Pero el que llamaba deseaba hablar con el señor Yablon. Townsend se volvió hacia la mesa y le entregó el teléfono al abogado de la señora Sherwood. Mientras Yablon atendía la llamada, Townsend empezó a mirar a su alrededor. ¿Habría alguna otra forma de salir del apartamento? No se podía esperar de él que se encontrara frente a frente con un jactancioso Armstrong.
El señor Yablon colgó el teléfono y se volvió hacia la señora Sherwood.
– Era una llamada de mi banco -le informó-. Me confirman que los dos millones de dólares se encuentran en mi cuenta de depósito. Y como ya le he dicho desde hace algún tiempo, Margaret, estoy convencido de que ese reloj suyo adelanta un minuto.
La señora Sherwood firmó inmediatamente los dos documentos que estaban sobre la mesa, delante de ella y a continuación reveló una información sobre el testamento de sir George Sherwood que pilló por sorpresa, tanto a Townsend como a Tom. Éste último recogió los documentos en el momento en que ella se levantó de la mesa.
– Síganme, caballeros -dijo la señora Sherwood.
Condujo rápidamente a Townsend y a sus abogados a través de la cocina y los hizo salir por la escalera de incendios.
– Adiós, señor Townsend -dijo antes de retirarse de la ventana.
– Adiós, señora Sherwood -saludó él con una ligera inclinación.
– Y a propósito… -añadió ella.
– ¿Sí?
– ¿Sabe una cosa? Debería casarse usted con esa joven, se llame como se llame.
– Lo siento -decía el señor Yablon en el momento en que la señora Sherwood regresaba al comedor-, pero mi cuenta ya ha vendido sus acciones del Globe al señor Keith Townsend, a quien, por lo que tengo entendido, ya conoce usted.
Armstrong no pudo creer lo que escuchaban sus oídos. Se volvió a su abogado, con una expresión de furia en su rostro.
– ¿Por veinte millones de dólares? -le preguntó Russell Critchley en voz baja al abogado de edad avanzada.
– En efecto -contestó Yablon-. La cifra exacta que su cliente acordó a principios de este mes con el cuñado de la señora Sherwood.
– Pero Alexander me aseguró la semana pasada que la señora Sherwood había acordado venderme a mí sus acciones en el Globe -protestó Armstrong-. He volado a Nueva York especialmente para…
– No ha sido su vuelo a Nueva York lo que ha influido en mi decisión, señor Armstrong -intervino con firmeza la vieja dama-. Sino más bien el que hizo usted a Ginebra.
Armstrong la miró fijamente por un momento. Luego, se dio media vuelta, regresó al ascensor del que había salido apenas unos minutos antes, y cuyas puertas todavía estaban abiertas en el ático. Mientras él y su abogado descendían, barbotó varias maldiciones, antes de preguntar:
– Pero ¿cómo se las arregló ese tipo?
– Sólo cabe imaginar que se entrevistó con la señora Sherwood en algún momento durante su crucero.
– Pero ¿cómo descubrió que yo andaba metido en un negocio para apoderarme del Globe?
– Tengo la sensación de que no encontrará usted la respuesta a esa pregunta a este lado del Atlántico -dijo Critchley-. Sin embargo, no todo está perdido.
– ¿Qué demonios quiere decir?
– Ya tiene usted en su poder un tercio de las acciones.
– Townsend también tiene el otro -dijo Armstrong.
– Cierto, pero si lograra usted hacerse con las acciones de sir Walter Sherwood, estará usted en posesión de las dos terceras partes de la compañía, y a Townsend no le quedaría más remedio que venderle su tercio…, con una pérdida considerable.
Armstrong miró a su abogado y el esbozo de una sonrisa se vislumbró apenas sobre su rostro de amplia papada.
– Y con Alexander Sherwood que sigue apoyando su causa, el juego dista mucho de haber terminado -añadió el abogado.
27
– ¿Puede encontrarme asiento en el próximo vuelo a Londres? -preguntó Armstrong con voz atronadora a la empleada de la agencia de viajes del hotel cuando ésta contestó a su llamada.
– Desde luego, señor -contestó la empleada.
La segunda llamada que hizo fue a su despacho de Londres, donde Pamela, su última secretaria, le confirmó que sir Walter Sherwood había acordado entrevistarse con él a las diez de la mañana siguiente, aunque no le dijo que lo había hecho de mala gana.
– También necesito hablar con Alexander Sherwood, en París. Y asegúrese de que Reg esté en el aeropuerto esperándome, y de que Stephen Hallet esté en la oficina cuando yo regrese. Todo esto tiene que estar listo antes de que Townsend regrese a Londres.
Pocos minutos más tarde, cuando Sharon entró en el salón de la suite, con los paquetes de las numerosas compras que había hecho, se sorprendió al ver que Dick ya hacía la maleta.
– ¿Vamos a alguna parte? -le preguntó.
– Nos marchamos inmediatamente -le dijo sin mayores explicaciones-. Prepara tu equipaje mientras yo pago la cuenta.
Un mozo colocó las maletas de Armstrong en una limusina que esperaba mientras él recogía los billetes en el mostrador de la agencia de viajes y luego acudía a recepción para pagar la cuenta. Miró su reloj; apenas tendría tiempo de tomar el avión, y podría estar de regreso en Londres a primeras horas de la mañana siguiente. Mientras Townsend no estuviera enterado de la cláusula de los dos tercios, aún podría apoderarse del cien por cien de la compañía. Y aunque Townsend lo supiera, confiaba en que Alexander Sherwood le apoyara y presionara a sir Walter.
En cuanto Sharon subió al asiento de atrás de la limusina, Armstrong le ordenó al chófer que los llevara al aeropuerto.
– Pero todavía no han bajado mis maletas de la habitación -protestó Sharon.
– Entonces tendrán que enviarlas más tarde. No me puedo permitir perder ese vuelo.
Sharon no dijo una sola palabra más durante todo el trayecto hasta el aeropuerto. Al acercarse a la terminal, Armstrong palpó los dos billetes que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta, para asegurarse de que no los había olvidado. Bajaron de la limusina, pidió al jefe de equipajes que facturara sus maletas directamente hasta Londres y echó a correr hacia el control de pasaportes, seguido de cerca por Sharon.
Armstrong sacó los billetes del bolsillo y le entregó uno a Sharon. Una azafata comprobó su billete, y Armstrong echó a correr por el largo pasillo hasta el avión que esperaba. Sharon entregó su billete a la azafata, que lo miró y dijo:
– Este billete no es para este vuelo, señora.
– ¿Qué quiere decir? -preguntó Sharon-. Tengo una reserva en primera en este vuelo, junto con el señor Armstrong. Soy su ayudante personal.
– No me cabe la menor duda, señora, pero me temo que este billete es en clase turista para el vuelo de Pan Am de este noche. Creo que va a tener que esperar muchas horas.
– ¿Desde dónde me llamas? -preguntó Townsend.
– Desde el aeropuerto Kingsford-Smith -contestó Kate.
– Entonces puedes dar media vuelta y regresar en ese mismo avión.
– ¿Por qué? ¿No ha salido bien el negocio?
– Bueno, ella ha firmado, aunque a qué precio. Ha surgido un problema con la novela de la señora Sherwood y tengo la sensación de que tú eres la única persona que puede solucionarlo.
– ¿No puedo dormir un poco por la noche, Keith? Estaría de regreso en Nueva York pasado mañana.