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– Sí, pero quiere dos contratos -dijo Townsend después de subir al coche-, y ninguno de los dos es el que le pedí que preparara cuando le llamé desde Sydney.

Tom extrajo una libreta amarilla de su maletín y se la colocó sobre las rodillas. Había comprendido desde hacía tiempo que éste no era un cliente al que le gustara hablar de cosas superficiales. Empezó a tomar notas mientras Townsend le informaba de los detalles de las condiciones de la señora Sherwood. Cuando llegaron ya estaba enterado de todo lo ocurrido durante los últimos días, y empezaba a experimentar una respetuosa admiración por la vieja dama. Planteó una serie de preguntas, y ninguno de ellos se dio cuenta del trayecto hasta que el coche se detuvo frente al Carlyle.

Townsend bajó inmediatamente, empujó las puertas giratorias y entró en el vestíbulo, donde encontró a los asociados de Tom, que le esperaban.

– ¿Por qué no se inscribe usted? -le sugirió Tom-. Informaré a mis colegas de lo que me ha dicho hasta el momento. Cuando esté preparado, reúnase con nosotros en la Sala Versalles, en el tercer piso.

Una vez que Townsend hubo firmado el formulario de registro, se le entregó la llave de su habitación habitual. Deshizo la maleta antes de tomar el ascensor para bajar al tercer piso. Al entrar en la Sala Versalles se encontró a Tom que caminaba alrededor de una larga mesa e informaba a sus dos colegas. Townsend se sentó en la cabecera más alejada de la mesa, mientras Tom continuaba su incansable paseo. Sólo se detenía cuando necesitaba preguntar más detalles sobre las exigencias de la señora Sherwood.

Después de haber recorrido así varios kilómetros, y devorado montones de bocadillos recién preparados y consumir litros de café, terminaron de perfilar los borradores de ambos contratos.

Poco después de las seis entró una camarera para correr las cortinas, y Tom se sentó por primera vez para leer lentamente los borradores. Una vez que hubo terminado la lectura de la última página, se levantó.

– Esto es todo lo que podemos hacer por ahora, Keith -dijo-.

Será mejor que regresemos a la oficina y nos dediquemos a preparar los dos documentos. Sugiero que nos reunamos mañana a las ocho para que pueda usted repasar el texto final.

– ¿Hay alguna otra cosa en la que deba pensar antes de que llegue ese momento, consejero? -preguntó Townsend.

– Sí -contestó Tom-. ¿Está absolutamente seguro de eliminar esas dos cláusulas en el contrato del libro en las que Kate insistió tanto?

– Absolutamente. Después de haber pasado tres días con la señora Sherwood, le puedo asegurar que ella no sabe nada sobre publicación de libros.

– No fue así como lo entendió Kate -dijo Tom con un encogimiento de hombros.

– Kate se mostraba demasiado precavida -observó Townsend-. Nada me impide imprimir cien mil ejemplares del maldito libro y guardarlos todos en un almacén de New Jersey.

– No -admitió Tom-, pero ¿qué sucederá cuando el libro no aparezca en la lista de los más vendidos del New York Times?

– Lea la cláusula correspondiente, consejero. En ella no se hace mención a ninguna limitación de tiempo. ¿Le preocupa alguna otra cosa?

– Sí. Tendrá que disponer de dos órdenes de pago confirmadas y por separado a las diez de la mañana. No quiero arriesgarme a entregarle cheques a la señora Sherwood; eso sólo le daría una excusa para no firmar el acuerdo final. Puede estar seguro de una cosa: Armstrong dispondrá de una orden de pago confirmada por importe de veinte millones de dólares cuando aparezca a las once.

Townsend asintió con un gesto.

– El mismo día en que le informé sobre el contrato original, di orden de transferir el dinero desde Sydney al Manhattan Bank. Podemos recoger las dos órdenes de pago confirmadas a primeras horas de la mañana.

– Bien. En ese caso, nos marchamos.

Tras regresar a su habitación, Townsend se derrumbó sobre la cama, agotado, y se sumió inmediatamente en un profundo sueño. No se despertó hasta las cinco de la mañana siguiente y le sorprendió descubrir que todavía estaba completamente vestido. Sus primeros pensamientos fueron para Kate y dónde estaría ella en aquellos momentos.

Se desnudó, tomó una prolongada ducha de agua caliente y luego se dispuso a pedir un desayuno madrugador. ¿O fue más bien una cena tardía? Repasó el menú del servicio permanente de habitaciones y se decidió finalmente por el desayuno.

Mientras esperaba a que se lo sirvieran, Townsend vio las noticias del informativo matinal. Estaban dominadas por la aplastante victoria de Israel en la guerra de los Seis Días, aunque nadie parecía saber dónde estaba Nasser. En el programa Today se entrevistó a un portavoz de la NASA que habló sobre las posibilidades de Estados Unidos de situar a un hombre en la Luna antes que los rusos. El informe meteorológico auguraba el descenso de un frente frío sobre Nueva York. Durante el desayuno, leyó el New York Times, seguido por el Star, y comprendió con exactitud qué cambios haría en ambos periódicos si fuera el propietario. Trató de olvidar que la Comisión Federal de Comunicaciones le incordiaba continuamente con preguntas sobre su imperio estadounidense en expansión, y le recordaba las normas de propiedades cruzadas que se aplicaban a los extranjeros.

– Existe una solución muy simple a ese problema -le había dicho Tom en varias ocasiones.

– Nunca -contestaba él con firmeza. Pero ¿qué haría si ése fuera el único modo de apoderarse del New York Star?-. Nunca -repitió, aunque ya no lo hiciera con la misma convicción.

Durante la hora siguiente, vio el mismo noticiario en la televisión y leyó los mismos periódicos. A las siete y media ya estaba enterado de todo lo que sucedía en el mundo, desde El Cairo hasta Queen's, e incluso en el espacio. A las ocho menos diez tomó el ascensor y descendió a la planta baja, donde encontró a los dos abogados jóvenes que ya le esperaban. Parecían llevar ambos los mismos trajes, camisas y corbatas que el día anterior, aunque por lo visto habían encontrado un momento para afeitarse. No les preguntó dónde estaba Tom; sabía que estaría paseando por el vestíbulo, y que se uniría a ellos en cuanto terminara de hacer su circuito.

– Buenos días, Keith -saludó Tom, que estrechó la mano de su cliente-. He reservado una mesa tranquila para nosotros en un rincón de la cafetería.

Una vez servidos los tres cafés solos y uno con leche, Tom abrió el maletín, extrajo dos documentos y se los entregó a su cliente.

– Si ella está de acuerdo en firmarlos -le dijo-, el 33,3 por ciento del Globe será suyo, así como los derechos de publicación de La amante del senador.

Townsend repasó el documento con lentitud, cláusula tras cláusula, y empezó a comprender por qué los tres habían permanecido despiertos durante toda la noche.

– Bien, ¿qué hacemos a continuación? -preguntó una vez terminada la lectura, devolviendo los contratos a su abogado.

– Tiene usted que recoger las dos órdenes de pago confirmadas en el Manhattan Bank y procurar estar ante la puerta de la señora Sherwood a las diez menos cinco, porque vamos a necesitar cada minuto de esa hora si queremos que todo esté firmado antes de que aparezca Armstrong.

Armstrong también empezó por leer los periódicos de la mañana momentos después de que los dejaran delante de la puerta de su habitación. Al pasar las páginas del New York Times, también él pudo darse cuenta de los cambios que introduciría si pudiera echarle mano a un periódico de Nueva York. Una vez que hubo terminado de leer el Times, se dedicó a hacer lo mismo con el Star, pero éste no le retuvo la atención durante mucho tiempo. Dejó los periódicos a un lado, encendió la televisión y empezó a zapear entre los canales para pasar el tiempo. Prefirió una vieja película en blanco y negro, interpretada por Alan Ladd, antes que una entrevista a un astronauta.