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Al día siguiente del servicio religioso en memoria de los caídos, celebrado en la catedral de San Pablo, Armstrong convocó un consejo de guerra en el noveno piso de Armstrong House. De forma totalmente innecesaria, su director de circulación le recordó que la mayoría de los lectores del Globe los había ganado a expensas del Citizen. Alistair McAlvoy seguía aconsejándole que no se dejara arrastrar por el pánico. Al fin y al cabo, el Globe no era más que un periodicucho, mientras que el Citizen seguía siendo un periódico radical serio, con una gran reputación.

– Sería una estupidez bajar nuestros propios niveles simplemente para contrarrestar a un advenedizo cuyo periódico no sirve ni para envolver una ración de pescado y patatas fritas que se precie -dijo-. ¿Se imaginan al Citizen dejándose envolver en una competencia propia de un bingo? Ésa no sería más que otra de las ideas vulgares de Kevin Rushcliffe.

Armstrong tomó nota del nombre. Resultaba que el bingo había logrado aumentar las ventas del Globe en otros cien mil ejemplares diarios, y no veía razón alguna para que no pudiera hacer lo mismo por el Citizen. Pero también sabía que el equipo creado por McAlvoy a lo largo de los últimos diez años apoyaba por completo a su director.

– Observen el artículo de primera página del Globe de hoy -dijo Armstrong, en un último y desesperado esfuerzo por imponer su punto de vista-. ¿Por qué no conseguimos historias como esa?

– Porque Freddie Starr no es digno de aparecer ni siquiera en la página once del Citizen -contestó McAlvoy-. Y, en cualquier caso, ¿a quién le importan sus hábitos culinarios? Esa clase de historias se nos ofrecen cada día, pero no recibimos el puñado de demandas judiciales que suelen acompañarlas.

McAlvoy y su equipo abandonaron la reunión convencidos de haber persuadido al propietario de que no descendiera por el mismo camino seguido por el Globe.

La seguridad que tenían en sí mismos sólo duró hasta que las siguientes cifras de ventas llegaron a la mesa de Armstrong. Sin consultar con nadie, tomó el teléfono y acordó una cita para verse con Kevin Rushcliffe, el subdirector del Globe.

Rushcliffe llegó al edificio de Armstrong Communications a últimas horas de aquella misma tarde. No podía ofrecer un mayor contraste en comparación con Alistair McAlvoy. Ya durante la primera reunión, se dirigió a Dick como si fueran viejos amigos, y hablaba con tal rapidez que el propietario tenía que hacer esfuerzos para comprender lo que decía. Rushcliffe no le dejó dudas acerca de los cambios inmediatos que haría si se le diera la oportunidad de dirigir el Citizen.

– Los editoriales son demasiado suaves -afirmó-. Hay que hacerles saber a los lectores lo que se siente en apenas un par de frases. No emplear palabras con más de tres sílabas, ni frases con más de diez palabras. Ni siquiera hay que tratar de influir sobre ellos. Sólo hay que asegurarse de que pidan lo que ya desean.

Un Armstrong insólitamente avasallado le explicó al joven que tendría que empezar como subdirector.

– Porque el contrato de McAlvoy no expira hasta dentro de siete meses.

Armstrong estuvo a punto de cambiar de opinión cuando Rushcliffe le dijo el paquete que esperaba recibir. No habría dado tan fácilmente su brazo a torcer si hubiera conocido las condiciones del contrato de Rushcliffe con el Globe, o el hecho de que Bruce Kelly no tenía la intención de renovárselo a finales de año. Tres días más tarde le envió un memorándum a McAlvoy comunicándole que había nombrado subdirector a Kevin Rushcliffe.

McAlvoy consideró la alternativa de protestar por el hecho de que se le impusiera al subdirector del Globe, pero su esposa le indicó que tenía previsto jubilarse en siete meses más, con jubilación completa, y que no era éste el momento más adecuado para sacrificar su trabajo en el altar de los principios. A la mañana siguiente, al llegar a su despacho, McAlvoy se limitó a desdeñar a su nuevo subdirector y sus ideas precipitadas para la primera página del día siguiente.

Cuando el Globe publicó un desnudo en la página tres y vendió dos millones de ejemplares por primera vez, McAlvoy convocó una conferencia matinal de sus colaboradores.

– En este periódico, eso sólo se hará pasando por encima de mi cadáver -declaró.

Nadie se atrevió a señalar que dos o tres de sus mejores periodistas habían abandonado recientemente el Citizen para pasarse al Globe, mientras que sólo Rushcliffe había efectuado el trayecto en sentido contrario.

Como Armstrong seguía pasando una gran cantidad de su tiempo preparando la batalla de absorción en Nueva York, continuó aceptando de mala gana las opiniones de McAlvoy, debido en buena medida a que no quería despedir al director más experimentado cuando sólo faltaban pocas semanas para las elecciones generales.

Después de que Margaret Thatcher regresara a la Cámara de los Comunes con una mayoría de 144 escaños, el Globe consideró la victoria como suya y declaró que eso aceleraría sin duda la caída del Citizen. Varios comentaristas se apresuraron a señalar la ironía de aquella afirmación.

Cuando Armstrong regresó a Inglaterra a la semana siguiente para asistir a la reunión mensual del consejo de administración, sir Paul planteó el tema del descenso de las ventas del periódico.

– Mientras que el Globe sigue aumentando su tirada cada mes -observó Peter Wakeham desde el otro extremo de la mesa.

– ¿Qué vamos a hacer al respecto? -preguntó el presidente, que se volvió a mirar a su director general.

– Ya he puesto en marcha algunos planes -contestó Armstrong.

– ¿Y vamos a ser informados de esos planes? -preguntó sir Paul.

– Informaré ampliamente al consejo en nuestra próxima reunión -contestó Armstrong.

Al día siguiente, Armstrong llamó a McAlvoy, sin molestarse en consultar con ningún miembro del consejo. Al entrar el director del Citizen en el despacho del propietario, Armstrong ni siquiera se levantó para saludarlo y tampoco le sugirió que se sentara.

– Estoy seguro de que ya sabrá por qué le he pedido que viniera a verme -dijo.

– No, Dick, no tengo ni la menor idea -replicó McAlvoy con expresión inocente.

– Bueno, acabo de ver las cifras de tirada del pasado mes. Si continuamos a este ritmo, el Globe estará vendiendo más ejemplares que nosotros para finales de año.

– Y usted seguirá siendo el propietario de un gran periódico nacional, mientras que Townsend seguirá publicando un periodicucho.

– Quizá sea así, pero yo debo tener en cuenta a un consejo de administración y a unos accionistas.

McAlvoy no recordaba que Armstrong hubiera mencionado nunca al consejo de administración o a los accionistas. Eso es el último refugio de un propietario, estuvo a punto de decirle. Entonces recordó la advertencia que le había hecho su abogado, en el sentido de que todavía faltaban cinco meses para que expirara su contrato, y el consejo de que no sería prudente provocar a Armstrong.

– Supongo que habrá visto los titulares del Globe de esta mañana, ¿verdad? -preguntó Armstrong, que levantó con una mano el periódico de su rival.

– Desde luego que lo he visto -asintió McAlvoy observando las gruesas letras del titular: «Destacada estrella del pop involucrada en un escándalo de drogas».

– El nuestro dice: «Beneficios extra para las enfermeras».

– A nuestros lectores les encantan las enfermeras -observó McAlvoy.

– Es posible que a nuestros lectores les encanten las enfermeras -dijo Armstrong hojeando el periódico-, pero, por si acaso no se ha dado cuenta, el Globe publica la misma historia en la página siete. Está bastante claro para mí, aunque quizá no lo esté para usted, que a la mayoría de nuestros lectores les interesan mucho más las estrellas del pop y los escándalos con drogas.