– Se presenta Och, según lo ordenado, señor -gritó, casi como si estuviera todavía en el exterior.
Lubji se detuvo directamente por detrás del cabo, que estuvo a punto de derribarlo al dar un paso hacia atrás.
Lubji observó al oficial elegantemente vestido sentado tras la mesa. Lo había visto en una o dos ocasiones anteriores, pero sólo a distancia. Se puso firmes y se llevó la palma de la mano a la sien, tratando de imitar el saludo del cabo. El comandante lo miró un momento y luego volvió a fijarse en la única hoja de papel que tenía sobre la mesa.
– Hoch -empezó a decir-. Tiene que ser trasladado desde este campo hasta un campo de entrenamiento en Staffordshire, donde se unirá al Cuerpo de Zapadores, como soldado raso.
– Sí, señor -gritó Lubji, sintiéndose feliz.
La mirada del coronel siguió fija en la hoja de papel.
– Abandonará el campo mañana a las siete en punto.
– Sí, señor.
– Antes, preséntese al administrativo de servicio, que le proporcionará la documentación necesaria, incluido un pase para el ferrocarril.
– Sí, señor.
– ¿Alguna pregunta, Hoch?
– Sí, señor -contestó Lubji-. ¿Se dedica el Cuerpo de Zapadores a matar alemanes?
– No, Hoch, no se dedican a eso -contestó el coronel con una sonrisa-, pero se esperará de usted que ofrezca una inestimable ayuda a quienes lo hacen.
Lubji sabía muy bien lo que significaba la palabra «valiosa», pero no estaba muy seguro de saber lo que significaba «inestimable». Tomó buena nota para averiguarlo en cuanto regresara a su barracón.
Aquella tarde se presentó al administrativo de servicio, tal como se le había ordenado, y se le entregó un pase para los ferrocarriles y diez chelines. Una vez que hubo recogido sus pocas pertenencias, descendió la colina por última vez para darle a la señora Sweetman las gracias por todo lo que había hecho por él durante los últimos siete meses al ayudarle a aprender inglés. Miró el significado de la nueva palabra en el diccionario situado bajo el mostrador, y le dijo a la señora Sweetman que su ayuda había sido inestimable. A ella no le importó admitir ahora ante el joven extranjero que hablaba su idioma mejor que ella.
A la mañana siguiente, Lubji tomó un autobús hasta la estación, a tiempo para tomar el tren de las 7,20 hacia Stafford. Cuando llegó, después de tres cambios de tren y varios retrasos, se había leído el Times de cabo a rabo.
En Stafford encontró un jeep que lo esperaba. Tras el volante se sentaba un cabo del regimiento North Staffordshire, con aspecto tan elegante que Lubji lo llamó «señor». Durante el trayecto hasta los barracones el cabo no le dejó a Lubji la menor duda de que la forma de vida más inferior estaba compuesta por los «culíes», palabra que Lubji no acabó de entender.
– Deseo tomar parte en la acción de combate -le dijo Lubji con firmeza-, y no soy ningún gandul, ¿verdad?
– Se necesita a uno que lo sea para saberlo -replicó el cabo.
Poco después el jeep se detenía frente al barracón de intendencia.
Una vez que a Lubji le hubieron entregado un uniforme de soldado, pantalones unos pocos centímetros más cortos de su talla, dos camisas caqui, dos pares de calcetines grises, una corbata marrón (de algodón), una cantimplora, cuchillo, tenedor y cuchara, dos mantas, una sábana y un almohadón, fue acompañado a su nuevo barracón, y se encontró alojado en compañía de veinte reclutas de la zona de Staffordshire que, antes de ser llamados a filas, habían trabajado principalmente como alfareros y mineros del carbón. Tardó algún tiempo en darse cuenta de que, a pesar de todo, hablaban el mismo idioma que le había enseñado la señora Sweetman.
Durante las pocas semanas siguientes, Lubji hizo poco más que excavar trincheras, limpiar letrinas y, de vez en cuando, conducir camiones cargados de basura para arrojarla a un estercolero situado a unos tres kilómetros del campamento. Ante el descontento de sus camaradas, siempre trabajaba más duramente y durante más tiempo que ninguno de ellos. Pronto descubrió por qué el cabo pensaba que los culíes no eran más que un puñado de gandules.
Cada vez que Lubji vaciaba los cubos de basura situados por detrás del cuarto de oficiales, retiraba cualquier periódico que hubieran tirado, por antiguo que fuese. Por la noche, tumbado en su estrecho catre, con las piernas sobresaliéndole por el extremo, pasaba lentamente las páginas de cada periódico. Le interesaban sobre todo las noticias sobre la marcha de la guerra, pero cuanto más leía tanto más temía que la acción pudiera llegar a terminarse, y que la última batalla se hubiese librado antes de que se le diera ninguna oportunidad de matar a alemanes.
Lubji llevaba casi seis meses de «culi» cuando leyó en las órdenes de la mañana que el regimiento North Staffordshire tenía previsto celebrar su torneo anual de boxeo para seleccionar a los representantes para los campeonatos nacionales del ejército, que se celebrarían a finales de ese mismo año. A la sección de Lubji se le encargó la responsabilidad de preparar el cuadrilátero y montar las sillas en el gimnasio, de modo que todo el regimiento pudiera asistir a la final. La orden estaba firmada por el oficial de servicio, el teniente Wakeham.
Una vez montado el cuadrilátero en el centro del gimnasio, Lubji se dedicó a desplegar las sillas y colocarlas en hileras a su alrededor. A las diez, se concedió un descanso de quince minutos a la sección, y la mayoría de sus miembros se marcharon a tomar algo a la cantina, pero Lubji se quedó en el gimnasio y se dedicó a observar a los boxeadores, que se entrenaban.
Cuando el campeón de los pesos pesados del regimiento, un hombre de cien kilos de peso, subió al cuadrilátero por entre las cuerdas, el instructor no pudo encontrarle un sparring adecuado, de modo que el campeón tuvo que contentarse con golpear el saco, que le sujetaba el soldado más corpulento disponible. Pero nadie podía sostener por mucho tiempo el abultado saco, y después de que varios hombres quedaran agotados, el campeón empezó a boxear con su sombra, mientras su entrenador lo animaba a dejar fuera de combate a un oponente invisible.
Lubji observó impresionado, hasta que entró en el gimnasio un hombre delgado de algo más de veinte años, con una estrella en la hombrera, que parecía como si acabara de salir de la escuela. Lubji se apresuró a continuar con su trabajo de desplegar sillas. El teniente Wakeham se detuvo junto al cuadrilátero y frunció el ceño al ver al campeón de pesos pesados luchar contra su propia sombra.
– ¿Qué problema hay, sargento? ¿No encuentra a nadie que le sirva de sparring a Matthews?
– No, señor -fue la inmediata respuesta-. Nadie que no tenga el peso adecuado resistiría más de un par de minutos con él.
– Es una pena -comentó el teniente-. Se va a oxidar un poco si no entrena en una verdadera competición. Procure encontrar a alguien que esté dispuesto a librar un par de asaltos con él.
Al oírlo, Lubji dejó caer la silla que desplegaba y corrió hasta el cuadrilátero. Saludó al teniente y dijo:
– Yo puedo enfrentarme a él durante todo el tiempo que quiera, señor.
El campeón lo miró desde lo alto del cuadrilátero y se echó a reír.
– Yo no boxeo con culíes -dijo-. O con señoritas del ejército de tierra, que viene a ser lo mismo.
Sin pensárselo dos veces, Lubji subió al ring, preparó los puños y avanzó hacia el campeón.
– Está bien, está bien -intervino el teniente Wakeham, que miró a Lubji-. ¿Cómo se llama?
– Soldado Hoch, señor.
– De acuerdo, vaya a cambiarse. Encuentre unos calzones cortos de gimnasia y pronto veremos cuánto tiempo le resiste a Matthews.
Cuando Lubji regresó, pocos minutos más tarde, Matthews seguía boxeando con su sombra. Ignoró a su oponente cuando éste subió al cuadrilátero. El entrenador ayudó a Lubji a ponerse los guantes.