– Nunca he hablado más en serio -afirmó Townsend frente a su amigo-. Le necesito en Londres.
– ¿Para qué? -preguntó Bruce-. El Globe no es la clase de periódico que yo esté preparado para dirigir. Es demasiado tradicional y británico.
– Precisamente por eso pierde ventas a cada semana que pasa. En primer lugar, sus lectores son tan viejos que prácticamente se me mueren. Si quiero adelantar a Armstrong, le necesito como próximo director del Globe. Hay que reconfigurar todo el periódico. Lo primero que hay que hacer es convertirlo en un tabloide.
Bruce miró a su jefe, con incredulidad.
– Pero los sindicatos no lo tolerarán jamás.
– También tengo planes para ellos -dijo Townsend.
El diario más vendido de Gran Bretaña
Armstrong observó con orgullo la banda que se extendía por debajo de la cabecera del Citizen. Pero aunque las ventas del periódico se habían mantenido estables, empezaba a tener la sensación de que Alistair McAlvoy, el director más antiguo de Fleet Street, quizá no fuera el hombre adecuado para llevar a cabo su estrategia a largo plazo.
Armstrong seguía extrañado ante la repentina partida de Townsend a Sydney. No podía creer que siguiera permitiendo el descenso continuo en la tirada del Globe sin plantear batalla. Pero mientras el Citizen superara en ventas al Globe en una proporción de dos a uno, Armstrong no vacilaba en recordarles cada mañana a sus leales lectores que él era el propietario del periódico de mayor venta en Gran Bretaña. Armstrong Communications acababa de declarar unos beneficios de diecisiete millones de libras durante el año anterior, y todo el mundo sabía que su director general miraba ahora hacia el oeste para su próxima gran adquisición.
Personas que imaginaban saber de qué hablaban le habían dicho seguramente mil veces que Townsend se había dedicado a comprar acciones del New York Star. Lo que no sabían era que él también había hecho lo mismo. Russell Critchley, su abogado en Nueva York, le había advertido que una vez que estuviera en posesión de más del cinco por ciento de las acciones, tendría que hacerlo público según las normas de la Comisión de Bolsa, y declarar si tenía la intención de aumentar su participación hasta apoderarse de la compañía.
Ahora tenía poco más del cuatro y medio por ciento de las acciones del Star, y sospechaba que Townsend se encontraba más o menos en la misma posición. Pero, por el momento, cada uno de los dos se contentaba con sentarse y esperar a que fuera el otro quien hiciera el primer movimiento. Armstrong sabía que Townsend controlaba más imprentas urbanas y estatales en Estados Unidos que él mismo, a pesar de su reciente adquisición del Milwaukee Group y de sus once periódicos. Ambos sabían igualmente que el New York Times nunca se pondría a la venta, y que el premio definitivo que podían encontrar en la Gran Manzana consistía en controlar el mercado de los tabloides.
Mientras Townsend permanecía en Sydney, preparando sus planes para el lanzamiento del nuevo Globe sobre un público británico que no sospechaba lo que se avecinaba, Armstrong voló a Manhattan para preparar su asalto al New York Star.
– Pero Bruce Kelly no sabía nada de eso -dijo Townsend mientras Sam le conducía desde el aeropuerto Tullamarine a la ciudad de Melbourne.
– No esperaba yo que lo supiera -replicó Sam-. Él nunca ha tenido la oportunidad de hablar con el chófer del presidente del consejo.
– ¿Intenta decirme que un chófer puede saber algo de lo que no ha oído hablar nadie más en el mundo periodístico?
– No. El vicepresidente también lo sabe porque lo estaba discutiendo con el presidente en los asientos traseros del coche.
– ¿Y el chófer le ha dicho que el consejo se reúne a las diez de esta mañana?
– Así es, jefe. De hecho, en estos precisos momentos conduce al presidente del consejo a esa reunión.
– ¿Y que el precio acordado era de doce dólares por acción?
– Eso fue lo que el presidente y el vicepresidente acordaron en el coche -contestó Sam mientras conducía hacia el centro de la ciudad.
A Townsend no se le ocurrieron más preguntas que hacerle a Sam sin parecer como un completo estúpido.
– Supongo que no estaría usted dispuesto a apostar por ello, ¿verdad? -preguntó mientras el coche giraba hacia Flinders Street.
Sam pensó por un momento en la propuesta, antes de contestar.
– A mí me parece bien, jefe. -Hizo una pausa antes de añadir-. Cien dólares a que tengo razón.
– Oh, no -replicó Townsend-. Su salario de un mes, o damos media vuelta y regresamos de inmediato al aeropuerto.
En ese momento, Sam se pasó un semáforo en rojo y evitó por poco chocar contra un tranvía.
– De acuerdo -asintió-, pero sólo si Arthur recibe el mismo trato.
– ¿Y quién demonios es Arthur?
– El chófer del presidente del consejo.
– De acuerdo, usted y Arthur acaban de cerrar un trato -dijo Townsend cuando el coche se detuvo frente a las oficinas del Courier.
– ¿Cuánto tiempo quiere que le espere? -preguntó Sam.
– El tiempo que sea necesario para que pierda usted el salario de un mes -contestó Townsend, que bajó y cerró con fuerza la portezuela del coche.
Townsend observó el edificio en el que su padre iniciara su carrera como periodista en la década de los años veinte, y donde él mismo había cumplido con su primera misión como periodista en prácticas cuando todavía estaba en la escuela, y que su madre vendió más tarde a un rival sin decírselo siquiera. Desde el sendero de acceso distinguió el despacho donde había trabajado su padre. ¿Podía ser realmente cierto que el Courier estuviera a la venta sin que ninguno de sus asesores profesionales se hubiera enterado de nada? Esa misma mañana había comprobado el precio de la acción, antes de tomar el primer vuelo desde Sydney; el precio era de 8,40 dólares. ¿Podía arriesgarlo todo fiándose de la palabra de un chófer? Empezó a desear que Kate estuviera con él para darle su opinión. Gracias a ella, La amante del senador, de Margaret Sherwood, había logrado aparecer dos semanas consecutivas en los últimos puestos de la lista de libros más vendidos del New York Times, y el segundo millón de dólares le fue devuelto íntegro. Ante la sorpresa de ambos, el libro también obtuvo críticas razonables en periódicos que no le pertenecían a Townsend. A Keith le divirtió recibir una carta de la señora Sherwood en la que le preguntaba si estaría interesado en un contrato por tres libros.
Townsend cruzó las puertas dobles y pasó bajo el reloj situado sobre la entrada del vestíbulo. Permaneció un momento de pie ante un busto de bronce de su padre, y recordó cómo se había estirado de niño para tratar de tocarle el cabello. Eso no hizo sino ponerlo más nervioso.
Se volvió y cruzó el vestíbulo para unirse a un grupo de personas que entraron en el primer ascensor disponible. Todos guardaron silencio en cuanto se dieron cuenta de quién era. Apretó el botón y las puertas se cerraron. No había estado en aquel edificio desde hacía treinta años, pero aún recordaba dónde se hallaba situada la sala del consejo de administración, a unos pocos metros más allá de lo que había sido el despacho de su padre.
Las puertas se abrieron en los departamentos de circulación, publicidad y editorial, antes de que se quedara finalmente a solas en el ascensor. En el piso de los ejecutivos salió precavidamente al pasillo y miró en ambas direcciones. No vio a nadie. Giró a la derecha y se dirigió hacia la sala del consejo. Su paso se hizo más lento al pasar ante el antiguo despacho de su padre. Luego, se hizo más y más lento, hasta que llegó ante la puerta de la sala del consejo.