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– ¿Debo imponerle un castigo por haber abandonado el campamento sin permiso de un oficial? -preguntó el sargento de servicio.

– No -contestó Wakeham-. Emitiré una orden de la compañía, con efectos inmediatos, para que Player sea nombrado cabo.

El cabo Player sonrió y regresó a su tienda. Pero antes de acostarse a dormir, se cosió dos galones en cada manga del uniforme.

A medida que el regimiento avanzó lentamente, kilómetro tras kilómetro, adentrándose cada vez más profundamente en Francia, Player continuó efectuando salidas por detrás de las líneas, y siempre regresaba con información vital. Su mejor hazaña fue cuando regresó acompañado por un oficial alemán, al que había pillado con los pantalones bajados.

Al teniente Wakeham le impresionó el hecho de que Player hubiera podido capturar a aquel hombre, y mucho más cuando inició el interrogatorio y descubrió que el cabo también era capaz de actuar como intérprete.

A la mañana siguiente asaltaron el pueblo de Orbec, del que se apoderaron a la caída de la noche. El teniente envió un despacho a su cuartel general, para comunicar que la información obtenida por el cabo Player había permitido acortar la batalla.

Tres meses después de que el soldado Player desembarcara en una playa de Normandía, el regimiento North Staffordshire desfiló por los Champs Élysées, y el recién ascendido sargento Player sólo pensaba en una cosa: cómo encontrar a una mujer que se sintiera feliz de pasar con él sus tres noches de permiso o, si tenía suerte suficiente, a tres mujeres que pasaran una noche cada una en su compañía.

Pero antes de que les dieran permiso para visitar la ciudad, a todos los suboficiales se les dijo que tenían que presentarse ante el comité de bienvenida para el personal aliado, que les aconsejaría acerca de cómo orientarse en París. El sargento Player no pudo imaginar un mayor desperdicio de su tiempo. Sabía exactamente cómo cuidar de sí mismo en cualquier capital europea. Lo único que deseaba era que lo soltaran, antes que los soldados estadounidenses le pusieran las manos encima a toda mujer menor de cuarenta años.

Al llegar al cuartel general del comité, un edificio requisado situado en la Place de la Madeleine, ocupó su puesto en la fila de espera para recibir una carpeta con información acerca de lo que se esperaba de él mientras estuviera en territorio aliado, cómo localizar la Torre Eiffel, qué clubes y restaurantes se encontraban al alcance de su paga, cómo evitar el contraer una enfermedad venérea. Parecía como si todos aquellos consejos fueran dados por un grupo de damas de edad media que posiblemente no habían visto el interior de un club nocturno durante los últimos veinte años.

Cuando finalmente le llegó el turno, se quedó como hipnotizado, incapaz de pronunciar una sola palabra en ningún idioma. Una delgada joven, de profundos ojos pardos y ensortijado cabello negro estaba sentada tras de una mesa montada sobre un caballete y le sonreía al alto y tímido sargento. Le entregó su carpeta, pero él no se movió.

– ¿Tiene alguna pregunta qué hacer? -le preguntó ella en inglés, con un fuerte acento francés.

– Sí -contestó-. ¿Cómo se llama usted?

– Charlotte -dijo ella, ruborizándose, a pesar de que a lo largo del día ya le habían hecho esa misma pregunta por lo menos una docena de veces.

– ¿Es usted francesa? -preguntó Player.

Ella asintió con un gesto.

– Termine ya de una vez, sargento -le pidió el cabo situado tras él.

– ¿Tiene algo que hacer durante los tres próximos días? -preguntó Player en francés.

– No gran cosa. Pero estoy de servicio durante las dos próximas horas.

– Entonces la esperaré -afirmó.

Se volvió y se sentó en un banco de madera situado contra la pared. Durante los 120 minutos siguientes, la mirada de John Player raras veces se apartó de la joven de cabello ensortijado y moreno, excepto para comprobar el lento avance del minutero del gran reloj que colgaba de la pared, por detrás de ella. Le alegró haber esperado, sin sugerir que volvería más tarde, porque durante aquellas dos horas vio a algunos otros soldados que se inclinaban hacia ella y le hacían exactamente la misma pregunta que él le había planteado. En cada ocasión, la joven se volvía a mirar al sargento, le sonreía y negaba con un gesto de la cabeza. Después de transmitir sus responsabilidades a una matrona de edad media, se acercó a donde él esperaba. Ahora le tocó a ella hacerle una pregunta.

– ¿Qué le gustaría hacer primero?

No se lo dijo, pero se mostró felizmente de acuerdo en que le enseñara París.

Durante los tres días siguientes, apenas se apartó del lado de Charlotte, excepto cuando ella regresaba a su pequeño piso, a primeras horas de la madrugada. Subió a la Torre Eiffel, paseó por las orillas del Sena, visitó el Louvre e hizo caso de la mayoría de los consejos incluidos en su carpeta, lo que significó verse acompañados por casi tres regimientos de soldados solos que eran incapaces de ocultar la expresión de envidia de sus rostros cada vez que se cruzaban con ellos.

Comieron en restaurantes abarrotados, bailaron en clubes nocturnos tan atestados que apenas si pudieron moverse, y hablaron de todo excepto de la guerra que les obligaba a no disponer más que de tres preciosos días para estar juntos. Mientras tomaban café en el Hotel Cancelier, Player le habló de su familia, a la que había dejado en Douski y a la que no había visto desde hacía cuatro años.

Pasó a describirle todo lo que le había ocurrido desde que escapó de Checoslovaquia, y sólo dejó de lado la experiencia con Mari. Ella le habló de su vida en Lyon, donde sus padres eran propietarios de una pequeña verdulería, y de lo feliz que se sintió cuando los aliados volvieron a ocupar su querida Francia. Pero sólo anhelaba que terminase la guerra.

– Pero no antes de que haya ganado la Cruz Victoria -le dijo él.

Ella se estremeció, porque había leído que muchos de los que la recibían eran condecorados a título póstumo.

– Pero ¿qué harás cuando termine la guerra?

Esta vez, él vaciló porque ella había encontrado finalmente una pregunta para la que no tenía respuesta.

– Regresar a Inglaterra, donde me haré rico.

– ¿Haciendo qué? -preguntó ella.

– No será vendiendo periódicos, de eso puedes estar segura -contestó.

Durante aquellos tres días y noches, sólo durmieron unas pocas horas…, los únicos momentos en que se separaban.

Finalmente, al despedirse de Charlotte ante la puerta de su pequeño piso, le prometió:

– Regresaré en cuanto hayamos ocupado Berlín.

La expresión del rostro de Charlotte se derrumbó mientras veía alejarse al hombre del que se había enamorado; muchas de sus amigas le habían advertido que, una vez que los soldados se marchaban, ya nunca se les volvía a ver. Y demostraron tener razón, porque Charlotte Reville nunca volvió a ver a John Player.

El sargento Player firmó su entrada en el puesto de guardia apenas minutos antes de que se pasara revista. Se afeitó rápidamente, se cambió de camisa y al comprobar las órdenes de la compañía, descubrió que el oficial de mando deseaba que se presentara en su despacho a las nueve de la mañana.

El sargento Player entró en el despacho, se puso firmes y saludó exactamente en el momento en que el reloj de la plaza hacía sonar las nueve campanadas. Se le ocurrieron cien razones distintas por las que el comandante deseaba verle, pero ninguna de ellas resultó ser cierta.

El coronel levantó la mirada, sentado tras la mesa.

– Lo siento, Player, pero tendrá usted que abandonar el regimiento -dijo con voz suave.

– ¿Por qué, señor? -preguntó Player con incredulidad-. ¿Qué he hecho mal?

– Nada -fue la contestación, acompañada por una risa-. Nada en absoluto. Antes al contrario. Mi recomendación para que reciba usted la graduación de oficial acaba de ser ratificada por el alto mando. En consecuencia, será necesario que pase usted a otro regimiento, de modo que pueda ponerse al frente de hombres con los que no haya servido recientemente como soldado.