Выбрать главу

A las cuatro de la madrugada, al abandonar el edificio en compañía de Bruce, las palabras que le dijo Townsend antes de despedirse fueron:

– Sabe lo que esto significa, ¿verdad?

A la tarde siguiente, Townsend dispuso una entrevista privada en el hotel Howard con Eric Harrison, el secretario general del disidente sindicato de artes gráficas. Una vez terminada la reunión, el portero llamó a la puerta y preguntó si podía hablar con él en privado. Le contó a Townsend lo que había podido escuchar a un mozo del hotel por teléfono al regresar pronto de su descanso para tomar el té. Townsend no necesitó que le dijera quién estaba al otro lado de la línea telefónica.

– Lo despediré inmediatamente -le aseguró el portero-. Puede estar seguro de que eso no volverá a suceder.

– No, no -le pidió Townsend-. Déjelo exactamente en el puesto que ocupa ahora. Es posible que ya no pueda entrevistarme aquí con personas sin que Armstrong se entere, pero eso no me impedirá entrevistarme con personas cuando me interese que Armstrong se entere.

Durante la reunión mensual del consejo de administración de Armstrong Communications, el director financiero informó que, según sus estimaciones, el Globe debía seguir perdiendo cien mil libras a la semana. Por muy hondos que fueran los bolsillos de Townsend, esa clase de liquidez negativa no tardaría en vaciarlos.

Armstrong sonrió, pero no dijo nada hasta que sir Paul Maitland pasó al segundo punto del orden del día y le pidió que informara al consejo sobre su último viaje a Estados Unidos. Armstrong les puso al día de los avances conseguidos en Nueva York y pasó a decirles que tenía la intención de efectuar un nuevo viaje al otro lado del Atlántico en un próximo futuro, pues estaba convencido de que la empresa se encontraría dentro de poco en posición de efectuar una oferta pública de adquisición de acciones del New York Star.

Sir Paul indicó que le preocupaba la magnitud de una adquisición como aquella, y solicitó que no se llegara a ningún compromiso sin la aprobación del consejo de administración. Armstrong le aseguró que jamás se le habría ocurrido hacerlo de otro modo.

En el apartado de Otros asuntos, Peter Wakeham llamó la atención del consejo sobre un artículo del Financial Times en el que se decía que Keith Townsend había adquirido recientemente un gran bloque de almacenes en la isla de los Perros, y que una flota de camiones sin distintivos efectuaban con regularidad entregas nocturnas en aquellos almacenes.

– ¿Tiene alguien alguna idea de lo que se trata? -preguntó sir Paul, cuya mirada recorrió a los presentes.

– Sabemos que Townsend adquirió una empresa de camiones al hacerse cargo del Globe -dijo Armstrong-. Como le van las cosas tan mal con sus periódicos, quizá tenga que diversificar sus actividades en sectores más o menos afines.

Algunos miembros del consejo se echaron a reír, pero sir Paul no estuvo entre ellos.

– Eso no explicaría por qué Townsend ha montado un dispositivo de seguridad tan escrupuloso alrededor de esos almacenes -dijo-. Hay guardias de seguridad, perros, puertas eléctricas, alambradas en lo alto de los muros… Anda metido en algo.

Armstrong se encogió de hombros y lo miró con expresión de aburrimiento, de modo que sir Paul se vio obligado de mala gana a dar por concluida la reunión.

Tres días más tarde, Armstrong recibió una llamada del hotel Howard y el mozo que le mantenía informado le dijo que Townsend había pasado toda la tarde y buena parte de la noche encerrado en la suite FitzAlan con tres dirigentes de uno de los principales sindicatos de artes gráficas, que se negaban a hacer horas extras. Armstrong imaginó que estarían negociando mejoras salariales y de condiciones laborales, a cambio de que consiguieran que sus afiliados volvieran al trabajo.

El lunes siguiente se marchó a Estados Unidos, convencido de que Townsend estaría preocupado por los problemas que tenía en Londres, y que no podría encontrar un mejor momento para plantear su oferta de adquisición de acciones del New York Star.

Cuando Townsend convocó una reunión de todos los periodistas que trabajaban en el Globe, la mayoría de ellos imaginaron que el propietario había llegado finalmente a un acuerdo con los sindicatos, y que la reunión no sería más que un ejercicio de relaciones públicas para demostrar que lo había conseguido.

A las cuatro de aquella tarde, más de setecientos periodistas llenaban el piso de la redacción. Guardaron silencio en cuanto entraron Townsend y Bruce Kelly y abrieron filas para que el propietario se dirigiera al centro de la sala, donde se subió sobre una mesa. Observó al grupo de periodistas que estaban a punto de decidir su destino.

– Durante los últimos meses -empezó a decir con voz serena-, Bruce Kelly y yo hemos tratado de poner en marcha un plan que, estoy convencido de ello, cambiará nuestras vidas y posiblemente todo el panorama del periodismo en este país. Los periódicos no tienen esperanzas de sobrevivir en el futuro si continúan siendo dirigidos como lo han sido durante los últimos cien años. Alguien tiene que asumir una postura, y esa persona soy yo. Y éste es el momento para hacerlo. A partir de la medianoche del domingo, tengo la intención de transferir todas mis empresas de impresión y publicación a la isla de los Perros.

Entre los asistentes pudieron escucharse murmullos de sorpresa.

– Recientemente -siguió diciendo Townsend-, he alcanzado un acuerdo con Eric Harrison, secretario general del sindicato Alianza de Obreros Gráficos, que nos ofrecerá una oportunidad para desembarazarnos de una vez por todas del baluarte del taller agremiado.

Algunas personas empezaron a aplaudir. Otros parecían desconcertados y unos pocos abiertamente hostiles.

El propietario pasó a explicar a los periodistas la logística de una operación tan vasta.

– El problema de la distribución será solucionado por nuestra propia flota de camiones, lo que hará innecesario depender en el futuro de los sindicatos ferroviarios, que indudablemente emprenderán una huelga en apoyo de sus compañeros del sindicato de artes gráficas. Sólo confío en que todos ustedes me apoyen en esta aventura. ¿Hay alguna pregunta?

Se levantaron manos diseminadas por toda la sala. Townsend señaló a un hombre situado directamente delante de él.

– ¿Espera que los sindicatos monten piquetes en el nuevo edificio? Y, en tal caso, ¿qué medidas se propone tomar?

– La respuesta a la primera parte de su pregunta es afirmativa -contestó Townsend-. Por lo que se refiere a la segunda parte, la policía me ha aconsejado que no divulgue los detalles de lo que hemos planeado. Pero le puedo asegurar que cuento con el apoyo de la primera ministra y de su gobierno para poner en marcha toda esta operación.

En la sala se oyeron algunos gemidos. Townsend se volvió y señaló otra mano alzada.

– ¿Habrá alguna compensación para aquellos de nosotros que no estemos dispuestos a participar en este descabellado plan?

Se trataba de una cuestión que Townsend ya confiaba que sería planteada por alguien.

– Les aconsejo que lean sus contratos muy cuidadosamente -contestó-. En ellos encontrarán exactamente cuál es la compensación que recibirán en el caso de que tenga que cerrar el periódico.

Los murmullos aumentaron de tono a su alrededor.

– ¿Nos está amenazando, señor? -preguntó el mismo periodista.