Al ocupar sus puestos para cenar, descubrieron que la señora Sherwood había sido invitada a sentarse en la mesa del capitán.
Después de una noche de insomnio, Townsend y Kate llegaron pronto a desayunar, con la esperanza de conocer la decisión de la señora Sherwood. Pero a medida que transcurrían los minutos y ella no aparecía, terminaron por comprender que debía de haber desayunado en su camarote.
– Probablemente anda retrasada preparando su equipaje -sugirió el siempre solícito doctor Percival.
Kate no pareció quedar muy convencida.
Keith regresó a su camarote, hizo la maleta y se reunió con Kate en la cubierta, cuando el transatlántico ya remontaba el Hudson.
– Tengo la sensación de que hemos perdido esta batalla -comentó Kate al pasar ante la estatua de la Libertad.
– Creo que puedes tener razón. No me importaría demasiado, si no fuera nuevamente a manos de Armstrong.
– ¿Es importante para ti vencerlo?
– Sí, lo es. Lo que tienes que comprender es que…
– Buenos días, señor Townsend -dijo una voz tras ellos.
Keith se giró en redondo y vio a la señora Sherwood que se les acercaba. Confió en que no hubiera visto a Kate, que ya se confundía con la gente.
– Buenos días, señora Sherwood -saludó.
– Después de haberlo considerado cuidadosamente -dijo ella-, he tomado finalmente una decisión. -Keith contuvo la respiración-. Si mañana por la mañana tiene usted preparados los dos contratos para que los firme, entonces ha conseguido usted un acuerdo, como dicen vulgarmente los estadounidenses. -Keith le dirigió una amplia sonrisa-. No obstante -siguió diciendo ella-, si mi libro no fuera publicado en el término de un año después de la firma del contrato, tendrá usted que pagar una penalización de un millón de dólares. Y si no logra aparecer en las listas de libros más vendidos del New York Times, la penalización será de dos millones de dólares.
– Pero…
– Cuando le pregunté acerca de la lista de libros más vendidos, me aseguró usted que estaría dispuesto a apostar por ello, ¿no es cierto, señor Townsend? Pues bien, yo simplemente le ofrezco la oportunidad de hacerlo así.
– Pero… -repitió Keith.
– Espero verle en mi apartamento a las diez de mañana, señor Townsend. Mi abogado ya me ha confirmado su asistencia. En el caso de que no acudiera usted, firmaré el contrato con el señor Armstrong a las once. -Hizo una pausa, miró directamente a Keith y añadió-: Tengo la sensación de que él también estaría dispuesto a publicar mi novela.
Sin decir nada más, la señora Sherwood se dirigió hacia la rampa de la pasarela. Kate se reunió con él ante la barandilla y ambos la observaron descender lentamente. Al llegar al muelle se acercaron dos Rolls-Royces negros. Un chófer bajó presuroso del primero y abrió la portezuela, mientras el segundo quedaba a la espera de recoger su equipaje.
– ¿Cómo se las arregló para hablar con su abogado? -preguntó Keith-. Llamarlo para hablar de su novela no creo que pueda considerarse como una emergencia.
Antes de subir al coche, la señora Sherwood levantó la mirada y saludó a alguien con un gesto de la mano. Ambos se volvieron al unísono para mirar en dirección al puente, desde donde el capitán le devolvía el saludo.
26
Armstrong comprobó de nuevo los horarios de vuelo a Nueva York. Luego consultó la dirección de la señora Sherwood en la guía telefónica de Manhattan, e incluso telefoneó al Pierre para asegurarse de que la suite presidencial estaba reservada a su nombre. No podía permitirse llegar tarde a esta reunión, ni aparecer el día equivocado o acudir a la dirección errónea.
Ya había depositado veinte millones de dólares en el Manhattan Bank, repasado la declaración de prensa con su asesor de relaciones públicas, y advertido a Peter Wakeham que preparara al consejo de administración para un anuncio especial.
Alexander Sherwood le había llamado por teléfono la noche anterior, para decirle que había hablado con su cuñada antes de que ella emprendiera su crucero anual. Ella le había confirmado que la cifra acordada era de veinte millones de dólares, y esperaba con impaciencia reunirse con Armstrong a las once de la mañana, en su apartamento, al día siguiente de su regreso. Cuando él y Sharon subieron al avión, se sentía bastante seguro de que en el término de veinticuatro horas sería el único propietario de un periódico nacional que sólo era superado en circulación por el Daily Citizen.
Aterrizaron en Idlewild pocas horas antes de que el Queen Elizabeth atracara en el muelle 90. Una vez instalados en el Pierre, Armstrong caminó hasta la Calle 63 para estar seguro de saber con exactitud dónde vivía la señora Sherwood. Después de una propina de diez dólares, el portero le confirmó que esperaban su regreso a últimas horas de ese mismo día.
Aquella noche, durante la cena en el hotel, él y Sharon apenas hablaron. Armstrong empezaba a preguntarse por qué se había molestado en traerla consigo. Ella se acostó mucho antes de que él se dirigiera al cuarto de baño, y al salir ya se había quedado dormida.
Al acostarse, intentó pensar en todo lo que pudiera salir mal entre ahora y las once de la mañana siguiente.
– Creo que ella supo en todo momento lo que pretendíamos -dijo Kate siguiendo con la mirada el Rolls de la señora Sherwood hasta que desapareció de la vista.
– No pudo haberlo sabido -dijo Townsend-. Pero aunque fuera así, terminó por aceptar las condiciones que yo deseaba.
– ¿O las que ella deseaba? -preguntó Kate en voz baja.
– ¿Adónde quieres ir a parar?
– Sólo quiero decir que todo fue un poco demasiado fácil para mi gusto. No olvides que ella no es una Sherwood, sino que fue simplemente lo bastante inteligente como para casarse con uno.
– Empiezas a mostrarte demasiado recelosa para tu propio bien -observó Townsend-. No olvides que ella no es Richard Armstrong.
– Sólo me convenceré cuando ella haya firmado los dos contratos.
– ¿Los dos?
– No se desprenderá de su tercio del Globe hasta no estar segura de que vas a publicar su novela.
– No creo que haya ningún problema para convencerla de eso -dijo Townsend-. No debemos olvidar que está desesperada… después de que su manuscrito fuera rechazado quince veces antes de encontrarse conmigo.
– ¿O fue ella la que te vio venir?
Townsend miró hacia el muelle en el momento en que una limusina negra se detenía junto a la pasarela. Un hombre alto y rechoncho, de cabellera negra y revuelta, bajó del asiento trasero y levantó la mirada hacia la cubierta de paseo de los pasajeros.
– Tom Spencer acaba de llegar -dijo Townsend. Se volvió hacia Kate y añadió-: Deja de preocuparte. Para cuando te encuentres de regreso en Sydney ya seré el propietario del 33,3 por ciento del Globe, algo que no podría haber conseguido sin ti. Llámame en cuanto aterrices en Kingsford-Smith y te informaré de cómo van las cosas.
Townsend la tomó en sus brazos y le dio un beso antes de que ambos regresaran a sus camarotes separados.
Townsend tomó las maletas y se apresuró a descender al muelle. Su abogado de Nueva York caminaba rápidamente alrededor del coche, una costumbre de sus tiempos como corredor de campo a través, según le había explicado una vez a Townsend.
– Disponemos de veinticuatro horas -le dijo Townsend después de estrecharle la mano.
– ¿De modo que la señora Sherwood cayó en su red? -preguntó el abogado, que condujo a su cliente hacia la limusina.