Townsend se giró velozmente hacia él y contestó con ferocidad:
– No, no les amenazo. Pero si ustedes no me apoyan en esto, estarán amenazando la propia supervivencia de todos aquellos que trabajan para el Globe.
Numerosas manos se levantaron. Townsend señaló a una mujer situada al fondo.
– ¿Cuántos otros sindicatos han estado de acuerdo en apoyarle?
– Ninguno -contestó-. De hecho, espero que todos los demás inicien una huelga inmediatamente después de acabada esta reunión.
Señaló a otra persona y continuó contestando preguntas durante más de una hora. Cuando finalmente se bajó de la mesa, estaba claro que los periodistas se hallaban divididos acerca de si debían apoyar el plan o unirse a los otros sindicatos de artes gráficas y optar por una huelga general.
Más tarde, aquella misma noche, Bruce le dijo que el Sindicato Nacional de Periodistas había emitido un comunicado de prensa afirmando su intención de celebrar una asamblea de todos los empleados de Townsend a las diez de la mañana siguiente. En ella se decidiría qué respuesta debía darse a sus planteamientos. Una hora más tarde, Townsend emitió su propio comunicado de prensa.
Townsend pasó la noche en vela, preguntándose si acaso no se habría embarcado en un temerario juego que pusiera finalmente de rodillas a todo su imperio. La única buena noticia recibida en el último mes fue que su hijo más pequeño, Graham, que estaba en Nueva York con Kate, había pronunciado su primera palabra y ésta no era «periódico». Aunque había asistido al nacimiento del niño se le vio subir tres horas más tarde a un avión en el aeropuerto Kennedy. A veces se preguntaba si todo aquello merecía la pena.
A la mañana siguiente, tras haber sido conducido hasta sus oficinas, se sentó a solas en su despacho para esperar el resultado de la asamblea. Si decidían convocar una huelga, sabía que estaba derrotado. Después de su comunicado de prensa, en el que esbozaba sus planes, las acciones de la Global Corp. habían caído cuatro peniques de la noche a la mañana, mientras que las de Armstrong Communications, la evidente beneficiaria si se producían consecuencias, había aumentado el precio de sus acciones en dos peniques.
Pocos minutos después de la una, Bruce entró precipitadamente en su despacho, sin llamar.
– Le han apoyado -dijo. Townsend le miró y el color volvió a sus mejillas-. Pero ha sido por un margen muy escaso. Votaron 343 contra 301 a favor de apoyarle. Creo que su amenaza de cerrar el periódico si no lo hacían fue lo que finalmente inclinó la balanza en su favor.
Townsend llamó al Número Diez pocos minutos más tarde para informar a la primera ministra de que probablemente se produciría un enfrentamiento que quizá durara varias semanas. La señora Thatcher le prometió todo su apoyo. A medida que transcurrieron los días se puso rápidamente de manifiesto que él no había exagerado en nada: periodistas y obreros de artes gráficas por igual tuvieron que ser escoltados por la policía armada para entrar y salir del nuevo complejo; Townsend y Bruce Kelly recibieron protección policial permanente después de recibir amenazas anónimas de muerte.
Pero ése no resultó ser su único problema. Aunque los nuevos talleres de la isla de los Perros eran incuestionablemente los más modernos del mundo, algunos de los periodistas se quejaban de la vida que se esperaba tuvieran que soportar, y señalaban que en sus contratos no se decía nada sobre maltratos y, en ocasiones, incluso piedras que les arrojaban los cientos de sindicalistas al entrar cada mañana en la fortaleza Townsend y al abandonarla por la noche.
Las quejas de los periodistas no se quedaron ahí. Una vez que lograban entrar en las instalaciones, pocos de ellos se preocupaban por el ambiente de la línea de producción, los modernos teclados y computadoras que habían sustituido a sus viejas máquinas de escribir y no les gustaba, en particular, la prohibición de beber alcohol dentro de las instalaciones. Las cosas habrían resultado más fáciles si no se hubieran encontrado tan lejos de los locales habituales a los que solían acudir a beber en Fleet Street.
Durante el primer mes posterior al cambio, sesenta y tres periodistas dimitieron, y las ventas del Globe continuaron cayendo semana tras semana. Los piquetes de huelga se hicieron más y más violentos, y el director financiero le advirtió a Townsend que si las cosas continuaban del mismo modo durante mucho más tiempo, se agotarían hasta los recursos de la Global Corp. Después, le preguntó:
– ¿Vale la pena arriesgarse a afrontar la bancarrota sólo por demostrar que tiene razón?
Armstrong observaba encantado todo lo que sucedía desde el otro lado del Atlántico. El Citizen seguía aumentando sus ventas, y el precio de sus acciones se disparaba. Pero sabía que si Townsend lograba invertir la situación, tendría que regresar a Londres y poner rápidamente en marcha un plan similar.
Sin embargo, nadie pudo anticipar lo que sucedió a continuación.
31
La noche de un viernes de abril de 1982, mientras los británicos se quedaban dormidos, las tropas argentinas invadieron las islas Malvinas. La señora Thatcher convocó una sesión del Parlamento en un sábado, por primera vez en cuarenta años, y la Cámara votó a favor de enviar sin dilación una fuerza militar para recuperar las islas.
Alistair McAlvoy se puso en contacto con Armstrong, que estaba en Nueva York, y lo convenció para que el Citizen apoyara la postura del Partido Laborista en el sentido de que la solución no estaba en dar una respuesta patriotera, y que el problema debía ser solucionado por las Naciones Unidas. Armstrong no estaba muy convencido hasta que McAlvoy añadió:
– Esto es una aventura irresponsable que provocará la caída de la Thatcher. Créame, el Partido Laborista volverá al poder en el término de pocas semanas.
Townsend, por su parte, no abrigó la menor duda de que debía apoyar a la señora Thatcher y ordenó izar la Union Jack en el Globe. EL INTRUSO ARGENTINO, fue el titular de la edición del lunes, con una viñeta que representaba al general Galtieri como un malvado pirata. Cuando la fuerza militar operativa zarpó de Portsmouth y puso rumbo al Atlántico Sur, las ventas del Globe aumentaron a los 300.000 ejemplares. Durante las escaramuzas de los primeros días hasta el príncipe Andrés fue elogiado por su «valeroso y heroico servicio» como piloto de helicópteros. Cuando el submarino británico Conqueror hundió el General Belgrano, el 2 de mayo, el Globe informó al mundo: «¡En el blanco!», y las ventas volvieron a aumentar. Para cuando las fuerzas británicas recuperaron Port Stanley, el Globe ya vendía más de 500.000 ejemplares diarios, y las ventas del Citizen habían descendido ligeramente por primera vez desde que Armstrong se convirtiera en su propietario. En cuanto Peter Wakeham llamó a Armstrong a Nueva York para informarle de las últimas cifras de ventas, tomó el primer vuelo de regreso a Londres.
Semanas más tarde, cuando las triunfantes tropas británicas emprendieron el regreso a casa, el Globe ya vendía más de un millón de ejemplares diarios, mientras que el Citizen había descendido por debajo de los cuatro millones por primera vez en veinticinco años. En cuanto la flota entró en Portsmouth, el Globe lanzó una campaña para recaudar dinero para las viudas de aquellos valerosos esposos que habían hecho el sacrificio más definitivo de todos por su país. Día tras día, Bruce Kelly publicaba historias de heroísmo y orgullo, apoyadas por fotografías de las viudas y sus hijos…, todas las cuales resultaban ser lectoras del Globe.