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– Es una emergencia -le aseguró Kate-, pero no podía arriesgarme a decírtelo en la mesa.

– ¿Es ésa la razón por la que sacaste a relucir lo del artículo cuando se suponía que debías hablar de las obras que se representaban en Broadway?

– Sí -contestó Kate-. No olvides que yo he tenido un par de días más para conocerla, y acaba de llamarme por teléfono a mi camarote para preguntarme si realmente creía que estabas en el mundo de la edición.

– ¿Y qué le dijiste? -preguntó Keith, en el momento en que se oyó otra llamada a la puerta.

Se llevó un dedo a los labios y señaló hacia el cuarto de baño. Esperó a que la puerta quedara entornada y luego abrió la puerta del camarote.

– Ah, señora Sherwood -dijo Keith-. Qué agradable verla. ¿Se encuentra bien?

– Sí, gracias, señor Townsend. Pensé que sería mejor dejarle esto esta noche -dijo al tiempo que le entregaba un grueso manuscrito-. Por si acaso no tuviera otra cosa que hacer.

– Muy considerado por su parte -dijo Keith, que tomó el manuscrito-. ¿Qué le parece si nos reunimos en algún momento, después del desayuno? Entonces podré comunicarle mis primeras impresiones.

– Oh, ¿de veras, señor Townsend? Siento muchos deseos de saber lo que piensa de la novela. -Vaciló, antes de añadir-: Confío en no haberle interrumpido.

– ¿Interrumpirme? -preguntó Keith, extrañado.

– Creí haber oído voces antes de llamar a su puerta.

– Supongo que sólo era yo, que tarareaba algo en la ducha -dijo Keith con torpeza.

– Ah, eso lo explicaría -dijo la señora Sherwood-. Bueno, espero que encuentre tiempo para leer esta noche unas pocas páginas de La amante del senador.

– Desde luego que sí. Buenas noches, señora Sherwood.

– Oh, llámeme Margaret.

– Yo soy Keith -dijo él con una sonrisa.

– Lo sé. Acabo de leer el artículo que habla de usted y del señor Armstrong. Muy interesante. ¿Cree usted que ese hombre es realmente tan malo? -preguntó.

Keith no hizo ningún comentario al cerrar la puerta. Se giró en redondo y se encontró con Kate que salía del cuarto de baño. Llevaba puesto el otro batín. Al acercarse a él, el cordón cayó al suelo, y el batín quedó ligeramente abierto.

– Oh, llámeme Claire -le dijo, al tiempo que le introducía una mano alrededor de la cintura. -Keith la atrajo hacia él-. ¿Puedes ser realmente tan malo? -preguntó ella entre risas, mientras él la hacía cruzar el camarote.

– Sí, lo soy -contestó antes de que ambos cayeran juntos sobre la cama.

– Keith -susurró ella-, ¿no crees que deberías empezar a leer ese manuscrito?

Apenas habían transcurrido unas horas desde que Sharon pasara desde el dormitorio hasta el despacho, cuando Armstrong se dio cuenta de que Sally no había exagerado nada al referirse a sus habilidades como secretaria. Pero era demasiado orgulloso como para llamarla y admitirlo.

Al final de la segunda semana, su mesa estaba llena de cartas sin contestar y, lo que era peor, de respuestas bajo las que no podía considerar siquiera la idea de estampar su firma. Después de tantos años con Sally, había olvidado que raras veces dedicaba más de unos pocos minutos diarios a controlar su trabajo antes de firmar todo lo que le presentaba. De hecho, el único documento en el que había estampado su firma durante esa semana fue el contrato de Sharon, que estaba claro no había redactado ella misma.

El martes de la tercera semana, Armstrong apareció por la Cámara de los Comunes para almorzar con el ministro de Sanidad, para descubrir que, en realidad, se le esperaba al día siguiente. Veinte minutos más tarde estaba de regreso en su despacho, hecho una furia.

– Pero te dije que hoy almorzabas con el presidente del Nat West -insistió Sharon-. Acaba de llamar desde el Savoy para preguntar dónde estabas.

– Estaba donde me enviaste -ladró-. En la Cámara de los Comunes.

– ¿Esperas que yo lo haga todo por ti?

– Sally se las arreglaba de algún modo -espetó Armstrong, que apenas si era capaz de controlar su indignación.

– Si vuelvo a oír una sola vez más el nombre de esa mujer, te juro que te dejo.

Armstrong no dijo nada. Salió furioso de la oficina y le ordenó a Benson que lo llevara al Savoy lo más rápidamente posible. Al llegar al Grill, Mario le dijo que su invitado acababa de marcharse. Y al regresar a la oficina, fue informado de que Sharon se había marchado a casa diciendo que sufría de una ligera migraña.

Armstrong se sentó ante la mesa y marcó el número de Sally, pero no le contestó nadie. Siguió llamándola por lo menos una vez al día, pero únicamente encontraba el contestador automático. Al final de la semana siguiente le ordenó a Fred que le pagara su cheque mensual.

– Pero si ya le he enviado el finiquito, tal como usted me dijo -le recordó el jefe de contabilidad.

– No discuta conmigo, Fred -le advirtió Armstrong-. Limítese a pagarle.

Durante la quinta semana, las secretarias temporales empezaron a aparecer y desaparecer casi a diario. Algunas sólo duraron unas pocas horas. Pero fue Sharon la que abrió la carta de Sally, para encontrarse con un cheque rasgado por la mitad y una nota que decía: «Ya he sido ampliamente pagada por el trabajo del último mes».

Al despertarse a la mañana siguiente, a Keith le sorprendió descubrir que Kate ya se había puesto el batín y leía el manuscrito de la señora Sherwood. Se inclinó hacia él y le dio un beso antes de entregarle los siete primeros capítulos. Keith se sentó en la cama, parpadeó unas cuantas veces, tomó la primera página y leyó: «En cuanto ella salió de la piscina, se le empezaron a abultar las mollas de la pieza inferior del bikini». Levantó la mirada hacia Kate.

– Sigue leyendo -le dijo ella-. Todavía hay cosas peores.

Keith ya había leído cuarenta páginas cuando Kate saltó de la cama y se dirigió al cuarto de baño.

– No te molestes en leer mucho más -le aconsejó-. Más tarde te diré cómo termina.

Al reaparecer, al cabo de un rato, Keith ya andaba por la mitad del tercer capítulo. Dejó caer el resto de las páginas al suelo.

– ¿Qué te parece? -le preguntó a Kate.

Ella se acercó a la cama, apartó las sábanas y contempló su cuerpo desnudo.

– A juzgar por tu reacción, yo diría que todavía me deseas, o que tenemos un bestseller en nuestras manos.

Una hora más tarde, cuando Townsend acudió a desayunar, sólo encontró a Kate y a la señora Sherwood sentadas en la mesa, enfrascadas en una conversación. Dejaron de hablar en cuanto él se sentó.

– Supongo que… -empezó a decir la señora Sherwood.

– ¿Qué es lo que supone? -preguntó Townsend con una mirada inocente.

Kate tuvo que volver la cara para que la señora Sherwood no viera su expresión.

– ¿Ha hojeado un poco mi novela?

– ¿Hojeado? -replicó Townsend-. La he leído de cabo a rabo. Y una cosa está clara, señora Sherwood; en Schumann nadie ha podido leer el manuscrito, porque si lo hubieran leído lo habrían contratado inmediatamente.

– Oh, ¿cree usted que es realmente tan bueno? -preguntó la señora Sherwood, esperanzada.

– Desde luego que sí -contestó Townsend-. Sólo confío en que, a pesar de la imperdonable respuesta que recibió de nosotros, permita que Schumann le haga una oferta por su publicación.

– Pues claro que lo permitiré -asintió la señora Sherwood con entusiasmo.

– Bien. No obstante, me permito sugerir que no es éste el lugar indicado para hablar de las condiciones.

– Desde luego. Lo comprendo perfectamente, Keith. ¿Qué le parece si pasa algo más tarde por mi camarote? -Miró su reloj-. ¿Quedamos hacia las diez y media?

Townsend asintió con un gesto.

– A mí me parece perfecto.

Se levantó cortésmente al ver que ella doblaba la servilleta para dejarla en la mesa y se alejaba.