Estaba a punto de darse media vuelta, abandonar el edificio y decirle exactamente a Sam lo que pensaba de él y también de su amigo Arthur, cuando recordó la apuesta. Si no hubiera sido tan mal perdedor, quizá no habría llamado a la puerta y hubiera entrado sin esperar respuesta.
Dieciséis rostros se volvieron y le miraron fijamente. Esperó a que el presidente del consejo le preguntara qué demonios creía estar haciendo, pero nadie dijo nada. Era casi como si todos hubieran esperado su visita.
– Señor presidente -empezó a decir-. Estoy dispuesto a ofrecer doce dólares por cada acción del Courier. Puesto que mañana mismo salgo para Londres, o cerramos el trato ahora mismo, o no lo haremos.
Sam estaba sentado en el coche, a la espera de que regresara su jefe. Durante la tercera hora de espera, llamó por teléfono a Arthur y le aconsejó que invirtiera el salario del próximo mes en acciones del Melbourne Courier, y que lo hiciera antes de que el consejo de administración efectuara una declaración oficial.
A la mañana siguiente, cuando Townsend emprendió el vuelo hacia Londres, emitió un comunicado de prensa para informar que Bruce Kelly ocuparía el puesto de director del Globe y que el periódico iba a ser convertido en un tabloide. Sólo un puñado de expertos apreciaron la importancia de aquel nombramiento. Durante los días siguientes se publicaron perfiles de la carrera de Bruce en diversos periódicos nacionales. Todos ellos informaban que había sido director del Sydney Chronicle durante veinticinco años, estaba divorciado, tenía dos hijos mayores y, aunque se decía que Keith Townsend no tenía amigos íntimos, Bruce era lo más cercano. El Citizen se alegró cuando no se le concedió un permiso de trabajo, y sugirió que dirigir el Globe no podía considerarse como un trabajo. Aparte de eso, no se publicó mucha más información sobre el último inmigrante procedente de Australia. Bajo el titular «R. I. P», el Citizen informaba a sus lectores que Kelly no era más que un director de pompas fúnebres que había sido traído para enterrar algo que todo el mundo aceptaba ya como muerto desde hacía años. Pasaba a decir que por cada ejemplar vendido del Globe, el Citizen vendía ahora tres. La verdadera cifra era de 2,3 pero Townsend ya empezaba a acostumbrarse a las exageraciones de Armstrong cuando se trataba de estadísticas. Hizo enmarcar la cabecera y la colgó de la pared del nuevo despacho de Bruce, a la espera de su llegada.
En cuanto Bruce aterrizó en Londres, incluso antes de ocuparse de encontrar un sitio donde vivir, empezó a engatusar a los periodistas de los tabloides. A la mayoría de ellos no pareció preocuparles las advertencias del Citizen, según las cuales el Globe se encontraba en una espiral descendente sin retorno y no podría sobrevivir si Townsend no llegaba a un acuerdo con los sindicatos. El primer nombramiento de Bruce recayó en Kevin Rushcliffe quien, según se le había asegurado, había adquirido una excelente fama como subdirector del People.
La primera vez que Rushcliffe tuvo que editar el periódico porque Bruce se tomó el día libre, recibió una demanda de los abogados que representaban al señor Mick Jagger. Rushcliffe se limitó a encogerse de hombros y comentó: «Era una historia demasiado buena como para dedicarse a comprobarla». Después de haber pagado una indemnización sustancial y de haber publicado una nota de disculpa, los abogados recibieron instrucciones de vigilar más cuidadosamente el periódico cuando Rushcliffe lo tuviera que editar en el futuro.
Algunos periodistas curtidos pasaron a formar parte del equipo editorial. Al preguntárseles por qué habían abandonado unos puestos de trabajo seguros para unirse al Globe, señalaron que se les ofrecían contratos por tres años y que, de todos modos, no les importaba demasiado.
Durante las primeras pocas semanas bajo la dirección de Bruce, las ventas siguieron bajando. Al director le habría gustado disponer de más tiempo para discutir el problema con Townsend, pero el jefe parecía estar continuamente enzarzado en negociaciones con los sindicatos de artes gráficas.
El día del lanzamiento del Globe como tabloide, Bruce celebró una fiesta en las oficinas para ver salir el nuevo periódico de las prensas. Se sintió decepcionado al comprobar que no acudieron muchos de los políticos y personajes famosos a los que había invitado. Más tarde se enteró de que asistían a una fiesta organizada por Armstrong para celebrar el septuagesimoquinto aniversario del Citizen. Un antiguo empleado del Citizen, que ahora trabajaba para el Globe, indicó que en realidad el periódico sólo existía desde hacía setenta y dos años.
– Bueno, en ese caso se lo tendremos que recordar a Armstrong dentro de tres años -dijo Townsend.
Pocos minutos después de la medianoche, a punto de acabar la fiesta, un mensajero entró en el despacho del director para comunicarle que las prensas se habían estropeado. Townsend y Bruce bajaron inmediatamente a la imprenta y descubrieron que los obreros habían apagado las máquinas y se habían marchado a casa. Se remangaron las camisas y emprendieron la desesperada tarea de intentar volver a poner en marcha las prensas, pero pronto descubrieron que se había introducido literalmente un palo en la maquinaria. Al día siguiente sólo llegaron a los quioscos 131.000 ejemplares, ninguno de los cuales se pudo distribuir más allá de Birmingham, ya que los conductores de trenes habían acudido en apoyo de sus compañeros del sindicato de artes gráficas.
«NO SON MUCHOS LOS HABITANTES DEL NUEVO GLOBO», decía el titular del Citizen de la mañana siguiente. El periódico dedicaba toda la página cinco a sugerir que había llegado el momento de volver a imprimir el viejo Globe. Después de todo, el «inmigrante ilegal», como se empeñaban en llamar a Bruce, había prometido nuevos records de ventas y, en efecto, los había conseguido: el Citizen superaba ahora al Globe por una proporción de treinta a uno. Sí, ¡treinta a uno!
En la página siguiente, el Citizen ofrecía a sus lectores una apuesta de cien contra uno a que el Globe no podría sobrevivir más de seis meses. Townsend extendió inmediatamente un cheque por importe de mil libras y lo hizo entregar a mano en el despacho de Armstrong, pero no obtuvo acuse de recibo. No obstante, una llamada de Bruce a la Asociación de la Prensa se aseguró de que la historia fuera difundida por todos los demás periódicos.
En la primera página del Citizen del día siguiente, Armstrong anunció que había ingresado en el banco el cheque de mil libras de Townsend y declaraba que puesto que el Globe no tenía esperanzas de sobrevivir otros seis meses, ofrecería una donación de 50.000 libras al Fondo de Beneficencia de la Prensa y otras 50.000 libras a cualquier institución de caridad elegida por el señor Townsend. A finales de esa misma semana, Townsend había recibido ya más de cien cartas de destacadas instituciones caritativas en las que se le explicaba por qué debería elegir su causa particular.
Durante las pocas semanas que siguieron, el Globe raras veces logró imprimir más de 300.000 ejemplares diarios, un hecho que Armstrong no dejó de recordar a sus lectores. A medida que transcurrieron los meses, Townsend aceptó que finalmente tendría que llegar a un acuerdo con los sindicatos. Pero sabía que eso sería imposible mientras el Partido Laborista permaneciera en el poder.
30
Townsend dejó encendido el televisor de su despacho durante toda la noche, para informarse de los resultados electorales a medida que llegaban desde todos los rincones del país. Una vez que estuvo seguro de que Margaret Thatcher ocuparía el número 10 de Downing Street, escribió apresuradamente un editorial en el que aseguraba a los lectores que Gran Bretaña estaba a punto de embarcarse en una apasionante nueva era. Terminó con las palabras: «Abróchense los cinturones».