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Las calles estaban desiertas cuando Weisz volvía al Dauphine, pero lo acompañaba una imaginaria Christa. Le habló del día que había tenido, dándole una versión divertida para hacerla reír. Luego, ya en su cuarto, cayó dormido y se reencontró con ella en sus sueños. La primera vez que hicieron el amor, en el yate, en el puerto de Trieste. Esa noche ella vestía un camisón de color perla, muy fresco, transparente, muy adecuado para un fin de semana de verano en el mar. Él percibió que ella sentía cierta afinidad con el camisón, así que no se lo quitó esa primera vez. Sólo desabrochó los botones. Esto los inspiró a ambos. Cuando Weisz despertó de su sueño, volvió a encontrarse inspirado, y entonces, en la oscuridad, revivió esos momentos una vez más.

La reunión de la redacción del Liberazione se celebró al mediodía del 29 de abril. Weisz fue corriendo al Europa, pero llegó el último. Salamone había estado esperándolo, y dio comienzo a la reunión en cuanto tomó asiento.

– Antes de que discutamos el siguiente número -dijo-, hemos de hablar un poco de nuestra situación.

– ¿Nuestra situación? -repitió el abogado, alerta al percibir cierto dejo en la voz de Salamone.

– Están pasando algunas cosas que hemos de discutir. -Hizo una pausa y añadió-: Por una parte, a una amiga de Carlo la interrogó un hombre que se presentó como inspector de la Sûreté. Tenemos razones para creer que no era quien decía ser. Que era un agente fascista.

Un largo silencio. A continuación el farmacéutico dijo:

– ¿Te refieres a la OVRA?

– Es una posibilidad que hemos de considerar. Así que paraos a pensar un minuto en vuestra vida. La vida cotidiana, cualquier cosa que no sea normal.

El abogado soltó una risa forzada:

– ¿Normal? ¿Mi vida en la escuela de idiomas?

Pero nadie más lo encontró divertido.

El historiador de arte de Siena aseguró:

– En mi caso todo va como de costumbre.

Salamone, profiriendo un suspiro, confesó:

– Bueno, pues lo que a mí me ha pasado es que he perdido mi empleo. Me han despedido.

Durante un instante reinó un silencio absoluto, roto únicamente por los sordos sonidos de la vida del café al otro lado de la puerta. Al cabo Elena preguntó:

– ¿Te dieron algún motivo?

– Mi superior no es que fuera muy claro. Algo de que no trabajaba bastante, pero era mentira. Tenía otra razón.

– Crees que él también recibió una visita de la Sûreté -intervino el abogado-. Y no de la auténtica.

Salamone extendió las manos y enarcó las cejas. «¿Qué otra cosa voy a pensar?»

No podía ser más personal. Todos ellos trabajaban en lo que podían -el abogado en Berlitz, el profesor sienés de lector de contadores para la compañía del gas, Elena vendiendo calcetería en las Galerías Lafayette-, pero eso era algo habitual en el París de los emigrados, donde oficiales de caballería rusos conducían taxis. En la mesa se produjo la misma reacción: al menos tenían un empleo, ¿y si lo perdían? Y mientras Weisz, tal vez el más afortunado de todos, pensaba en Delahanty, el resto pensaba en sus respectivos jefes.

– Hemos sobrevivido al asesinato de Bottini -comentó Elena-. Pero esto… -No fue capaz de expresar en voz alta que era peor. Pero, a su manera, lo era.

Sergio, el empresario milanés que había acudido a París después de que se aprobaran las leyes antisemitas, afirmó:

– Arturo, por el momento no te preocupes por el dinero.

Salamone asintió.

– Te lo agradezco -repuso. Lo dejó ahí, pero lo que no hacía falta decir era que su benefactor no podía mantenerlos a todos-. Puede que haya llegado el momento de que nos planteemos qué queremos hacer ahora -prosiguió-. Es posible que haya quien no desee seguir con esto. Pensadlo detenidamente. Retirarse unos meses no significa que no podáis volver y retirarse unos meses tal vez sea lo que debáis hacer. No digáis nada ahora, llamadme por teléfono a casa o pasaos a verme, quizá sea lo mejor. Pensad en vosotros, en los que dependen de vosotros. No es una cuestión de honor, sino una cuestión práctica.

– ¿Es el fin del Liberazione? -quiso saber Elena.

– Todavía no -replicó Salamone.

– Nos pueden sustituir -razonó el farmacéutico, más para sí mismo que para los demás.

– Así es -convino Salamone-. Y eso también va por mí. Con el Giustizia e Libertà de Turín acabaron en 1937, los arrestaron a todos. Y sin embargo nosotros estamos hoy aquí.

– Arturo -intervino el profesor de Siena-, yo trabajo con un rumano que en su día era profesor de ballet en Bucarest. Lo que quiero decir es… es que creo que se va dentro de unas semanas, a Estados Unidos. En fin, es una posibilidad…, la compañía del gas. Tienes que bajar a los sótanos, a veces se ve una rata, pero no está tan mal.

– Estados Unidos -repitió el abogado-. Un tipo con suerte.

– No podemos irnos todos -dijo el profesor veneciano.

¿Por qué no? Pero nadie lo dijo.

Informe del agente 207, entregado en mano el 30 de abril en un puesto clandestino de la OVRA en el décimo distrito:

El grupo Liberazione se reunió al mediodía del 29 de abril en el Café Europa. Asistieron los mismos sujetos de los anteriores informes. El sujeto salamone informó de su despido de la compañía Assurance du Nord y planteó la posibilidad de que un agente encubierto lo hubiera difamado ante su jefe, salamone insinuó que una amiga del sujeto weisz había sido abordada de manera similar y advirtió al grupo de que tal vez deba reconsiderar su participación en la publicación del Liberazione. A continuación se celebró una reunión de la redacción en la que se trató la ocupación de Albania y el estado de las relaciones italoalemanas como posibles temas del siguiente número.

A la mañana siguiente, de un vacilante día primaveral, la verdadera Sûreté volvió a entrar en la vida de Weisz. Esa vez el mensaje llegó, gracias a Dios, al Dauphine, y no a Reuters, y decía simplemente: «Por favor, póngase en contacto conmigo inmediatamente»; incluía un número de teléfono y lo firmaba «monsieur», y no el «inspector», Pompon. Al levantar la vista del papel informó a madame Rigaud, que se hallaba al otro lado del mostrador de recepción: «Un amigo», como si sintiera la necesidad de dar una explicación. Ella se encogió de hombros. «La gente tiene amigos que llaman por teléfono. Mientras siga pagando, en el precio de la habitación incluimos la recogida de recados.»

Últimamente lo tenía preocupado. No era que ella hubiese dejado de mostrarse amable con él, sino que no la notaba igual de cálida. ¿Sería tan sólo otro cambio de humor típicamente galo, bastante común en esa ciudad cambiante, o algo más? En su actitud siempre había habido una visita nocturna en perspectiva. Bromeaba, pero ella le había hecho saber que su vestido negro podía llegar a esfumarse y que debajo había una recompensa especial para un buen chico como él. Las primeras semanas que pasó allí eso lo tuvo preocupado: ¿y si algo iba mal? ¿Era el sexo una condición encubierta del alquiler de la habitación?

Pero no era verdad, a ella simplemente le gustaba flirtear con él, tomarle el pelo con la fantasía de la patrona verde, y con el tiempo empezó a relajarse y disfrutarlo. Tenía la cara y la mente afilada y el cabello teñido con alheña, pero el roce o el choque fortuitos -«Oh, pardon, monsieur Weisz»- revelaban a la verdadera madame Rigaud, curvilínea y prieta, y toda para él. Con el tiempo.

En la última semana aproximadamente aquello se había terminado. ¿Qué había pasado?

Camino del metro paró en una estafeta de Correos y llamó a Pompon, que sugirió quedar a las nueve de la mañana del día siguiente en un café que había frente a la ópera -en el vestíbulo del Grand Hotel-, y estaba muy cerca de la oficina de Reuters. Dicha solución era bien considerada y, «por favor», amable, y un día más se vio intentando trabajar mientras reprimía el impulso de hacer conjeturas. «Gran Bretaña y Francia ofrecen garantías a Grecia», lo cual implicaba hacer llamadas a Devoisin al Quai d'Orsay y a otras fuentes, buceando en los subterráneos de la diplomacia francesa, así como ponerse en contacto con la embajada griega y con el director de un periódico griego de emigrados: la versión parisina de la noticia.