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– Ahora ya no tiene mucho sentido publicar esa primera página -dijo el director de política.

– Esperemos y veamos -dijo Townsend-. Le echaré otro vistazo esta noche.

Miró sombríamente por la ventana. La decisión de Atkins significaba que Armstrong controlaría ahora el único periódico diario de Gran Bretaña que tenía una circulación superior a la del Globe. A partir de ese momento, él y Armstrong se enzarzarían en una batalla por atraer a los mismos lectores, y Townsend se preguntó si podrían sobrevivir ambos.

Una hora después de que el ministro hubiera hecho su declaración en la Cámara, Armstrong llamó a Alistair McAlvoy, el director del Citizen y le pidió que acudiera a verle a Armstrong House. También dispuso cenar esa noche con sir Paul Maitland, el presidente del consejo de administración del Citizen.

Alistair McAlvoy era director del Citizen desde hacía una década. Al ser informado de la decisión del ministro, advirtió a sus colegas que nadie, ni siquiera él mismo, podían tener la seguridad de sacar adelante la edición del día siguiente del periódico. Pero cuando Armstrong rodeó los hombros de McAlvoy con un brazo por segunda vez a lo largo de su entrevista, y le describió como el mejor director de Fleet Street, empezó a tener la sensación de que su puesto estaba seguro después de todo. Al relajarse un poco más el ambiente, Armstrong le advirtió que se enfrentaban a una batalla a muerte con el Globe, que sospechaba se iniciaría al día siguiente.

– Lo sé -asintió McAlvoy-, así que será mejor que regrese a mi despacho. Le llamaré en cuanto descubra los titulares del Globe y vea si encuentro alguna forma de contrarrestarlos.

McAlvoy salió del despacho de Armstrong cuando llegó Pamela con una botella de champaña.

– ¿Quién ha ordenado que traigan eso?

– Ray Atkins -contestó Pamela.

– Descórchela -dijo Armstrong.

En el momento en que descorchó la botella, sonó el teléfono. Pamela contestó y escuchó.

– Es un mozo joven del hotel Howard… Dice que no puede esperar mucho tiempo por temor a que lo pillen. -Colocó la mano sobre el micrófono antes de añadir-: Intentó hablar con usted hace diez días, pero no le pasé la comunicación. Ahora dice que se trata de Keith Townsend.

Armstrong le arrebató el teléfono. Cuando el mozo le dijo con quién acababa de tener Townsend una entrevista en la suite FitzAlan, supo inmediatamente cuál sería el artículo que el Globe publicaría en primera página a la mañana siguiente. Lo único que deseaba el joven por aquella información tan importante eran cincuenta libras.

Colgó el teléfono y ladró una serie de órdenes antes de que Pamela tuviera tiempo de llenar las copas de champaña.

– Y una vez que haya visto a Sharpe, póngame con McAlvoy.

En cuanto Don Sharpe regresó al edificio, se le dijo que el propietario deseaba verle. Subió directamente al despacho de Armstrong, donde sólo escuchó tres palabras: «Está usted despedido». Se volvió y encontró a dos guardias de seguridad junto a la puerta, esperando para acompañarle fuera del edificio.

– Póngame con McAlvoy.

Todo lo que dijo Armstrong en cuanto el director del Citizen se puso al teléfono fue:

– Alistar, sé lo que se va a publicar en la primera página del Globe de mañana, y soy la única persona que puede contrarrestarlo.

En cuanto hubo colgado el teléfono tras hablar con McAlvoy, Armstrong le pidió a Pamela que sacara la carpeta de Atkins de la caja de seguridad. Luego tomó un sorbo de champaña. Era de buena cosecha.

A la mañana siguiente, el titular del Globe decía: «El secreto del hijo musulmán del ministro: exclusiva». Seguían tres páginas de información, acompañadas con fotografías, que ilustraban una entrevista con el hermano de la señorita Patel, bajo el encabezamiento: «Don Sharpe, periodista investigador jefe».

Townsend estaba encantado, hasta que se le entregó un ejemplar del Citizen y leyó su titular de primera página.

EL HIJO ILEGÍTIMO DEL MINISTRO LO REVELA TODO AL CITIZEN

Seguían cinco páginas con fotografías y extractos de una entrevista grabada ofrecida en exclusiva al corresponsal especial del periódico, cuyo nombre no se citaba.

Aquella noche, el artículo principal del London Evening Post estaba dedicado al anuncio, hecho por el primer ministro en el 10 de Downing Street, de que había aceptado con mucho pesar la dimisión del señor Ray Atkins, miembro del Parlamento.

29

No son muchos los habitantes del Nuevo Globo

En cuanto Townsend pasó por los trámites aduaneros, encontró a Sam que le esperaba fuera de la terminal para conducirlo a Sydney. Durante el trayecto, que duró veinticinco minutos, Sam puso a su jefe al día de lo que ocurría en Australia. No le dejó la menor duda en cuanto a lo que debía sentir con respecto al primer ministro, Malcolm Fraser, anticuado y sin tacto, así como acerca del Teatro de la Ópera de Sydney, un despilfarro de dinero que ya se había quedado obsoleto. Pero sí le dio una información que no estaba anticuada.

– ¿Dónde se enteró de eso, Sam?

– Me lo dijo el chófer del presidente del consejo.

– ¿Y qué tuvo que decirle usted a cambio?

– Sólo que regresaba usted de Londres en una visita rápida -contestó Sam cuando ya se detenían frente a la sede central de Global Corp, en Pitt Street.

Las cabezas se volvieron al pasar Townsend por las puertas giratorias, cruzar el vestíbulo y entrar en el ascensor que le esperaba para llevarlo directamente al último piso. Pidió que viniera el director a verle antes de que Heather tuviera la oportunidad de darle la bienvenida.

Townsend recorrió su despacho de un lado a otro mientras esperaba, y sólo se detuvo alguna que otra vez para admirar el nuevo teatro de la ópera que, como Sam, habían sido rápidos en condenar todos sus periódicos, excepto el Continent. A sólo ochocientos metros de distancia se levantaba el puente que había sido hasta entonces la construcción característica de la ciudad. En el puerto, las embarcaciones de vela navegaban con sus mástiles relucientes bajo el sol. Aunque Sydney había duplicado su población, ahora le parecía terriblemente pequeña en comparación con la época en que se hizo cargo del Chronicle. Tenía la sensación de contemplar una ciudad provinciana.

– Qué alegría de tenerle de vuelta por aquí, Keith -dijo Bruce Kelly al entrar.

Townsend se giró en redondo para saludar al primer hombre que había nombrado como director de uno de sus periódicos.

– Y también es una alegría estar de vuelta, Bruce. Ha pasado mucho tiempo -le dijo al estrecharle la mano.

Se preguntó si habría envejecido tanto como el hombre calvo y con exceso de peso que ahora se encontraba de pie ante él.

– ¿Cómo está Kate?

– Detesta Londres, y parece pasar más tiempo en Nueva York, pero confío en que pueda reunirse conmigo a la semana que viene. ¿Qué ha estado ocurriendo aquí?

– Bueno, como habrá visto por nuestros informes semanales, las ventas han superado ligeramente las del año pasado, y los beneficios alcanzan unos niveles récord. Así que supongo que ha llegado el momento de jubilarme.

– Esa es exactamente la razón por la que he regresado a casa, para hablar con usted -dijo Townsend.

La sangre desapareció del rostro de Bruce.

– ¿Lo dice en serio, jefe?