Rum Punch se mantuvo en cabeza durante toda la carrera, y aunque otro caballo empezó a ganarle terreno, Keith echó los brazos al cielo cuando pasaron ante el poste indicador de meta. Se dirigió hacia la casilla de las apuestas para recoger sus ganancias.
En ese momento sonó un anuncio por los altavoces: «El resultado de la primera carrera de la tarde se retrasa y será dado a conocer dentro de unos minutos, ya que tiene que hacerse una comprobación de foto-fija entre Rum Punch y Colonus». Keith no abrigaba la menor duda de que, desde donde él estaba, Rum Punch había ganado, y no comprendía por qué razón tenían que recurrir a una fotografía para determinarlo. Imaginó que, probablemente, los empleados tenían que aparentar que cumplían con su deber. Miró el reloj y se acordó de Betsy.
«He aquí el resultado de la primera carrera -tronó una voz por el sistema de altavoces-. El ganador es el número once, Colonus, con cinco a cuatro, por una corta cabeza por delante de Rum Punch, con siete a uno.»
Keith lanzó una maldición en voz alta. Si al menos hubiera apoyado a Rum Punch con una apuesta colocado, habría duplicado su dinero. Rompió el billete y se dirigió hacia la salida. Cuando ya se dirigía hacia la bicicleta, miró hacia la cartelera para la próxima carrera. Drumstick se encontraba entre los participantes, y bien situado al principio. El paso de Keith se hizo más lento. En el pasado había ganado en dos ocasiones al apostar por Drumstick, y estaba seguro de que podrían convertirse en tres veces seguidas. Su único problema era que había apostado todos sus ahorros por Rum Punch.
Mientras continuaba hacia la bicicleta, recordó que tenía autoridad para retirar dinero de una cuenta en el Banco de Australia que mostraba un saldo de más de cuatro mil libras.
Comprobó la cartelera para ver cuáles eran los otros caballos, y no vio a ninguno que pudiera poner en peligro la segura victoria de Drumstick. Esta vez, apostaría cinco libras a que el caballo quedaría en cualquiera de los tres primeros puestos, de modo que a unas apuestas de tres por uno, podía estar seguro de recuperar su dinero, aunque Drumstick llegara en tercer puesto. Keith cruzó el torniquete de salida, tomó la bicicleta y pedaleó furiosamente un kilómetro y medio hasta encontrar el banco más cercano. Entro corriendo y extendió un cheque por importe de diez libras.
Todavía faltaban quince minutos para que empezara la segunda carrera, de modo que estaba bastante seguro de cobrar el cheque y regresar a tiempo para hacer su apuesta. El empleado sentado tras la rejilla miró al cliente, observó el cheque y llamó por teléfono a la sucursal del banco de Keith, en Melbourne, donde le confirmaron inmediatamente que el señor Townsend tenía firma en esa cuenta en particular, y que disponía de saldo suficiente. A las dos y cincuenta y tres minutos, el empleado empujó un billete de diez libras hacia el impaciente joven.
Keith pedaleó de regreso al hipódromo a una velocidad que habría impresionado al capitán del equipo de atletismo, abandonó la bicicleta y echó a correr hacia la taquilla de apuestas más cercana. Apostó cinco libras a cada puesto por Drumstick, con Honest Syd. En cuanto se levantó la barrera, corrió rápidamente hacia las barandillas y llegó a tiempo para ver la mêlée de caballos que pasaron ante él por el primer circuito. Casi no pudo creer lo que vieron sus ojos. Drumstick tuvo que haber hecho una salida retrasada, porque iba a la cola del resto de caballos sobre la pista al iniciarse la segunda vuelta y, a pesar de su valeroso esfuerzo por llegar bien situado a la meta, sólo consiguió un cuarto puesto.
Keith comprobó los caballos y jinetes de la tercera carrera y rápidamente regresó en bicicleta al banco, sin que su trasero descansara ni un momento sobre el sillín. En esta ocasión extendió un cheque por importe de 20 libras. Se hizo otra llamada telefónica y, en esta ocasión, el ayudante del director del banco, en Melbourne, pidió hablar personalmente con Keith. Una vez establecida la identidad de Keith, autorizó el pago del cheque.
A Keith no le fueron mejor las cosas en la tercera carrera y para cuando se anunció por los altavoces el ganador de la sexta carrera, ya había retirado 100 libras de la cuenta del pabellón de críquet. El regreso hacia la oficina de Correos lo hizo lentamente, sin dejar de darle vueltas a las consecuencias de lo ocurrido aquella tarde. Sabía que la cuenta sería controlada a finales de mes por el tesorero de la escuela, y que si se le planteaba alguna duda acerca de depósitos y retiradas de dinero, informaría al director, que pediría a su vez una aclaración al banco. El ayudante del director le informaría entonces que el señor Townsend había telefoneado en cinco ocasiones desde una sucursal situada cerca del hipódromo durante la tarde del miércoles en cuestión, insistiendo en cada ocasión para que se le pagara el cheque. Keith podía estar seguro de ser expulsado; durante el curso anterior, un chico había sido expulsado por robar una botella de tinta. Pero lo que era peor, mucho peor que ninguna otra cosa, es que la noticia se publicaría en la primera página de todos los periódicos de Australia que no fueran propiedad de su padre.
A Betsy le sorprendió que Keith no se acercara para hablar con ella después de dejar la bicicleta detrás de la oficina de Correos. Regresó andando a la escuela, sabiendo perfectamente bien que sólo disponía de tres semanas para conseguir cien libras. Se dirigió directamente a su habitación y trató de concentrarse en antiguos ejercicios de exámenes, pero no podía evitar que su mente volviera una y otra vez a pensar en aquellos cobros irregulares. Se le ocurrieron una docena de historias que, en diferentes circunstancias, habrían podido parecer verosímiles. Pero ¿cómo explicar que hubiera cobrado los cheques a intervalos de treinta minutos y en una sucursal bancaria tan cercana al hipódromo?
A la mañana siguiente consideró incluso la idea de alistarse en el ejército y conseguir que lo enviaran a Birmania, antes de que nadie descubriera lo que había hecho. Quizá si lo mataban en una acción heroica y conseguía la Cruz Victoria, nadie se atreviera a mencionar en su entierro las cien libras que faltaban. Lo único que no consideró fue hacer una apuesta a la semana siguiente, ni siquiera después de haber recibido otro «consejo seguro» por parte del mismo mozo de cuadras. No le ayudó en nada leer en el Sporting Globe del día siguiente que aquel «consejo seguro» había entrado en primer puesto, con unas apuestas de diez a uno.
Fue durante la hora de estudio del lunes siguiente, mientras Keith se esforzaba por redactar un ensayo sobre el patrón oro, cuando le entregaron una nota manuscrita en su cuarto. En ella se decía, simplemente: «El director quiere verle inmediatamente en su despacho».
Keith sintió náuseas. Dejó sobre la mesa el ensayo a medio redactar y se encaminó lentamente hacia la casa del director. ¿Cómo podía haberlo descubierto con tanta rapidez? ¿Acaso el banco había decidido cubrirse las espaldas y comunicarle al tesorero las retiradas irregulares de fondos? ¿Cómo podían estar seguros de que aquel dinero no se hubiera empleado en gastos perfectamente legítimos? Casi pudo escuchar al director preguntarle con sarcasmo: «Y bien, Townsend, ¿cuáles han sido esos "gastos legítimos" retirados del banco a intervalos de treinta minutos de una sucursal cercana al hipódromo durante el miércoles por la tarde?».
Keith subió los escalones que conducían a la casa del director. Sentía náuseas y un sudor frío. La doncella le abrió la puerta incluso antes de que él pudiera llamar. Lo acompañó directamente al despacho del señor Jessop sin decir una sola palabra. Al entrar en el despacho le pareció que nunca había visto una expresión tan adusta en el rostro del director. Miró hacia el otro lado de la estancia y vio que su jefe de curso estaba sentado en un sofá, en la esquina. Keith permaneció de pie, consciente de que en esta ocasión no se le invitaría ni a sentarse ni a tomar una copa de jerez.