– Me ocuparé de que al señor Cummins se le ofrezca un puesto de trabajo en uno de mis periódicos en el norte, en alguna parte lo más alejada posible de Bradford. Eso será suficiente para amortiguar su entusiasmo.
– No sé cómo agradecérselo -dijo el ministro.
– Estoy seguro de que ya se le ocurrirá alguna forma -dijo Armstrong, que se levantó del asiento sin molestarse en ofrecerle café a su invitado.
Acompañó a Atkins fuera del comedor. El nerviosismo del ministro se vio sustituido por la voluble seguridad en sí mismo más habitualmente asociada con los políticos. Al pasar por el despacho de Armstrong, observó que en la estantería había una edición completa de Wisden.
– No sabía que fuera usted aficionado al críquet, Dick.
– Oh, sí -contestó Armstrong-. Me ha gustado ese juego desde que era muy pequeño.
– ¿A qué condado apoya? -preguntó Atkins.
– A Oxford -contestó Armstrong cuando ya llegaban ante el ascensor.
Atkins no dijo nada y le estrechó cálidamente la mano.
– Gracias de nuevo, Dick. Muchas gracias.
En cuanto se cerraron las puertas del ascensor, Armstrong regresó a su despacho.
– Quiero ver inmediatamente a Don Sharpe -gritó al pasar ante la mesa de Pamela.
El director del Evening Post apareció en el despacho del propietario pocos minutos más tarde. Llevaba una gruesa carpeta. Esperó a que Armstrong terminara una conversación telefónica en una lengua que no reconoció.
– Pidió verme -le dijo, una vez que Armstrong hubo colgado el teléfono.
– Sí. Acabo de almorzar con Ray Atkins. Me dice que el Post lo ha estado molestando con alguna historia que ha estado usted siguiendo.
– Así es, hemos hecho algún trabajo con una historia. En realidad, llevamos varios días tratando de ponernos en contacto con Atkins. Creemos que el ministro fue padre de un hijo ilegítimo hace varios años, un muchacho llamado Vengi.
– Pero todo eso tuvo lugar antes de que se casara.
– Cierto -asintió el director-, pero…
– En ese caso no veo motivo alguno para considerar que la historia pueda ser de interés público.
Don Sharpe pareció un tanto sorprendido ante la insólita insensibilidad del propietario por aquel tema, pero también sabía que la decisión de la comisión sobre el Citizen tendría que tomarse en las pocas semanas siguientes.
– ¿Está usted de acuerdo o no? -preguntó Armstrong.
– En circunstancias normales lo estaría -contestó Sharpe-. Pero en este caso resulta que la mujer en cuestión ha perdido su puesto de trabajo en el consejo municipal, se ha visto abandonada por su familia, y sobrevive apenas en un piso de una sola habitación, en la circunscripción representada por el ministro, quien, por otra parte, es conducido de un lado a otro en un Jaguar y cuenta con una segunda residencia en el sur de Francia.
– Pero él le paga todos sus alimentos.
– No siempre lo hace a tiempo -dijo el director-. Y podría considerarse como de interés público saber que cuando fue subsecretario de Estado en el departamento de Servicios Sociales, fue responsable de promover la aprobación de la ley sobre progenitores solos, que defendió en la fase de comité de la Cámara.
– Eso no tiene importancia y usted lo sabe.
– Hay otro factor que podría interesar conocer a nuestros lectores.
– ¿De qué se trata?
– Ella es musulmana. Tras haber dado a luz a un niño fuera del matrimonio, no cuenta con ninguna esperanza de casarse. En estas cuestiones ellos son un poco más estrictos que la Iglesia de Inglaterra.
El director sacó una fotografía de la carpeta y la dejó sobre la mesa de Armstrong, que observó en ella a una madre asiática atractiva que sostenía a un niño pequeño en sus brazos. Habría sido difícil negar la semejanza del niño con su padre.
Armstrong miró a Sharpe.
– ¿Cómo sabía que iba a hablar de este tema con usted? -le preguntó.
– Imaginé que no había cancelado nuestro almuerzo sólo porque deseaba hablar con Ray Atkins sobre las posibilidades de ser reelegido esta temporada por la circunscripción de Bradford.
– No sea sarcástico conmigo -le espetó Armstrong-. Abandonará usted de inmediato esa investigación. Si observo en alguna ocasión la más mínima alusión a esta historia en uno de mis periódicos, no tendrá necesidad de acudir a trabajar al día siguiente.
– Pero… -protestó el director.
– Y mientras continúa con su trabajo habitual, puede dejar esa carpeta sobre mi mesa.
– ¿Que puedo qué?
Armstrong siguió mirándolo con expresión furibunda hasta que él dejó dócilmente la abultada carpeta sobre la mesa. Se dio media vuelta y salió del despacho sin añadir una sola palabra más.
Armstrong lanzó una maldición por lo bajo. Ahora, si despedía a Sharpe, lo primero que haría éste sería cruzar la calle y acudir con la historia al Globe. Acababa de tomar una decisión que probablemente le costaría mucho dinero de una u otra forma. Tomó el teléfono.
– Pamela, póngame con el señor Atkins, del Departamento de Comercio e Industria.
Atkins estuvo al habla momentos más tarde.
– ¿Es ésta una línea pública? -preguntó Armstrong, consciente de que los funcionarios escuchaban a menudo las conversaciones por si acaso los ministros acordaban compromisos que luego ellos tuvieran que cumplir.
– No, me ha llamado usted por mi línea privada -le aseguró Atkins.
– He hablado con el director en cuestión -le informó Armstrong-, y le puedo asegurar que el señor Cummins no volverá a molestarle. También le advertí que si veo alguna referencia a este incidente en cualquiera de mis periódicos, ya puede empezar a buscarse otro trabajo.
– Gracias -dijo el ministro.
– Y quizá le interese saber, Ray, que tengo sobre mi mesa la carpeta de Cummins relativa a esta cuestión, y que destruiré su contenido en cuanto terminemos esta conversación. Créame, nadie volverá a oír una sola palabra sobre este asunto.
– Es usted un buen amigo, Dick. Y probablemente ha salvado mi carrera.
– Una carrera que vale la pena salvar -dijo Armstrong-. No olvide nunca que yo estoy aquí si me necesita.
Acababa de colgar el teléfono cuando Pamela, su secretaria, asomó la cabeza por la puerta.
– Stephen volvió a llamar mientras hablaba usted con el ministro. ¿Me pongo de nuevo en contacto con él?
– Sí. Y cuando termine de hablar con él, hay algo que quiero que haga por mí.
Pamela asintió con un gesto de la cabeza y desapareció en su propio despacho. Un momento más tarde sonó de nuevo el teléfono y Armstrong lo descolgó.
– ¿Cuál es el problema ahora, Stephen?
– No hay ningún problema. He mantenido una larga discusión con los abogados de Sharon Levitt, y hemos alcanzado unas propuestas preliminares para llegar a un acuerdo…, sujeto, claro está, a la aprobación de ambas partes.
– Infórmeme -le pidió Armstrong.
– Parece ser que Sharon tiene un amigo que vive en Italia y…
Armstrong escuchó con atención mientras Stephen esbozaba las condiciones que había negociado en su nombre. Sonrió mucho antes de que el abogado hubiera terminado de informarle.
– Todo eso me parece muy satisfactorio -dijo finalmente.
– Lo es. ¿Cómo fue la reunión con el ministro?
– Bastante bien. Se enfrenta más o menos al mismo problema que yo, pero él tiene la desventaja de no contar con alguien como usted para sacarlo del atolladero.
– ¿Debo entender eso como un halago?
– No -contestó Armstrong.
En cuanto hubo colgado el teléfono, llamó a su secretaria.
– Pamela, una vez que haya mecanografiado la conversación que ha tenido lugar durante el almuerzo, quiero que incluya una copia en esta carpeta -dijo, señalando el montón de documentos que Don Sharpe había dejado sobre su mesa.