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Townsend no volvió a hablar hasta que llegaron al apartado «Otros asuntos». Sugirió entonces que todos los empleados del Globe se jubilaran automáticamente a la edad de sesenta años, de acuerdo con el resto de la política seguida por su grupo. Sir Walter apoyó la moción, ya que estaba ansioso por unirse a sus compañeros del Turf Club para un almuerzo de celebración. La moción fue aprobada por mayoría.

Aquella noche, al acostarse sir Walter, tuvo que ser su esposa quien le explicara el verdadero significado de aquella última resolución.

QUINTA EDITIÓN

El Citizen contra el Globe

28

Dimite el ministro

– Han quedado impresos cien mil ejemplares de La amante del senador, que han sido almacenados en el almacén de New Jersey, a la espera de la inspección de la señora Sherwood -dijo Kate, que levantó la mirada al techo.

– Eso está bien para empezar -dijo Townsend-, pero no me van a devolver un centavo de mi dinero hasta que no los vean en las librerías.

– Una vez que su abogado haya verificado las cifras y los albaranes de entrega, no tendrá más remedio que devolverte el primer millón de dólares. Habremos cumplido con esa parte del contrato dentro del período de doce meses previamente estipulado.

– ¿Y cuánto me ha costado hasta el momento este pequeño ejercicio?

– Incluida la impresión y el transporte, unos treinta mil dólares -contestó Kate-. Todo lo demás se hizo en la empresa o se puede deducir de impuestos.

– Chica lista. Pero ¿qué posibilidades tengo de recuperar mi segundo millón? A pesar de todo el tiempo que has dedicado a reescribir el libro, sigo sin verlo en las listas de los más vendidos.

– Yo no estoy tan segura -dijo Kate-. Todo el mundo sabe que sólo mil cien librerías informan semanalmente de sus ventas al New York Times. Si pudiera ver esa lista de librerías, tendría una verdadera oportunidad de asegurarme de que recuperaras tu segundo millón.

– Pero saber qué librerías informan de sus ventas no hará que los clientes compren los libros.

– No, pero creo que podríamos dirigirlos en la dirección correcta.

– ¿Y cómo te propones hacer eso?

– Primero, distribuyendo el libro en un mes tradicionalmente bajo, como enero o febrero, y segundo vendiéndolo únicamente en aquellas librerías que informen al New York Times.

– Pero eso tampoco hará que la gente lo compre.

– Será suficiente si sólo le cobramos a la librería cincuenta centavos por ejemplar, con un precio de cubierta de tres dólares con cincuenta, lo que permitirá al librero obtener un beneficio del 700 por cien por cada ejemplar vendido, en lugar de su habitual cien por cien.

– Eso seguirá sirviendo de poco si el libro es indigerible.

– Eso es algo que no importará durante la primera semana -dijo Kate-. Si las librerías obtienen esa clase de beneficio, tendrán interés en promocionar el libro y ponerlo en sus escaparates, en el mostrador, e incluso en las estanterías de bestsellers. Mi investigación demuestra que sólo tenemos que vender diez mil ejemplares en la primera semana para alcanzar el puesto número quince en la lista de libros más vendidos, lo que supone algo menos de diez ejemplares por librería.

– Supongo que eso nos proporcionaría una oportunidad del cincuenta por ciento -dijo Townsend.

– Y todavía puedo aumentar las posibilidades. La semana en que se inicie la distribución, podemos utilizar nuestra red de periódicos y revistas en todo Estados Unidos para asegurarnos de que el libro reciba buenas críticas y anuncios en primera página, y para publicar mi artículo «La extraordinaria señora Sherwood» en tantos otros periódicos a los que te parezca que podemos llegar.

– Si eso me ahorra un millón de dólares habrá valido la pena -asintió Townsend-. Pero eso sólo hace que las posibilidades estén algo mejor que el cincuenta por ciento.

– Si me permites ir un paso más allá, probablemente podré conseguir que estén todas a tu favor.

– ¿Qué propones? ¿Que compre el New York Times?

– No se trata de una idea tan drástica -contestó Kate con una sonrisa-. Propongo que durante la primera semana de distribución nuestros propios empleados compren cinco mil ejemplares del libro.

– ¿Cinco mil ejemplares? Eso sería como despilfarrar el dinero.

– No necesariamente -dijo Kate-. Después de que los vendamos de nuevo a las librerías a cincuenta centavos el ejemplar, habrás recuperado dos mil quinientos dólares, de modo que por un gasto total de quince mil dólares te puedes asegurar virtualmente una semana de permanencia en la lista de libros más vendidos, en cuyo caso el señor Yablon tendrá que devolverte el millón de dólares.

Townsend la tomó en sus brazos.

– Es posible que todo salga bien.

– Pero sólo si consigues los nombres de las librerías que informan de sus ventas al New York Times para confeccionar la lista de libros más vendidos.

– Eres una chica lista -le dijo apretándola más fuerte.

– He descubierto al menos lo que te enciende -dijo Kate con una sonrisa.

– Stephen Hallet llama por la línea uno, y Ray Atkins, el ministro de Industria por la línea dos -dijo Pamela, la secretaria de Armstrong.

– Hablaré primero con Atkins. Dígale a Stephen que le llamaré en seguida que pueda.

Armstrong esperó a que sonara el clic de su último juguete, que aseguraría la grabación de toda la conversación.

– Buenos días, señor ministro -saludó-. ¿Qué puedo hacer por usted?

– Se trata de un problema personal, Dick. Me preguntaba si podríamos reunimos.

– Desde luego -contestó Armstrong-. ¿Qué le parece si almorzamos en el Savoy en algún momento de la semana que viene?

Revisó su dietario para ver qué cita podía cancelar.

– Me temo que se trate de algo mucho más urgente que eso, Dick. Y preferiría no reunimos en un lugar tan público.

Armstrong comprobó las entrevistas que tenía durante el resto del día.

– Bueno, ¿y si se reúne a almorzar conmigo hoy mismo en mi comedor privado? Iba a verme con Don Sharpe, pero si se trata de algo tan urgente puedo cancelarlo.

– Es muy amable por su parte, Dick. ¿Nos vemos hacia la una?

– Estupendo. Me ocuparé de alguien acuda a recibirle a recepción y le haga subir directamente a mi despacho.

Armstrong colgó el teléfono y sonrió. Sabía exactamente por qué quería verle el ministro de Industria. Al fin y al cabo, había apoyado lealmente al Partido Laborista a lo largo de los años, a través, en buena medida, de donar mil libras anuales a cada uno de cincuenta escaños marginales clave. Esa pequeña inversión le aseguraba cincuenta amigos íntimos en el Parlamento, algunos de ellos ministros, y le permitía mantener abierto el acceso a los niveles gubernamentales más altos cada vez que lo necesitaba. Si hubiera deseado ejercer la misma influencia en Estados Unidos, eso le habría costado un millón de dólares al año.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por el sonido del teléfono. Pamela tenía a Stephen Hallet al aparato.

– Siento mucho haberte hecho esperar, Stephen, pero en ese momento tenía al joven Ray Atkins al aparato. Dice que necesita verme urgentemente. Creo que los dos sabemos de qué se trata.

– Creía que la decisión sobre el Citizen no se tomaría hasta el próximo mes como mucho.

– Quizá quieran hacer un anuncio antes de que la gente empiece a especular. No olvides que Atkins fue el ministro que envió la oferta de Townsend por el Citizen a la Comisión de Monopolios y Fusiones. No creo que al Partido Laborista le entusiasme mucho la idea de que Townsend controle el Citizen y el Globe.