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Viajaron durante toda la noche por carreteras oscuras, apretando los rifles con firmeza. Pocos hablaban. Todos ellos se preguntaban si estarían vivos al cabo de veinticuatro horas. Al cruzar por Winchester, señales indicadoras recién colocadas les dirigieron hacia la costa. Otros también se habían estado preparando para el 5 de junio. El soldado Player comprobó su reloj. Pasaban unos pocos minutos de las tres. Continuaron interminablemente, sin tener ni la menor idea de cuál sería su destino final.

– Sólo espero que alguien sepa adónde vamos -susurró un cabo sentado frente a él.

Transcurrió otra hora antes de que el convoy se detuviera en el muelle de Portsmouth. Una masa de cuerpos descendió de un camión tras otro, y formaron rápidamente en compañías, a la espera de sus órdenes.

La sección de Player formó en tres filas silenciosas; algunos de los hombres se estremecieron ante el aire frío de la noche, otros de temor, mientras todos esperaban subir a bordo de la gran flota de barcos que podían ver anclada en el puerto, por delante de ellos. Una división tras otra esperaba la orden de embarcar. Debían cruzar los ciento sesenta kilómetros de agua que se extendían ante ellos, antes de ser desembarcados en suelo francés.

El soldado Player recordó que la última vez que había buscado un barco fue para que lo alejara lo más posible de los alemanes. En esta ocasión, al menos, no tendría que aguardar, medio sofocado, sobre un montón de sacos de trigo por toda compañía.

Se escuchó un crujido por el sistema de altavoces, y todo el mundo guardó silencio sobre el muelle.

– Les habla el brigadier Hampson -dijo una voz-. Estamos todos a punto de embarcarnos en la Operación Overlord, la invasión de Francia. Hemos reunido la flota más grande de la historia para llevarles al otro lado del Canal. Serán apoyados por nueve acorazados, veintitrés cruceros, ciento cuatro destructores y setenta y una corbetas, por no hablar de la gran cantidad de barcos de la marina mercante. Ahora, su comandante de pelotón les transmitirá las órdenes.

El sol empezaba a salir cuando el teniente Wakeham terminó de informarles y dio al pelotón la orden de embarcar en el Undaunted. Pocos momentos después de haber subido a bordo del destructor, los motores se pusieron en marcha con un rugido e iniciaron el zarandeado y agitado cruce del Canal, sin saber todavía dónde podían terminar.

Eisenhower, a pesar del consejo de su meteorólogo jefe, había elegido una noche de tiempo variable y durante la primera media hora del agitado cruce cantaron, bromearon y se contaron historias improbables de conquistas todavía más improbables. Cuando el soldado Player les contó la historia de cómo había perdido su virginidad con una joven gitana, después de que ésta le sacara una bala alemana del hombro, todos se echaron a reír, y el sargento dijo que era la historia más inverosímil que había escuchado hasta entonces.

El teniente Wakeham, que estaba arrodillado en la proa del barco, levantó de repente la palma de la mano derecha y todo el mundo guardó silencio. Eso sucedió momentos antes de que fueran desembarcados en una playa inhóspita. El soldado Player comprobó su equipo. Llevaba una máscara antigás, un rifle, dos cananas de munición, algunas raciones básicas y una cantimplora llena de agua. Era casi tan molesto como sentirse con las esposas puestas. Cuando el destructor echó el ancla, siguió al teniente Wakeham fuera del barco y descendió a la primera lancha anfibia. Momentos después se dirigían hacia la playa de Normandía. Al mirar a su alrededor se dio cuenta de que muchos de sus compañeros todavía estaban aturdidos por el mareo. Cayó sobre ellos una lluvia de fuego de ametralladora y de granadas de mortero, y el soldado Player vio a hombres de otras lanchas que resultaban muertos o heridos antes incluso de que llegaran a la playa.

En cuanto la lancha quedó varada, Player saltó sobre el costado, tras el teniente Wakeham. A derecha e izquierda, pudo ver a sus compañeros que corrían playa arriba, bajo el fuego graneado. El primer obús cayó a su izquierda, antes de que hubieran avanzado veinte metros. Segundos más tarde vio a un cabo avanzar tambaleante varios pasos después de que una ráfaga de balas le atravesara el pecho. Su instinto natural le indicaba que buscara protección, pero no existía ninguna, y obligó a sus piernas a seguir avanzando. Continuó disparando, aunque no tenía ni la menor idea de dónde estaban los enemigos.

Ascendió por la playa, incapaz de saber cuántos de sus camaradas caían tras él pero, aquella mañana de junio, la arena ya estaba cubierta de cuerpos. Player no estuvo seguro de cuántas horas tuvo que estar atascado en aquella playa, pero por cada pocos metros que era capaz de arrastrarse hacia adelante, se pasaba al menos el doble de tiempo inmóvil, mientras el fuego del enemigo pasaba sobre su cabeza. Cada vez que se incorporaba para avanzar, eran menos los camaradas que se le unían. El teniente Wakeham se detuvo finalmente al llegar a la protección de los acantilados, seguido de cerca por el soldado Player. El joven oficial temblaba tanto que tuvieron que transcurrir algunos momentos antes de que pudiera dar ninguna orden.

Cuando finalmente salvaron la playa, el teniente Wakeham contó once de los veintiocho hombres originales que había en la lancha de desembarco. El operador de radio le dijo que no debían detenerse, ya que tenían órdenes de seguir avanzando. Player era el único hombre que parecía complacido. Durante las dos horas siguientes se movieron lentamente hacia el interior, en dirección al fuego enemigo. Siguieron avanzando, a menudo teniendo como única protección setos y zanjas, y los hombres caían casi a cada paso que daban. No se les permitió descansar hasta que casi hubo desaparecido el sol. Se estableció rápidamente un campamento, pero fueron pocos los que pudieron dormir, mientras seguían resonando los cañones del enemigo. Mientras algunos jugaban a las cartas, otros descansaban. Los muertos, en cambio, permanecían quietos.

Pero el soldado Player quería ser el primero en encontrarse frente a frente con los alemanes. Cuando estuvo seguro de que nadie le observaba, salió sigilosamente de la tienda y avanzó en dirección del enemigo, utilizando como guía únicamente los fogonazos de sus armas. Después de cuarenta minutos de correr, caminar agachado y gatear, oyó el sonido de voces alemanas. Rodeó lo que parecía ser su campamento de vanguardia, hasta que distinguió a un soldado alemán que hacía sus necesidades entre unos arbustos. Se arrastró en silencio hasta quedar situado por detrás de él y justo en el momento en que el hombre se agachaba para subirse los pantalones, Player saltó sobre él. Le rodeó el cuello con un brazo, se lo retorció con un violento giro y le rompió las vértebras. Luego dejó el cuerpo entre los arbustos. Le quitó al alemán la chapa de identidad y el casco y regresó hacia su campamento.

Debía de estar a unos cien metros de distancia, cuando una voz le preguntó:

– ¿Quién anda ahí?

– Pequeña capucha roja de jinete -contestó Player, recordando a tiempo la contraseña.

– Avanza e identifícate.

Player avanzó unos pocos pasos y, de pronto, notó la punta de una bayoneta en la espalda y una segunda en el cuello. Sin decir una sola palabra más lo condujeron a la tienda del teniente Wakeham. El joven oficial escuchó con atención lo que tuvo que contar Player, y sólo le interrumpió para comprobar alguna información.

– Muy bien, Player -dijo el teniente una vez que el explorador por su cuenta hubo terminado su informe-. Quiero que trace un mapa exacto del lugar donde está acampado el enemigo. Necesito detalles del terreno, distancia, número de soldados, cualquier cosa que recuerde y que nos ayude una vez que iniciemos el avance. Una vez que haya terminado, procure dormir un poco. Tendrá que actuar como nuestro guía en cuanto reanudemos el avance, al amanecer.