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No hablaron de trabajo mientras duró la cena, que fue excelente: la pierna de cordero asada con ajo, las verduras tempranas frescas y bien escogidas. Cuando se terminaron los higos en almíbar y encendieron sendos cigarrillos para acompañar los expresos, Salamone apuntó:

– Supongo que la verdadera cuestión es que si no podemos protegernos nosotros mismos, ¿quién va a hacerlo? ¿La policía, los de la Préfecture?

– Es poco probable -replicó Weisz-. Verá, agente, estamos metidos en operaciones ilegales contra un país vecino y, como nos están atacando, nos gustaría que nos echara una mano.

– Creo que tienes razón. Técnicamente es ilegal.

– De técnicamente nada. Es ilegal, punto. Los franceses tienen leyes contra todo, sólo es cuestión de escoger una. De momento nos toleran, por conveniencia política, pero no creo que tengamos derecho a pedir protección. Mi inspector de la Sûreté ni siquiera admitirá que soy el director del Liberazione, aunque seguramente sepa que lo soy. Soy amigo del director, según él. Un enfoque muy francés.

– Así que estamos solos.

– Eso es.

– Entonces ¿cómo nos defendemos? ¿Qué armas usamos?

– No estarás hablando de armas de fuego, ¿no?

Salamone se encogió de hombros, y su «no» fue vacilante.

– Con influencias, favores, quizá. Eso también es francés.

– Y ¿qué hacemos a cambio? Aquí no se hacen favores por nada.

– No se hacen favores por nada en ninguna parte.

– El inspector de la Sûreté, como te decía, nos pidió que publicáramos la verdadera lista, la de Berlín. ¿Lo hacemos?

– Mannaggia! ¡No!

– Entonces ¿qué? -quiso saber Weisz.

– ¿Qué tal te llevas con los ingleses últimamente?

– Joder, preferiría publicar la lista.

– Puede que estemos jodidos, Carlo.

– Puede. ¿Qué hay de la siguiente edición? ¿Nos despedimos de ella?

– Me parte el corazón, pero tenemos que sopesarlo.

– Vale -accedió Weisz-. Lo sopesamos.

Después de cenar, cuando iba de la parada de metro de Luxemburgo al Hotel Tournon para la sesión nocturna con Ferrara, Weisz pasó ante un coche que estaba aparcado de cara a él en la rue de Médicis. Era un coche poco común para ese barrio. No habría llamado la atención en el octavo, en los amplios bulevares, o en el pretencioso Passy, pero tal vez se hubiera fijado en él de todas formas. Porque era un coche italiano, un Lancia sedán de color champán, el mejor de la gama, con un chófer, con su gorra y su uniforme, sentado muy tieso al volante.

En la parte de atrás, un hombre con el cabello cano pulcramente peinado, el fijador reluciente, y un bigotito argénteo. En las solapas del traje de seda gris, una Orden de la Corona de Italia y una medalla de plata del Partido Fascista. Weisz conocía muy bien a esa clase de hombres: modales exquisitos, polvos perfumados y cierto desdén altanero hacia cualquiera que estuviera por debajo de él en la escala social, es decir, la mayor parte del mundo. Weisz aminoró el paso un instante, sin detenerse del todo, y continuó. Aquel titubeo momentáneo pareció despertar el interés del hombre de cabellos de plata, cuyos ojos reconocieron su presencia y luego se apartaron intencionadamente, como si la vida de Weisz careciera de importancia.

Cuando llegó a la habitación de Ferrara casi eran las nueve. Seguían en la época que el coronel pasó en Marsella, donde encontró empleo en un puesto de pescado, donde lo descubrió un periodista francés que lo calumnió en la prensa fascista italiana y donde, con el tiempo, entró en contacto con un tipo que reclutaba hombres para las Brigadas Internacionales, más o menos al mes de que Franco se sublevara contra el gobierno electo.

Luego, cuando empezó a preocuparle el número de páginas, Weisz recondujo a Ferrara hasta 1917 y los Arditi, la elite de las tropas de asalto, y hasta la fatídica derrota italiana en Caporetto, donde el ejército se dispersó, echando a correr. Una humillación nacional que, cinco años después, tuvo bastante que ver con el nacimiento del fascismo. En vista de los ataques con gas mostaza lanzados por regimientos alemanes y austro-húngaros, numerosos soldados italianos se deshicieron de sus fusiles y se dirigieron al sur gritando: «Andiamo a casa!» Vamos a casa.

– Pero nosotros no -dijo Ferrara, la expresión adusta-. Tuvimos nuestras bajas y nos retiramos porque teníamos que hacerlo, pero no dejamos de matarlos.

Mientras Weisz tecleaba llamaron tímidamente a la puerta.

– ¿Sí? -dijo Ferrara.

La puerta se abrió y apareció un hombrecillo desastrado que preguntó en francés:

– Y bien ¿cómo va el libro esta noche?

Ferrara lo presentó como monsieur Kolb, uno de sus guardaespaldas y el agente que lo había sacado del campo de internamiento. Kolb repuso que estaba encantado de conocer a Weisz y luego consultó el reloj.

– Son las once y media -anunció-, hora de que los buenos escritores estén en la cama o armándola ahí fuera. Les propongo esto último, si les apetece.

– ¿Armándola? -inquirió Ferrara.

– Es una expresión. Significa pasar un buen rato. Pensamos que tal vez le apeteciera ir hasta Pigalle, a algún lugar de mala reputación. Beber, bailar, quién sabe. El señor Brown dice que se lo ha ganado, que no puede pasarse los días encerrado en este hotel.

– Iré si tú quieres -le dijo Ferrara a Weisz.

Este último estaba agotado. Tenía tres ocupaciones, y el esfuerzo comenzaba a afectarlo. Peor aún, el expreso que se había tomado antes no había contrarrestado el Barolo que había compartido con Salamone. Pero todavía tenía en mente la conversación que habían mantenido, y una charla con un secuaz del señor Brown tal vez no fuera mala idea, mejor que abordar directamente al señor Brown.

– Vayamos -propuso Weisz-. Tiene razón, no puedes estar siempre encerrado aquí.

Era evidente que Kolb presentía que accederían, tenía un taxi esperando ante el hotel.

La plaza Pigalle era el corazón de la vida licenciosa de París, pero los clubes nocturnos, iluminados por neones, se sucedían uno tras otro por el bulevar Clichy, sugiriendo pecado en abundancia para todos los gustos. En París no escaseaba el pecado, desplegado en conocidos burdeles. Había salas de sadomaso, harenes de chicas cubiertas con velos y bombachos, erotismo de altos vuelos -en las paredes instructivos grabados japoneses- o del sórdido y asqueroso, pero aquel supuesto núcleo del pecado tenía que ver más bien con la promesa del mismo que se ofrecía a las hordas de turistas, salpicadas de marineros, matones y chulos. El Gay Paree. El famoso Moulin Rouge y las faldas levantadas de sus bailarinas de cancán. La Bohème, en Impasse Blanche. Eros. Enfants de la Chance. El Monico. El Romance Bar. Y Chez les Nudistes, la elección de Kolb, y probablemente la del señor Brown, para esa velada.

El adjetivo nudista del nombre del local describía a las mujeres, vestidas únicamente con tacones de aguja y pulverulenta luz azulada, pero no a los hombres, que bailaban con ellas al lento compás de Momo Tsipler y sus Wienerwald Companions, según decía un letrero situado en el rincón de una plataforma. Eran cinco, incluyendo al violoncelista en activo más anciano del mundo; un violinista menudo, el cigarrillo en la comisura de la boca, ondas de pelo blanco sobre las orejas; Rex, el batería; Hoffy, al clarinete; y el propio Momo, con un esmoquin verde metálico, sobre el taburete del piano. Una orquesta cansina, a la deriva en el mar del club, lejos de su Viena natal, que tocaba una versión sensiblera de Let’s fall in love mientras las parejas daban vueltas en círculos arrastrando los pies, ejecutando los pasos de baile que los clientes supieran.

Weisz se sentía como un idiota. Ferrara le leyó el pensamiento y miró al techo: «¿Qué hemos hecho?» Los condujeron a una mesa. Kolb pidió champán, la única bebida disponible, que les sirvió una camarera ataviada con una riñonera que pendía de un fajín rojo.