– Todo eso queda cubierto en el segundo contrato -confirmó el señor Yablon.
Tom trató de ocultar su asombro. ¿Cómo era posible que un hombre de la experiencia de Yablon hubiera pasado por alto aquellas dos omisiones tan flagrantes? Townsend demostraba tener razón, y ellos parecían haberse salido con la suya.
– ¿Y el señor Townsend puede presentarnos las órdenes de pago por las cantidades completas? -preguntó la señora Sherwood.
Tom deslizó sobre la mesa las dos órdenes de pago hacia el señor Yablon, que se las entregó a su clienta sin mirarlas siquiera.
Townsend esperó a que la señora Sherwood sonriera. Pero ella frunció el ceño.
– Esto no es lo que acordamos -dijo.
– Creo que sí lo es -aseguró Townsend, que había recogido las órdenes de pago de manos del director del Manhattan Bank esa misma mañana, y las había comprobado cuidadosamente.
– Ésta es correcta -dijo la señora Sherwood sosteniendo la de veinte millones de dólares-. Pero esta otra no es lo que yo pedí.
Townsend la miró, confuso.
– Pero usted estuvo de acuerdo en que el adelanto por su novela fuera de cien mil dólares -dijo, notando una extraña sequedad en la boca.
– Eso es cierto -asintió con firmeza la señora Sherwood-. Pero yo tenía entendido que esta orden de pago debería ser por importe de dos millones cien mil dólares.
– Esos dos millones de dólares se tendrían que pagar en una fecha posterior, y sólo en el caso de que no lográramos cumplir con su estipulación relativa a la publicación del libro -dijo Townsend.
– Ese no es un riesgo que esté dispuesta a aceptar, señor Townsend -dijo ella, mirándolo fijamente desde el otro lado de la mesa.
– No comprendo.
– Permítame explicárselo. Espero que abra usted con el señor Yablon una cuenta con dos millones de dólares en depósito. El señor Yablon será el único árbitro que determine quién debe recibir el dinero dentro de doce meses. -Hizo una pausa, antes de añadir-: Mire, mi cuñado Alexander obtuvo un beneficio extra de un millón de francos suizos en forma de un huevo Fabergé, y ni siquiera se molestó en informarme de ello. Tengo por lo tanto la intención de obtener un beneficio extra de más de dos millones de dólares por mi novela, sin molestarme tampoco en informarle.
Townsend se quedó con la boca abierta. El señor Yablon se reclinó en su silla, y Tom comprendió entonces que no había sido él la única persona en trabajar durante toda la noche.
– Si demuestra estar fundada la confianza de su cliente en su capacidad para cumplir el acuerdo -dijo el señor Yablon-, le devolveré este dinero dentro de doce meses, con los intereses correspondientes.
– Por otro lado -dijo la señora Sherwood, que ya no miraba a Townsend-, si su cliente no tuvo nunca la intención de distribuir mi novela y convertirla en un verdadero bestseller…
– Pero eso no fue lo que usted y yo acordamos ayer -dijo Townsend, que miró directamente a la señora Sherwood.
Ella le devolvió una mirada dulce desde el otro lado de la mesa.
– Lo siento, señor Townsend. Le mentí -dijo sin el menor rubor.
– Eso quiere decir -intervino Tom mirando el reloj de pared-, que sólo le deja a mi cliente once minutos de tiempo para entregarle otros dos millones de dólares.
– Creo que serán doce minutos -dijo el señor Yablon-. Tengo la sensación de que ese reloj siempre se ha adelantado un poco. Pero no planteemos objeciones mezquinas por un minuto más o menos. Estoy seguro de que la señora Sherwood le permitirá utilizar uno de sus teléfonos.
– No faltaba más -asintió la señora Sherwood-. Mire, como decía siempre mi difunto esposo: «Si no puede pagar hoy, ¿por qué debe uno creer que podrá pagar mañana?».
– Pero tiene usted mi orden de pago confirmada por importe de veinte millones de dólares -dijo Townsend-, y otra por importe de cien mil dólares. ¿No es eso prueba suficiente?
– Y dentro de diez minutos, tendré la orden de pago del señor Armstrong por la misma cantidad, y sospecho que él también estará encantado de publicar mi libro, a pesar del bien planteado artículo de Claire…, ¿o debo llamarla Kate?
Townsend permaneció en silencio durante otros treinta segundos. Consideró la alternativa de correr el riesgo de aquel farol, pero al mirar el reloj se lo pensó mejor.
Se levantó de la silla y se acercó rápidamente al teléfono situado sobre una mesita lateral, comprobó el número en su pequeña libreta de teléfonos y marcó siete números. Después de lo que pareció una espera interminable, pidió que le pusieran directamente con el director. Oyó otro clic y una secretaria se puso al aparato.
– Soy Keith Townsend, necesito hablar urgentemente con el director.
– Temo que se encuentra reunido en estos momentos, señor Townsend. Ha dado instrucciones de que no se le moleste durante una hora.
– Muy bien, en ese caso puede usted ocuparse de esto en mi nombre. Necesito efectuar una transferencia por importe de dos millones de dólares a una cuenta en el término de ocho minutos. En caso contrario, el acuerdo al que hemos llegado yo y el director esta mañana no se cumplirá.
Se produjo una pausa, antes de que la secretaria contestara.
– Le haré salir de la reunión, señor Townsend.
– Pensé que lo haría -dijo Townsend, que escuchaba el tic-tac de los segundos que pasaban en el reloj de pared, por detrás de él.
Tom se inclinó sobre la mesa y le susurró algo al señor Yablon, que asintió con un gesto, tomó su pluma y empezó a escribir. En el silencio que siguió, Townsend escuchó el rasgueo de la pluma del abogado sobre el papel.
– Aquí Andy Harman -dijo una voz al otro extremo de la línea.
El director escuchó con atención mientras Townsend le explicaba lo que necesitaba.
– Pero eso sólo me deja seis minutos de tiempo, señor Townsend. En cualquier caso, ¿dónde tiene que depositarse el dinero?
Townsend se volvió para mirar a su abogado. En ese momento, el señor Yablon terminó de escribir, arrancó la hoja de papel del bloc y se la entregó a Tom, que se la pasó a su cliente.
Townsend le leyó al director los detalles de la cuenta de depósito del señor Yablon.
– No le hago ninguna promesa, señor Townsend -le dijo-, pero le volveré a llamar en cuanto pueda. ¿En qué número puedo localizarle?
Townsend le indicó el número del teléfono que tenía ante él y colgó.
Regresó lentamente a la mesa y se dejó caer en la silla, con la sensación de haber gastado hasta su último centavo. Sólo confiaba en que la señora Sherwood no le cobrara la llamada.
Nadie de los reunidos alrededor de la mesa dijo nada mientras los segundos pasaban ruidosamente. La mirada de Townsend apenas si era capaz de apartarse del reloj de pared. A medida que transcurrió cada minuto, se acostumbró a reconocer el clic familiar que producía el minutero. Y a cada uno de ellos se sentía menos seguro de sí mismo. Lo que no le había dicho a Tom era que el día anterior había transferido exactamente veinte millones cien mil dólares desde su cuenta en Sydney al Manhattan Bank de Nueva York. Puesto que en aquellos momentos eran las dos de la madrugada menos unos minutos en Sydney, el director del banco no tenía la menor posibilidad de comprobar si disponía de otros dos millones de dólares.
Otro clic. Cada uno de ellos empezó a sonar como si fuera una bomba de relojería. Luego, el sonido desgarrador del teléfono inundó la estancia. Townsend se precipitó hacia la mesita para cogerlo.
– Es el portero, señor. Puede decirle a la señora Sherwood que acaba de llegar el señor Armstrong, acompañado por otro caballero y que en estos momentos suben en el ascensor.
Unas gotitas de sudor aparecieron en la frente de Townsend, al comprender que Armstrong había vuelto a derrotarle. Regresó despacio a la mesa en el momento en que la doncella recorría el pasillo para salir a recibir a la visita que la señora Sherwood esperaba para las once. El reloj de pared empezó a hacer sonar las campanadas: una, dos, tres… Y en ese momento el teléfono sonó de nuevo. Townsend volvió a contestar, consciente de que aquella era su última oportunidad.