»Fichan a Ronnie. Pero ¿qué hacen ahora? No pueden contarle lo que saben porque va contra sus convicciones. Además, tampoco pueden precisamente acercarse a él y decirle: “Hola, Ron, ¿qué hay?” En primer lugar no lograrían pasar la guardia del Diecinueve de Infantería de Madrás. Y aunque lo consiguieran, Ronnie no les creería. Tienen que hacer como si lo descubriese por sí solo. Así que se reúnen en conciliábulo y tratan de pensar en la siguiente jugada. Recuerda que no tienen muchos medios: son individuos que viven en la periferia de las cosas, tipos marginales; están tan fuera de onda que no cogen ni la radio. Y tienen la ventaja de que son muchos y saben todo lo que hace Ronnie, pero ni él ni nadie sabe nada sobre ellos. Además poseen la mejor colección de parásitos de la ciudad. Sólo tienen que jugar bien sus cartas y lo conseguirán.
-Todo eso está muy bien. Pero no explica la cuestión fundamental -objetó Antar.
-¿Y cuál es?
-¿Por qué? ¿Por qué se tomarían tantas molestias? Está bastante claro lo que podía ganar Ross con eso: fama, perspectivas, ascensos, el Nobel. Pero, aceptando de momento tus hipótesis, ¿qué podía esperar esa otra gente?
-Contaba con que lo preguntaras -dijo Murugan-. Y eso tampoco lo sé. Según está planteada la partida no hay forma de saber si tengo o no razón, pero si la tengo, pongamos en una mínima parte, entonces lo que esos tíos estaban creando era la técnica médica más revolucionaria de todos los tiempos. Olvídate del Nobel, de enfermedades, curas, epidemiología y esas chorradas. Esos tíos andaban detrás de algo más grande; aspiraban al mayor premio, al mayor y más acojonante objetivo que cualquier ser humano se haya planteado jamás: la trascendencia definitiva de la naturaleza.
-¿Y qué sería eso? -preguntó cortésmente Antar.
-La inmortalidad.
Antar dio una palmada en la mesa.
-Ah, ya entiendo -afirmó, riendo-. ¿Te refieres a Osiris y Horus y Amón-Ra? ¿Esperaban que les salieran unas preciosas cabecitas de chacal? ¿O pensaban que iban a criar picos como los ibis?
-Quizá haya exagerado un poco -sugirió Murugan-. A lo que verdaderamente me refiero es a una técnica de transferencia interpersonal.
-¿De transferencia qué? -exclamó Antar.
Antes de que Murugan pudiese contestar, apareció el camarero y colocó la cuenta entre ambos. Era un hombre de mediana edad, de modales tímidos y nerviosos. Se quedó mirando, sonriendo exageradamente y frotándose las manos mientras ellos contaban el dinero.
De pronto, Murugan se enderezó bruscamente en la silla.
-Te pondré un ejemplo -anunció. Levantándose de un brinco, puso el rostro frente al del camarero. Entonces, a pleno pulmón, gritó-: ¡Yuhu!
El camarero, con la boca abierta y los ojos dilatados, dio un traspié. Se le escurrió la bandeja, haciéndose añicos contra el suelo. Se hincó de rodillas y empezó a sollozar, conmocionado, cubriéndose la cara con las manos.
Antar miraba fijamente sin decir nada, paralizado, medio fuera de la silla. Hubo un absoluto silencio en el restaurante; varios palillos se inmovilizaron en el aire mientras todas las cabezas se volvían hacia Murugan.
Murugan observaba al camarero con una expresión de entusiasmo contenido, los ojos brillantes de expectación.
-¿Qué significa esto? -inquirió Antar.
De pronto Murugan giró en redondo y saltó hacia él. Acercando bruscamente la nariz a unos centímetros de la suya, gritó:
-¡Bu!
Antar retrocedió, pasándose el dorso de la mano por la cara.
-¿Has perdido el juicio? -dijo, enfadado.
Murugan se incorporó, con una sonrisa en el rostro.
-¿Lo ves? -dijo-. Ha dado resultado.
Saludó despreocupadamente con la mano a los comensales que quedaban en el restaurante.
-Tranquilízate -recomendó alegremente-. No hay por qué preocuparse. Sólo comprobaba las distintas reacciones motrices del individuo ante situaciones tensas. -Palmeó a Antar en el hombro y añadió-: ¿Comprendes? El mismo estímulo, diferente respuesta: él dice tamatar y tú dices tamatim. Ahora piensa lo que pasaría si el “im” y el “ar” pudieran cambiarse entre tú y él. ¿Qué tendríamos entonces? Él hablaría con tu voz, o al revés. No sabrías de quién era la voz. ¿Y hay algo que asuste más que eso, Ant? ¿Oír que dicen algo y no saber quién lo dice? ¿No saber quién habla? Porque si no se sabe quién habla, tampoco se sabe por qué dice lo que dice.
Se rompió el silencio y un murmullo de indignación, de protesta, recorrió el restaurante. El camarero se levantó despacio mientras el gerente avanzaba hacia su mesa con aire decidido. Los demás camareros fueron tras él.
Murugan les lanzó una rápida mirada y sacó la cartera.
-¿Y qué me dirías, Ant -le preguntó-, si toda esa información pudiera transmitirse cromosomáticamente de un cuerpo a otro? -Agitó la cartera ante la nariz de Antar-. ¿Cuánto calculas que pagarías por una técnica como ésa, Ant? Imagínate, un nuevo comienzo: cuando el cuerpo te falle, lo abandonas, emigras…, tú o al menos una sintomatología equivalente a tu persona. Empiezas de nuevo, otro cuerpo, otro comienzo. Imagínate: otra vida, con toda seguridad. ¿Qué darías por eso, Ant: una técnica que te permitiese ser mejor en la siguiente reencarnación? ¿Crees que algo así podría valer una pequeña parte de tu fondo de pensiones?
Los camareros se colocaron a su alrededor y Murugan se interrumpió para hacerles frente.
-Está bien -dijo, sacando unos billetes de la cartera-. Lo pagaré todo.
Sin hacerle caso, le cogieron de los brazos y empezaron a apartarlo de la mesa.
-Eh, chicos -protestó-. ¿No he dicho que era un experimento? ¿Dónde está vuestro espíritu de investigación?
Alzándolo en volandas, los camareros lo llevaron rápidamente hacia la puerta.
-¿Comprendes por qué tengo que ir a Calcuta, Ant? -gritó Murugan mientras lo sacaban inexorablemente a la calle-. Si existe el cromosoma Calcuta, tengo que encontrarlo. Me parece que lo necesito más que tú.
16
-He hecho una pequeña investigación -dijo Urmila a Sonali-, y he descubierto que, de joven, Phulboni escribió una colección de cuentos titulada Relatos de Laakhan. Se publicaron en una pequeña y desconocida revista y no se han reeditado. He logrado encontrar el número en la Biblioteca Nacional.