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El presidente del tribunal consideró por unos momentos el caso de Lubji Hoch y luego decidió la solución más fácil.

– Enviarlo al campo de internamiento… y volveremos a verlo dentro de seis meses. Entonces podrá volver a contarnos su historia, y sólo tendremos que comprobar cuántas cosas han cambiado.

Lubji asistió a las sesiones del tribunal sin comprender una sola palabra de lo que dijo el presidente, pero esta vez, al menos, le proporcionaron los servicios de un intérprete, de modo que pudo seguir todo el procedimiento. Durante el viaje de regreso al campo de internamiento, tomó una decisión. Cuando revisaran su caso, al cabo de seis meses, no necesitaría que nadie tradujera sus palabras.

Eso, sin embargo, no resultó ser tan fácil como había imaginado, porque una vez de regreso en el campo, al encontrarse entre sus compatriotas, ninguno de ellos mostró el menor interés por hablar otro idioma que no fuera el checo. De hecho, lo único que le enseñaron fue a jugar al póquer y no tardó mucho tiempo en derrotarlos a todos en su propio juego. La mayoría de ellos imaginaban que regresarían a su país, una vez terminada la guerra.

Lubji era el primer internado en levantarse por la mañana, y molestaba permanentemente a sus compañeros al tratar de superarles a cada uno de ellos, trabajar más que ninguno y aventajarlos en todo lo posible. La mayoría de los checos lo consideraban como poco más que un rufián ruteno, pero puesto que ahora ya se había convertido en un joven corpulento, de más de un metro ochenta de estatura, y seguía creciendo, ninguno de ellos se atrevió a expresar ningún tipo de opinión delante de él.

Ya había transcurrido una semana desde que regresara al campo cuando se dio cuenta por primera vez de la presencia de aquella mujer. Volvía a su barracón, después del desayuno cuando vio a una mujer vieja que empujaba una bicicleta cargada de periódicos, colina arriba. Al cruzar las puertas de entrada al campo, no pudo distinguir su rostro con claridad, porque llevaba una bufanda sobre la cabeza, como forma de protegerse del cortante viento. Empezó a repartir los periódicos, primero en el cuarto de oficiales y luego, una tras otra, en las pequeñas casetas ocupadas por los suboficiales. Lubji rodeó el terreno donde formaban filas y empezó a seguirla, con la esperanza de que aquella persona pudiera ser la que le ayudara. Cuando la bolsa que llevaba sobre el manillar de la bicicleta quedó vacía, la mujer se dirigió hacia las puertas del campo. Al pasar junto a Lubji, él la saludó.

– Hola.

– Buenos días -contestó ella.

Montó en la bicicleta y cruzó las puertas, para desaparecer colina abajo sin decir nada más.

A la mañana siguiente, Lubji no se molestó en acudir a desayunar y permaneció junto a las puertas del campo, sin dejar de mirar colina abajo. Al verla empujar la bicicleta cargada por la cuesta, echó a correr hacia ella, antes de que el guardia de la puerta pudiera detenerle.

– Buenos días -le dijo, y le tomó la bicicleta para ayudarla a subir los últimos metros.

– Buenos días -contestó ella-. Soy la señora Sweetman. ¿Qué tal andamos hoy?

Lubji se lo habría dicho, si hubiera tenido la más ligera idea de cómo expresarlo.

Mientras la mujer efectuaba sus rondas, él la ayudó ávidamente a efectuar las entregas. Una de las primeras palabras que aprendió en inglés fue «periódico». Después de eso, se impuso a sí mismo la tarea de aprender diez palabras nuevas al día.

Al final del mes, el guardián del campo ni siquiera parpadeaba cuando Lubji pasaba cada mañana junto a él para acudir a recibir a la mujer al pie de la cuesta.

Al segundo mes ya estaba sentado cada mañana, a las seis, ante la puerta de la tienda de la señora Sweetman, para hacerse cargo del montón de periódicos que colocaba ya en el orden correcto antes de empujar la bicicleta cargada cuesta arriba. Cuando la mujer solicitó mantener una entrevista con el comandante del campo, a principios del tercer mes, el mayor le dijo que no había ningún inconveniente en que Hoch trabajara para ella unas pocas horas al día en la tienda del pueblo, siempre y cuando regresara antes de pasar lista.

La señora Sweetman descubrió rápidamente que el suyo no era el primer quiosco de prensa para el que había trabajado el joven, y no hizo el menor intento por detenerlo cuando cambió la posición de las estanterías, reorganizó los horarios de entrega y, un mes más tarde, se hizo cargo de las cuentas. Tampoco le sorprendió descubrir, varias semanas más tarde de poner en práctica las sugerencias de Lubji, que los beneficios aumentaban por primera vez desde 1939.

Siempre que la tienda estaba vacía, la señora Sweetman ayudaba a Lubji con su inglés, leyéndole en voz alta los artículos publicados en la primera página del Citizen. A continuación, Lubji trataba de leerle el mismo artículo. Ella se echaba a reír a menudo con lo que llamaba sus «errores garrafales» de pronunciación, pero eso no fueron más que otras palabras más que Lubji añadió a su vocabulario.

Cuando el invierno dio paso a la primavera sólo se producía algún que otro «error garrafal» ocasional y no transcurrió mucho tiempo más antes de que Lubji fuera capaz de sentarse tranquilamente en un rincón y leer por sí solo, para consultar con la señora Sweetman sólo cuando se encontraba con una palabra que desconocía. Bastante antes de que tuviera que presentarse de nuevo ante el tribunal, había pasado a estudiar los artículos de opinión del Manchester Guardian, y una mañana, cuando la señora Sweetman se quedó mirando fijamente la palabra «indolente», sin poder ofrecerle una explicación, Lubji decidió ahorrarle el mal trago y consultar en el futuro el diccionario Oxford de bolsillo que había permanecido hasta entonces acumulando polvo bajo el mostrador.

– ¿Necesita de un intérprete? -le preguntó el presidente del tribunal.

– No, gracias, señor -fue la respuesta inmediata de Lubji.

El presidente enarcó una ceja. Estaba seguro de que cuando entrevistó por última vez a este hombre corpulento, apenas seis meses antes, no había podido comprender una sola palabra de inglés. ¿No fue el mismo que los mantuvo a todos boquiabiertos con su improbable historia de las cosas que le habían ocurrido hasta que llegó a Liverpool? Ahora repetía exactamente la misma historia y, aparte de unos pocos errores gramaticales y de su terrible acento de Liverpool, su narración causó mucho más efecto sobre el tribunal que cuando la contó por primera vez a través de un intérprete.

– Muy bien, ¿qué le gustaría hacer a continuación, Hoch? -le preguntó una vez que el joven checo hubo terminado de contar su historia.

– Desearía unirme a un viejo regimiento y contribuir a ganar la guerra -fue la respuesta previamente preparada de Lubji.

– Eso quizá no sea tan fácil, Hoch -dijo el presidente, que le sonrió con expresión bonachona.

– Si no me dan un rifle, mataré alemanes con mis propias manos -dijo Lubji, desafiante-. Sólo tienen que ofrecerme la oportunidad para demostrarlo.

El presidente le sonrió de nuevo antes de hacerle un gesto al sargento de servicio, que se puso firmes y sacó a Lubji bruscamente de la estancia.

Lubji no supo durante varios días el resultado de las deliberaciones del tribunal. Se dedicaba a entregar los periódicos de la mañana en el cuarto de oficiales cuando un cabo se dirigió hacia él, y le dijo, sin mayores preámbulos:

– Está bien, el comandante quiere verle.

– ¿Cuándo? -preguntó Lubji.

– Ahora -contestó el cabo y sin añadir nada más, se dio media vuelta y se alejó.

Lubji dejó los demás periódicos en el suelo y lo siguió cuando ya desaparecía entre la niebla matinal que se extendía sobre el terreno de formación de filas, para dirigirse hacia el edificio de oficinas. Ambos se detuvieron ante una puerta marcada con un letrero que decía: «Oficial comandante».

El cabo llamó y en cuanto oyó la palabra «Entre», abrió la puerta, entró, se puso firmes ante la mesa del despacho del coronel y saludó.