Pero Armstrong estaba convencido de que esta vez le llevaba la delantera a Townsend, y que el mayor premio de Fleet Street estaba a punto de caer en sus manos. Ya se sentía impaciente ante la visita inminente de Roy Atkins, y esperaba que le confirmara oficialmente la noticia.
Atkins llegó a Armstrong House poco antes de la una. El propietario mantenía una conversación en ruso cuando Pamela lo hizo entrar en su despacho. Armstrong colgó inmediatamente el teléfono, en plena conversación, y se levantó para dar la bienvenida a su invitado. Al estrecharle la mano a Atkins, no pudo dejar de observar que estaba un poco húmeda.
– ¿Qué desea beber? -le preguntó.
– Un escocés corto con mucha agua -contestó Atkins.
El propio Armstrong preparó la bebida para el ministro y luego lo condujo hasta la sala de al lado. Encendió una luz totalmente innecesaria y, con ello, una grabadora oculta. Atkins sonrió con alivio al ver que sobre la mesa de comedor sólo se habían preparado dos cubiertos. Armstrong le indicó que se sentara en una de las dos sillas.
– Gracias, Dick -dijo con cierto nerviosismo-. Es muy amable por su parte haberme recibido tan rápidamente.
– De nada, Ray -dijo Armstrong, que ocupó su asiento en la cabecera de la mesa-. Es un placer. Me siento encantado de ver a alguien que trabaja tan incansablemente por nuestra causa. Brindemos por su futuro -dijo, levantando su copa-. Un futuro que, según me dicen todos, es de color rosado.
Armstrong observó un ligero temblor en la mano del ministro, antes de que éste respondiera.
– Hace usted muchas cosas por nuestro partido, Dick.
– Es muy amable por su parte el decirlo así, Ray.
Durante los dos primeros platos, hablaron de las posibilidades que tenía el Partido Laborista de ganar las próximas elecciones, y ambos tuvieron que admitir que no eran muy optimistas.
– Aunque las encuestas de opinión parece que van mejorando -dijo Atkins-, sólo hay que estudiar los resultados de las elecciones locales para comprender lo que está ocurriendo realmente en las circunscripciones electorales.
– Estoy de acuerdo con usted -asintió Dick-. Sólo un estúpido se dejaría influir por las encuestas de opinión cuando se trata de unas elecciones generales. Aunque tengo entendido que Wilson suele sacar de quicio a Ted Heath en la sesión de preguntas parlamentarias en la Cámara.
– Cierto, pero eso es algo que sólo ven unos pocos cientos de parlamentarios. Si se televisaran las sesiones, toda la nación se daría cuenta de que Harold está en una clase diferente.
– No creo que yo llegue a conocer eso -dijo Dick.
Atkins asintió y luego cayó en un profundo silencio. Una vez retirado el primer plato, Dick le dio instrucciones al mayordomo para que los dejaran a solas. Llenó la copa del ministro con más clarete, pero Atkins se limitó a juguetear con ella, con aspecto de preguntarse cómo podía plantear un tema embarazoso. Una vez que el mayordomo hubo cerrado la puerta tras él, Atkins suspiró profundamente.
– Todo esto es un poco angustioso para mí -empezó a decir, con vacilación.
– Diga todo lo que quiera decir, Ray. Sea lo que fuere, no saldrá de esta habitación. Y no olvide nunca que ambos bateamos para el mismo equipo.
– Gracias, Dick -replicó el ministro-. Supe inmediatamente que era usted la persona adecuada con la que discutir mi pequeño problema. -Siguió jugueteando con la copa, sin decir nada durante un rato. Luego, de repente, barbotó-: El Evening Post ha estado hurgando en mi vida personal, Dick, y ya no puedo soportarlo.
– Lamento mucho oírle decir eso -dijo Armstrong, que se había imaginado que hablarían de un tema completamente diferente-. ¿Qué han hecho que le ha molestado tanto?
– Me han estado amenazando.
– ¿Amenazándole? -preguntó Armstrong, con un tono de voz que sonó molesto-. ¿De qué forma?
– Bueno, quizá «amenazar» sea una palabra un poco fuerte. Pero uno de sus periodistas ha estado llamando constantemente a mi oficina y a mi casa los fines de semana, en ocasiones incluso dos o tres veces al día.
– Créame, Ray, que no sabía nada de esto -le aseguró Armstrong-. Hablaré con Don Sharpe en cuanto se haya marchado usted. Y puede estar seguro de que ya no se hablará más del asunto.
– Gracias, Dick -dijo el ministro, que esta vez tomó un trago de vino-. Pero no son las llamadas lo que necesito que se detengan, sino la historia que tienen.
– ¿Le ayudaría contarme de qué se trata, Ray?
El ministro fijó la mirada sobre la mesa. Transcurrió algún tiempo antes de que levantara la cabeza.
– Todo sucedió hace varios años -empezó a decir-. En realidad, fue hace tanto tiempo que casi se me había olvidado que tuvo lugar, hasta hace poco.
Armstrong permaneció en silencio y volvió a llenar la copa de su invitado.
– Fue poco después de ser elegido para el consejo municipal de Bradford. -El ministro tomó otro trago de vino-. Conocí a la secretaria del consejo.
– ¿Estaba usted casado con Jenny por aquel entonces? -preguntó Armstrong.
– No, Jenny y yo nos conocimos un par de años más tarde, antes de que fuera elegido por la circunscripción de Bradford West.
– ¿Cuál es entonces el problema? -preguntó Armstrong-. Hasta el Partido Laborista permite tener amigas antes de contraer matrimonio -añadió, tratando de dar un tono ligero a la conversación.
– No cuando esa amiga queda embarazada -dijo el ministro-. Y cuando su religión prohíbe el aborto.
– Comprendo -asintió Armstrong en voz baja. Hizo una pausa, antes de preguntar-: ¿Está Jenny enterada de todo esto?
– No, no sabe nada. Nunca se lo dije. En realidad, no se lo dije a nadie. Ella es hija de un médico local, un condenado tory, de modo que su familia no me aceptó en ningún momento. Si esto llega a saberse, tendré que soportar el clásico síndrome del «Ya te lo dije».
– ¿De modo que es ella la que plantea dificultades?
– No. Que Dios la bendiga, Rahila ha sido magnífica, aunque su familia me consideraba con el mismo afecto que mis parientes políticos. Naturalmente, le he venido pagando una cantidad por alimentos.
– Naturalmente. Pero si ella no le causa ninguna molestia, ¿dónde está el problema? Ningún periódico se atrevería a publicar nada a menos que ella confirmara la historia.
– Lo sé. Pero, desgraciadamente, su hermano bebió demasiado una noche y se le soltó la lengua en el pub local. No sabía que en esos momentos había un periodista en el bar que trabaja por libre para el Evening Post. El hermano lo negó todo al día siguiente, pero el bastardo del periodista no hizo más que hurgar en el asunto. Si esta historia llega al dominio público, no me quedará más alternativa que dimitir. Y sólo Dios sabe lo que eso representaría para Jenny.
– Bueno, todavía no hemos llegado a eso, Ray, y puede estar seguro de una cosa: nunca la verá publicada en ningún periódico de mi propiedad. Cuenta usted con mi palabra. En cuanto se marche llamaré a Sharpe y le dejaré bien clara cuál es mi postura al respecto. Nadie volverá a ponerse en contacto con usted en relación con este tema.
– Gracias -dijo Atkins-. Eso me produce un gran alivio. Lo único que tengo que hacer ahora es rezar para que a ese periodista no se le ocurra ir con la historia a otra parte.
– ¿Cómo se llama? -preguntó Armstrong.
– John Cummins.
Armstrong anotó el nombre en una libreta que tenía a su lado.