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Lubji permaneció despierto, sin dejar de pensar que podría haber muerto sin llegar a experimentar tanto placer. Dejó transcurrir unas pocas horas antes de despertarla. Esta vez, sin embargo, no permaneció inmóvil como antes; sus manos descubrieron continuamente diferentes partes del cuerpo de Mari, y disfrutó mucho más de esta segunda experiencia. Luego, los dos se quedaron dormidos.

Al día siguiente, cuando la caravana reanudó la marcha, Rudi le dijo a Lubji que durante la noche habían cruzado otra frontera, y que ahora se encontraban en Yugoslavia.

– ¿Y cómo se llaman esas colinas cubiertas de nieve? -preguntó Lubji.

– Desde la distancia pueden parecer colinas -contestó Rudi-, pero son los traicioneros Alpes Dináricos. Mis carromatos no pueden cruzarlos hasta la costa. -Guardó silencio durante un rato, antes de añadir-: Pero un hombre decidido podría conseguirlo.

Viajaron durante tres días más y sólo se detenían a descansar unas pocas horas cada noche, evitando los pueblos y ciudades, hasta que finalmente llegaron al pie de la cordillera.

Aquella noche, Lubji permaneció despierto mientras Mari dormía sobre su hombro. Se dedicó a pensar en su nueva vida y en la felicidad experimentada durante las últimas pocas semanas, y se preguntó si realmente deseaba separarse del pequeño grupo y seguir de nuevo el camino por su cuenta y riesgo. Pero decidió que si quería escapar de las iras de los alemanes, tenía que llegar de algún modo al otro lado de aquellas montañas y encontrar un barco que lo llevara lo más lejos posible. A la mañana siguiente se vistió bastante antes de que Mari se despertara. Después de tomar el desayuno, recorrió el campamento y se fue despidiendo de cada uno de sus compatriotas, para terminar por Rudi.

Mari esperó hasta que regresó a su carromato. Lubji se inclinó hacia ella, la tomó en sus brazos y la besó por última vez. Mari permaneció aferrada a él incluso después de que Lubji dejara caer los brazos a lo largo de los costados. Cuando finalmente lo soltó, le entregó un gran hato con comida. Lubji le sonrió y luego emprendió rápidamente la marcha, alejándose del campamento, hacia las faldas de la cordillera. A pesar de que la oyó seguirle durante los primeros pasos, no se volvió a mirarla en ningún momento.

Lubji continuó su caminata, adentrándose en las montañas, hasta que se hizo demasiado oscuro como para ver lo que tenía por delante. Eligió una gran roca que le protegiera de lo peor del cortante viento, pero incluso encogido sobre sí mismo estuvo a punto de helarse. Aquella noche no pudo dormir, se alimentó con la comida que le había entregado Mari y no dejó de pensar en la calidez de su cuerpo.

En cuanto amaneció volvió a ponerse en marcha, sin detenerse apenas más que unos pocos momentos muy de vez en cuando. A la caída de la noche se preguntó si aquel viento, cortante y frío, terminaría por congelarlo mientras dormía. Pero a la mañana siguiente se despertó con el brillo del sol en sus ojos.

Al final de la tercera jornada se había quedado sin comida y su vista no podía ver más que montañas en todas direcciones. Se preguntó entonces por qué había abandonado a Rudi y a su pequeño grupo de gitanos.

A la cuarta mañana apenas si podía colocar un pie por delante del otro; quizá la muerte por inanición consiguiera lo que los alemanes no habían podido rematar. Al caer la noche del quinto día caminaba hacia adelante sin objetivo, casi indiferente a su propio destino, cuando, de repente, creyó ver un hilillo de humo que se elevaba en la distancia.» Pero tuvo que pasar otra noche de frío terrible antes de que el parpadeo de unas luces le confirmaran lo que veían sus ojos. Allí, delante de él, había un pueblo, y más allá estaba el mar, que veía por primera vez.

Descender de las montañas quizá fuera más rápido que subirlas, pero no fue por ello menos traicionero. Se cayó varias veces y no consiguió llegar a las llanuras verdes antes de la puesta del sol. Afortunadamente, la luna asomó por entre las nubes y permitió iluminar su lento avance.

La mayoría de las lámparas de las pequeñas casas ya se habían apagado cuando llegó al borde del pueblo, pero continuó su avance, tambaleante, confiado en encontrar a alguien que todavía estuviera despierto. Al llegar a la primera casa, que parecía como si formara parte de una pequeña granja, pensó en llamar a la puerta, pero como no vio ninguna luz encendida, decidió no hacerlo. Esperaba a que reapareciera la luna por detrás de unas nubes cuando creyó distinguir un cobertizo en el extremo más alejado del patio. Se abrió paso lentamente hacia la destartalada construcción. Las gallinas, entre la paja, cacarearon al apartarse de su camino, y estuvo a punto de tropezar con una vaca negra, que no tenía la intención de moverse para dejar paso al extraño. La puerta del cobertizo estaba medio abierta. Entró, se derrumbó sobre un montón de paja y se quedó profundamente dormido.

Al despertar a la mañana siguiente se dio cuenta de que no podía mover el cuello, que estaba firmemente sujeto al suelo. Pensó por un momento que debía de estar de regreso en la mazmorra, hasta que abrió los ojos y vio a una corpulenta figura de pie ante él. El hombre sostenía una alargada horca, que era la razón por la que él no podía moverse.

El campesino espetó unas palabras en otro idioma extraño. Lubji sólo sintió alivio al comprobar que no era alemán. Levantó los ojos al cielo y agradeció a sus maestros la amplitud de la educación recibida. Lubji le dijo al hombre que sostenía la horca que había llegado procedente de las montañas, después de escapar de los alemanes. El campesino lo miró con incredulidad, hasta que observó la cicatriz dejada por la bala en el hombro de Lubji. Su padre había sido el propietario de la granja antes que él, y nunca le oyó hablar de nadie que hubiera cruzado aquellas montañas.

Condujo a Lubji hasta la granja, sin soltar la horca, que sostenía con firmeza. Mientras desayunaba huevos con tocino y gruesas rebanadas de pan servidas por la esposa del granjero, Lubji les contó, más con gestos que con palabras, lo que había tenido que pasar durante los últimos pocos meses. La esposa del campesino le miró con simpatía y no dejó de llenarle el plato en cuanto lo vaciaba. El campesino habló poco, y seguía pareciendo receloso.

Cuando Lubji terminó de contar su historia, el campesino le advirtió que, a pesar de las valerosas palabras de Tito, el líder partisano, no creía que los alemanes tardaran mucho en invadir Yugoslavia, ante lo que Lubji se preguntó si habría algún país a salvo de las ambiciones del Führer. Quizá tuviera que pasarse el resto de su vida huyendo de él.

– Tengo que llegar a la costa -dijo-. Entonces podré subir a un barco y cruzar el océano…

– No importa a dónde vayas -dijo el campesino-, siempre que te alejes todo lo posible de esta guerra. -Hundió los dientes en una manzana-. Si vuelven a cogerte, no te dejarán escapar una segunda vez. Encuentra un barco, cualquier barco. Vete a América, a México, a las Antillas o incluso a África -le aconsejó el campesino.

– ¿Cómo puedo llegar al puerto más cercano?

– Dubrovnik está a doscientos kilómetros al sureste de donde nos encontramos -le informó el campesino, que encendió una pipa-. Allí encontrarás muchos barcos dispuestos a alejarse de esta guerra.

– Tengo que marcharme en seguida -dijo Lubji, que se levantó de un salto.