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La primera persona que informó a Townsend de lo que sucedía fue Chris Slater, el subdirector de crónicas del Globe quien decidió que, a cambio de la simple molestia de hacer una llamada internacional, bien podría asegurarse su futuro en el periódico. En realidad, tuvo que hacer varias llamadas internacionales para localizar al señor Townsend en el Racquets Club de Nueva York, al que encontró finalmente jugando a squash con Tom Spencer, por mil dólares la partida.

Townsend servía con una ventaja de cuatro puntos en el juego final cuando un botones del club llamó a la puerta acristalada y preguntó si el señor Townsend deseaba atender una llamada telefónica urgente.

– ¿De quién? -preguntó Townsend, con un esfuerzo para no perder su concentración. Como el nombre de Chris Slater no significaba nada para él, dijo-: Dígale que yo le llamaré más tarde. -Justo antes de disponerse a servir, añadió-: ¿Dijo de dónde llamaba?

– No, señor -contestó el botones-. Sólo dijo que era del Globe.

Townsend apretó la pelota mientras consideraba las alternativas. Le ganaba dos mil dólares a un hombre al que no había podido vencer desde hacía varios meses, y sabía que si abandonaba la pista en aquellos momentos, aunque sólo fuera por un momento, Tom reclamaría el partido para sí.

Se quedó mirando fijamente la pared de la pista durante otros diez segundos, hasta que Tom exclamó:

– ¡Sirva!

– ¿Es ése su consejo? -le preguntó.

– Lo es -contestó el abogado-. Continúe con el servicio o gano el partido. La elección es suya.

Townsend dejó caer la pelota, salió corriendo de la pista y siguió al botones. Llegó justo a tiempo antes de que su interlocutor colgara.

– Será mejor que se trate de algo importante, señor Slater -le dijo Townsend-, porque ya me ha costado dos mil dólares.

Escuchó con incredulidad mientras Slater le informaba que en la edición del día siguiente del Globe, sir Walter Sherwood invitaría a los lectores del periódico a votar acerca de quién creían que debía ser su siguiente propietario.

– Se publicarán perfiles equilibrados de una página entera sobre ambos candidatos -siguió explicándole Slater-, y se incluirá una papeleta recortable de votación al pie de la página.

A continuación le leyó las tres últimas frases del editorial propuesto para su edición.

Los fieles lectores del Globe no deben temer por el futuro del periódico más querido del reino. Ambos candidatos están de acuerdo en mantener a sir Walter Sherwood como presidente del consejo de administración, garantizando así la continuidad que ha sido una de las características del éxito del periódico durante buena parte del presente siglo. De modo que envíe su voto y el resultado será anunciado el próximo sábado.

Townsend le dio las gracias a Slater y le aseguró que, si llegaba a ser el propietario, no lo olvidaría. Una vez que colgó el teléfono, lo primero que se preguntó fue dónde estaría Armstrong.

No regresó a la pista de squash, sino que llamó inmediatamente a Ned Brewer, el jefe de su oficina en Londres. Le comunicó exactamente lo que esperaba que hiciera durante la noche y terminó por decirle que se pondría nuevamente en contacto con él en cuanto aterrizara en Heathrow.

– Y mientras tanto, Ned -añadió-, asegúrese de disponer por lo menos de 20.000 libras en efectivo para cuando llegue a la oficina.

En cuanto colgó el teléfono, Townsend se dirigió al mostrador principal, retiró su cartera de la caja de seguridad, salió a la Quinta Avenida y tomó un taxi.

– Al aeropuerto. Y recibirá una propina de cien dólares si llegamos a tiempo para tomar el próximo vuelo a Londres.

Debería haber añadido «con vida».

Mientras el taxi zigzagueaba entre el tráfico, Townsend recordó de pronto que había dejado a Tom esperándole en la pista de squash, y que tenía previsto llevar a cenar a Kate aquella misma noche para que ella pudiera informarle acerca de sus progresos con La amante del senador. Cada día que pasaba, Townsend daba gracias a Dios por no haber creído que Kate fuera capaz de volar de regreso desde Sydney. Tenía la sensación de haber sido lo bastante afortunado como para encontrar a la única persona capaz de tolerar su intolerable estilo de vida, debido en parte a que ella ya había aceptado la situación mucho antes de casarse. Kate nunca le había hecho sentirse culpable por los horarios que seguía, el llegar continuamente tarde a sus citas con ella o el no aparecer siquiera. Sólo confiaba en que Tom la llamara para hacerle saber que había desaparecido. «No, no tengo ni la menor idea de adónde se ha ido», casi pudo escuchar que le diría.

A la mañana siguiente, después de aterrizar en Heathrow, al taxista no le pareció prudente preguntar por qué su pasajero vestía un atuendo deportivo y llevaba una raqueta de squash. Quizá hubiera encontrado reservadas todas las pistas en Nueva York.

Llegó a la oficina de Londres cuarenta minutos más tarde y se hizo cargo de la dirección del plan, que tomó de manos de Ned Brewer. A las diez, todos los empleados de que disponía habían sido enviados a todos los rincones de la capital. A la hora del almuerzo, nadie que se encontrara en un radio de treinta kilómetros de Hyde Park Corner podía encontrar un ejemplar del Globe, a ningún precio. A las nueve de la noche, Townsend disponía ya de 126.212 ejemplares del periódico.

Armstrong aterrizó en Heathrow el sábado por la tarde, después de haber pasado la mayor parte de la mañana en París, ladrando órdenes a su personal en toda Gran Bretaña. A las nueve de la mañana del domingo, y gracias al notable rastreo efectuado en la zona de West Riding, tenía a su disposición 79.107 ejemplares del Globe.

Se pasó el domingo llamando a todos los directores de sus periódicos regionales y ordenándoles que publicaran en primera página de las ediciones siguientes artículos en los que se pidiera a los lectores encontrar ejemplares del Globe del sábado y votar por Armstrong. El lunes por la mañana consiguió aparecer en el programa Hoy y en tantos otros programas de radio y televisión como le fue posible. Pero a cada uno de los productores le pareció justo invitar a Townsend a que ejerciera el derecho de réplica al día siguiente.

El jueves, el personal de Armstrong ya estaba agotado de tanto rellenar papeletas de votación, y Armstrong sentía náuseas de tanto pegar sobres. El viernes por la noche, los dos hombres llamaban al Globe cada pocos minutos, tratando de averiguar cómo iba el recuento de votos. Pero como sir Walter le había pedido a la Sociedad por la Reforma Electoral que se hiciera cargo del recuento, y a sus representantes les interesaba más la exactitud que la velocidad, ni siquiera el director del periódico supo el resultado hasta poco antes de la medianoche.

«El astuto dingo australiano vence al checo fanfarrón», fue el titular de las primeras ediciones del periódico del sábado. El artículo que seguía informaba a los lectores del Globe que la votación había dado un resultado de 232.712 votos a favor del colonial, por 229.847 a favor del inmigrante.

El abogado de Townsend llegó a las oficinas del Globe a las nueve de la mañana del lunes, con una carta de pago por importe de veinte millones de dólares. Por mucho que Armstrong protestó y por muchas demandas que amenazó con interponer, no pudo impedir que sir Walter firmara esa misma tarde el contrato por el que cedía sus acciones a Townsend.

En la primera reunión del consejo de administración, Townsend propuso que sir Walter fuera mantenido en su puesto como presidente del consejo, con su salario actual de cien mil libras anuales. El anciano sonrió y pronunció un discurso halagador acerca de cómo los lectores habían hecho incuestionablemente la elección más justa.