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– ¿Te has enterado de algo nuevo? -le preguntó a Kate en cuanto se hubo alejado la señora Sherwood.

– No mucho -contestó, antes de mordisquear una tostada de pasas-. Pero creo que ella no está del todo convencida de que hayas leído el manuscrito completo.

– ¿Qué te hace pensarlo así? -preguntó Townsend.

– Porque acaba de confiarme que anoche había una mujer en tu cuarto de baño.

– ¿De veras? -Townsend hizo una pausa antes de preguntar-: ¿Y qué más te dijo?

– Habló con gran detalle del artículo publicado en el Ocean Times, y me preguntó si…

– Buenos días, Townsend. Buenos días, querida señorita -dijo el general, que se sentó a la mesa.

Kate le dirigió una amplia sonrisa y se levantó.

– Buena suerte -le dijo en voz baja a Keith.

– Me alegra tener esta oportunidad de hablar tranquilamente con usted, Townsend. La verdad de la cuestión es que ya tengo escrito el primer volumen de mis memorias, y resulta que también las llevo a bordo. Me preguntaba si sería lo bastante amable como para leer el manuscrito y darme su opinión profesional.

Townsend necesitó de otros veinte minutos para escapar de un libro que no deseaba leer y mucho menos publicar. El general no le había dejado mucho tiempo para preparar la entrevista con la señora Sherwood. Regresó a su camarote y repasó una vez más las notas de Kate antes de dirigirse al camarote de la señora Sherwood. Llamó a la puerta justo poco después de las diez y media, y ésta se abrió de inmediato.

– Me gusta que los hombres sean puntuales -dijo ella.

La suite Trafagar ocupaba dos niveles y tenía su propio balcón. La señora Sherwood dirigió a su huésped hacia un par de cómodos sillones en el centro del salón.

– ¿Quiere tomar un café, Keith? -le preguntó sentándose frente a él.

– No, gracias, Margaret. Acabo de desayunar.

– Desde luego -asintió ella-. Bien, ¿qué le parece si tratamos de negocios?

– Estoy a su disposición. Como ya le he dicho esta mañana, Schumann consideraría como un privilegio editar su novela.

– Oh, qué interesante -dijo la señora Sherwood-. Sólo desearía que aún viviera mi querido esposo. Siempre estuvo convencido de que algún día sería publicada.

– Estaríamos dispuestos a ofrecerle un anticipo de cien mil dólares -siguió diciendo Townsend-, y el diez por ciento del precio de venta una vez compensado el adelanto. La edición en rústica seguiría doce meses después de la edición en tapa dura, y recibiría pagos adicionales por cada semana que el libro se mantenga en la lista de libros más vendidos del New York Times.

– ¡Oh! ¿Cree realmente que mi pequeño esfuerzo puede llegar a aparecer en la lista de libros más vendidos?

– Estaría dispuesto a apostar por ello -asintió Townsend.

– ¿De veras? -preguntó la señora Sherwood.

Townsend la miró con cierta ansiedad, preguntándose si acaso había ido demasiado lejos.

– Acepto complacida sus condiciones, señor Townsend. Creo que esto merece ser celebrado. -Le sirvió una copa de champaña de una botella medio vacía que había en un cubo de hielo, a su lado-. Y ahora que hemos llegado a un acuerdo sobre el libro -dijo un momento más tarde-, quizá sea usted tan amable de aconsejarme acerca de un pequeño problema al que me enfrento actualmente.

– Así lo haré si puedo -le aseguró Townsend, que fijó la mirada en un cuadro que mostraba a un almirante de un solo brazo y un solo ojo, tumbado en el alcázar de su nave, moribundo.

– Me he sentido muy angustiada por un artículo publicado en el Ocean Times, sobre el que me llamó la atención la… señorita Williams -dijo la señora Sherwood-. Se refiere al señor Richard Armstrong.

– No estoy seguro de comprenderla.

– Me explicaré -dijo la señora Sherwood, que pasó a explicarle a Townsend una historia que conocía mejor que ella, y terminó diciendo-: Claire me ha aconsejado que, puesto que pertenece usted al mundo editorial, quizá pudiera recomendarme a alguien que pudiera estar interesado en comprar mis acciones.

– ¿Cuánto espera que le ofrezcan por ellas? -preguntó Townsend.

– Veinte millones de dólares. Es la cantidad que acordé con mi hermano Alexander, que ya ha vendido sus acciones a ese tal Richard Armstrong por esa misma cantidad.

– ¿Cuándo tiene previsto reunirse con el señor Armstrong? -preguntó Townsend, otra pregunta cuya respuesta conocía.

– Acudirá a verme a mi apartamento de Nueva York el próximo lunes a las once de la mañana.

Townsend siguió mirando el cuadro colgado de la pared, fingiendo que reflexionaba sobre la cuestión.

– Estoy seguro de que mi empresa podría igualar esa oferta -dijo finalmente-, sobre todo porque la cantidad ya ha sido acordada.

Confiaba en que no se le notaran los fuertes latidos de su corazón.

La señora Sherwood bajó la mirada hacia un catálogo de Sotheby's, que un amigo le había enviado desde Ginebra la semana anterior.

– Qué suerte que nos hayamos conocido -dijo-. Una no puede encontrarse con esta clase de coincidencias en una novela. -Se echó a reír, levantó su copa y añadió-: Kismet.

Townsend no hizo ningún comentario.

– Quisiera reflexionar más sobre el tema durante esta noche -añadió ella después de dejar la copa sobre la mesa-. Le comunicaré mi decisión final antes de que desembarquemos.

– Desde luego -dijo Townsend, que trató de ocultar su decepción.

Se levantó de la silla y la dama lo acompañó hasta la puerta.

– Debo darle las gracias por todas las molestias que se ha tomado conmigo, Keith.

– Ha sido un placer -dijo, antes de que ella cerrara la puerta.

Townsend regresó inmediatamente a su camarote, donde encontró a Kate, que ya le esperaba.

– ¿Cómo fue todo? -fueron sus primeras palabras.

– Todavía no lo ha decidido, pero creo que ha picado el anzuelo, gracias al artículo que tú comentaste.

– ¿Y las acciones?

– Puesto que el precio ya ha sido acordado, no parece que le importe mucho quién las compre, siempre y cuando su libro sea publicado.

– Pero quería disponer de más tiempo para pensárselo -dijo Kate, que guardó un momento de silencio, antes de añadir-: ¿Por qué no te hizo más preguntas acerca de por qué deseabas comprar sus acciones? -Townsend se encogió de hombros-. Empiezo a preguntarme si la señora Sherwood no ha estado esperándonos durante todo este tiempo a bordo, en lugar de al revés.

– No seas tonta -dijo Townsend-. Al fin y al cabo, va a tener que decidir qué es lo más importante para ella, si publicar su libro o no hacerle caso a Alexander, que le ha aconsejado que venda a Armstrong. Y si es ésa la elección que tiene que tomar, hay algo que juega a nuestro favor.

– ¿Y es? -preguntó Kate.

– Gracias a Sally, sabemos cuántas notas de rechazo ha recibido de los editores durante los últimos diez años. Y, después de haber leído el libro, no creo que ninguno de ellos le diera muchas esperanzas.

– Seguramente, Armstrong también lo sabe y estaría dispuesto a publicarle el libro.

– Pero ella no puede estar segura de eso -observó Townsend.

– Quizá pueda y resulte ser mucho más inteligente de lo que habíamos pensado. ¿Hay teléfono a bordo?

– Sí. Hay uno en el puente. Intenté hacerle una llamada a Tom Spencer, en Nueva York, para pedirle que empezara a preparar el contrato, pero me dijeron que ese teléfono no se puede usar a menos que se trate de una emergencia.

– ¿Y quién decide cuándo se trata de una emergencia? -preguntó Kate.

– El contador del barco me dijo que el capitán es el único árbitro en ese sentido.

– En ese caso, ninguno de nosotros podemos hacer nada hasta que no lleguemos a Nueva York.

La señora Sherwood llegó tarde a almorzar y esta vez se sentó junto al general. Pareció complacida de escuchar un extenso resumen del capítulo tres de sus memorias, y en ningún momento planteó el tema de su novela. Después de almorzar desapareció y se encerró en su camarote.