la escala. Sin embargo, y aun estando muy cerca, Daniel nunca cayó en la trampa. Zarza le envidió.
– Qué fuerte eres, Daniel… Siempre has sabido mantener el control sobre tu vida… Eso es lo que más admiro de ti.
– No es control, nena, es una pelea a muerte, todos los días. La vida es una guerra. No, la vida es como ir andando por un país enemigo. Tienes que estar siempre en guardia, y acampar a escondidas… Y cada día que pasa las cosas se te ponen peor, porque estás más dentro del país de los malos, más solo, más rodeado. Y tú vas intentando luchar aquí y allá, dentro de la selva, como el Rambo ese tan macizo de las películas. Mira mi casa, la acabo de pintar. La pinté yo mismo con un rodillo, y las puertas con pintura plástica. Pues eso es luchar duro en mitad de la selva. Porque lo que te sale es dejar que todo se vaya al diablo. Que el techo se caiga y la cocina se llene de mierda. A veces necesitas muchísimo valor sólo para subirte la cremallera de las botas. Para qué limpiar, para qué lavarse. Para qué todo ese esfuerzo horrible de vivir… ¿para irme a pasar diez horas en el Hawai? Y mañana ya no será el Hawai, sino otro club más miserable. Y luego la calle. Y luego, con suerte, una residencia de caridad. Pero aquí estoy, ya ves. Pintando la casa. Porque uno no es un animal, a pesar de todo.
– Está muy bonita -murmuró Zarza, sintiéndose estúpida al decirlo-. De verdad, está muy bonita y muy acogedora.
Mi casa, por el contrario, es un panteón, pensó Zarza. Daniel ha escogido luchar y yo me entierro. Zarza se abismaba en su pequeña vida de la misma manera que su madre se había hundido en la fosa pelágica de su cama de enferma.
– Sé de alguien que te puede conseguir lo que quieres -dijo Daniel-. No es un pez gordo, pero es de fiar. Vete a los Arcos, al pub irlandés que hay en los Arcos, no sé cómo se llama pero no hay pérdida, y pregunta por Martillo. Di que vas de parte de Gumersindo, el de Hortaleza.
– ¿Gumersindo?
– Soy yo. Ése es mi nombre verdadero. Pero es feísimo y me lo cambié. Daniel queda más fino, ¿no?
Mientras hablaba, el hombre se rascaba el tatuaje con un gesto automático e inconsciente.
– ¿Y eso? -preguntó Zarza, sin poderlo evitar.
– ¿El qué? -contestó Daniel con aire inocente, aunque movió el brazo y ocultó el dibujo.
– Eso. Perdona la curiosidad, pero un tatuaje es una especie de anuncio público, ¿no? ¿Quién es ese Javier?
Daniel levantó el brazo, frunció el ceño y contempló la mancha entintada.
– No es, era.¿Se murió? Se marchó. Me dejó. Y no hay más que decir. Ni siquiera me acuerdo de su cara. Es una cabronada que los tatuajes duren más que la memoria.
– Lo siento.
La papada de Daniel retembló levemente y Zarza pensó por un momento que el hombre iba a llorar. Pero, para su sorpresa, se echó a reír:
– No es verdad, O sea, no es una cabronada. Me gusta mi tatuaje, sabes… No sé cómo decirte. Es mi pequeño equipaje.
Zarza sólo guardaba en la memoria una imagen de su madre levantada, de una madre vertical y mundana, antes de que se metiera en la cama para siempre como quien se cae por un precipicio. Tuvieron que existir muchos otros días andariegos, días de alamedas soleadas como la de la foto de la caja de música, en el transcurso de los cuales los blancos y delicados pies de su madre debieron de hollar el polvo de la Tierra; pero Zarza no recordaba absolutamente ninguno de ellos. Cuando sucedió el episodio que alimentó esa única memoria de una madre transeúnte, Zarza debía de tener cuatro o cinco años.
Ella era una niña pequeña, pues, y se encontraba escondida dentro de la despensa de la cocina. El chalet familiar de Rosas tenía una enorme cocina revestida de azulejos blancos, tan imponente y desapacible como un quirófano, y una despensa que era un cubículo alto y estrecho cubierto de baldas de madera desde el suelo hasta el techo. Zarza se recordaba metida en el cuartito, en la penumbra, sin otra claridad que la que se colaba por el montante de la puerta, que era de vidrio esmerilado. Las estanterías, repletas de latas de conserva, botes de cristal con azúcar y arroz, cajas de galletas y botellas de aceite, pendían inundadas de sombras sobre la cabeza de Zarza, abarrotadas e informes, amenazadoras en el perfil agresivo de sus bultos y en lo tenebroso de sus rincones, que la fantasía infantil poblaba de bichejos inmundos. A los niños imaginativos y asustadizos no les gustan los recovecos oscuros, de modo que resultaba un poco sorprendente que la pequeña Zarza se hubiera encerrado en aquel cuartucho. Sin embargo allí estaba, aguantando la respiración para no hacer ruido, con el corazón batiéndole en el pecho, entre el olor a podrido de los quesos y el aroma a hierba recién cortada de las pastillas de jabón. Entonces alguien abrió la puerta de la despensa, o talvez se abrió sola, porque ahora Zarza se recordaba quieta en el umbral y veía a su madre de pie, al otro lado de la pesada mesa de madera blanca que había en mitad de la cocina. Mamá estaba mirando a Zarza intensamente y Zarza, que era pequeña y contemplaba la escena desde abajo, sólo alcanzaba a ver la cara de mamá, con su hermoso pelo rojo cayéndole en dos cascadas de rizos sobre los hombros; luego la mesa le tapaba el resto del cuerpo, desde el codo a los muslos; y después, por debajo del tablero, aparecían las largas y finas piernas enfundadas en una ajustada falda gris, medias de cristal, tacones altos. Mamá miraba intensamente a Zarza desde ahí arriba y Zarza le devolvía la mirada. Hacía mucho calor, hacia bochorno, debía de ser verano, por la ventana de la cocina entraba una luz pardusca y agobiante, debía de estar atardeciendo, sobre la mesa de la cocina había un conejo muerto y ya despellejado, seguramente la tata lo iba a cocinar para la cena. Zarza sólo alcanzaba a ver un fragmento de carne gomosa y triangular que parecía un muñón y que debía de ser la cabeza del animal. Mamá miraba intensamente a Zarza desde el otro lado de la mesa y del conejo, y Zarza le devolvía la mirada.