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– El alto mando busca a la persona adecuada para hacerse cargo del PRISC, y creo que es usted el candidato ideal para ocupar ese puesto.

– ¿Qué diantres es…?

– Servicios de Control de Relaciones Públicas e Información. El trabajo parece hecho a la medida para usted. Buscamos a alguien que pueda presentar los intereses británicos con capacidad de persuasión y asegurarse al mismo tiempo de que la prensa no se haga ninguna idea equivocada. Ganar la guerra fue una cosa, pero convencer al mundo exterior de que tratamos al enemigo con ecuanimidad va a ser algo mucho más difícil. Los estadounidenses, rusos y franceses nombrarán a sus propios representantes, de modo que necesitamos a alguien que pueda comunicarse bien con ellos y tenernos informados. Usted habla varios idiomas y posee todas las calificaciones que exige el trabajo. Además, Dick, no tiene usted familia en Inglaterra que le espere.

Armstrong asintió con un gesto. Tras un momento de silencio, preguntó:

– Citando a Montgomery, ¿qué armas me proporcionará para realizar el trabajo, señor?

– Un periódico -contestó Oakshott-. Der Telegraf es uno de los diarios de la ciudad. Actualmente lo hace funcionar un alemán llamado Arno Schultz. Nunca deja de quejarse y afirma que no puede mantener su imprenta en funcionamiento, tiene preocupaciones constantes acerca de la escasez de papel y por los cortes de suministro eléctrico que se producen constantemente. Deseamos que Der Telegraf salga a la calle cada día, y que comunique nuestros puntos de vista. No se me ocurre pensar en nadie más que usted para asegurarnos de que eso suceda así.

– Der Telegraf no es el único periódico en Berlín -dijo Armstrong.

– En efecto, no lo es -contestó el coronel-. Otro alemán dirige Der Berliner, en el sector estadounidense, lo que no es más que una razón añadida para que Der Telegraf necesite ser un éxito. Por el momento, Der Berliner vende el doble de ejemplares que Der Telegraf una situación a la que, como puede imaginar, nos gustaría darle la vuelta.

– ¿Y qué clase de autoridad tendría?

– Se le daría plena autoridad. Puede establecer su propio despacho y elegir a su personal, con tanta gente como le parezca necesario para realizar el trabajo. En la oferta se incluye un piso, lo que significa que puede usted traer a su esposa. -Oakshott hizo una pausa-. ¿Le gustaría disponer, quizá, de un poco de tiempo para pensárselo, Dick?

– No necesito tiempo para pensármelo, señor. -El coronel enarcó una ceja y lo miró-. Estaré encantado de aceptar el trabajo.

– Buena decisión. Empiece por establecer contactos. Procure conocer a cualquiera que le pueda ser útil. Si se encuentra con algún problema, dígale a la persona de que se trate que se ponga en contacto conmigo. Si los obstáculos le parecen infranqueables, las palabras «Comisión de Control Aliado» suele engrasar hasta los engranajes más inamovibles.

El capitán Armstrong sólo necesitó una semana para requisar las oficinas adecuadas, en el corazón del sector británico, gracias, en parte, a que utilizó las palabras «Comisión de Control» a cada pocas frases que empleaba. Tardó un poco más en encontrar y comprometer a un personal de once miembros para que dirigiera la oficina, puesto que las mejores personas trabajaban ya para la Comisión. Empezó por pescar a Sally Carr, secretaria de un general, a quien se la arrebató, y que antes de la guerra había trabajado en el Daily Chronicle, en Londres.

Una vez que Sally se instaló en el despacho, todo empezó a funcionar en el término de pocos días. El siguiente golpe de mano de Armstrong lo dio al descubrir que el teniente Wakeham se hallaba estacionado en Berlín, trabajando en el departamento de asignación de transportes; Sally le dijo que Wakeham ya estaba aburrido de ocupar su tiempo rellenando documentos de viaje. Armstrong le ofreció ser su segundo de a bordo y, ante su sorpresa, su antiguo oficial superior aceptó encantado. Tardó algunos días en acostumbrarse a llamarlo Peter.

Armstrong completó su equipo con un sargento, un par de cabos y media docena de soldados del Regimiento del Rey, que poseían las calificaciones que necesitaba. Todos ellos eran antiguos vendedores de periódicos del East End de Londres. Eligió al más avispado de ellos, el soldado Reg Benson, para que fuera su chófer. El siguiente movimiento consistió en requisar un piso en la Paulstrasse, previamente ocupado por un brigadier que ahora regresaba a Inglaterra. Una vez que el coronel firmó la documentación necesaria, Armstrong le pidió a Sally que enviara un telegrama a Charlotte, a París.

– ¿Qué desea decirle? -preguntó ella tras pasar una página de su cuaderno de notas.

– Encontrado alojamiento adecuado. Recoge todo y ven inmediatamente. -Mientras Sally anotaba el mensaje, Armstrong se levantó-. Me voy al Der Telegraf para ver cómo le van las cosas a Arno Schulz. Ocúpese de que todo funcione bien hasta que yo regrese.

– ¿Qué quiere que haga con esto? -preguntó Sally, que le entregó una carta.

– ¿De qué se trata? -preguntó tras echarle un breve vistazo.

– Es de un periodista de Oxford que desea visitar Berlín y escribir acerca de cómo tratan los británicos a los alemanes bajo la ocupación.

– Condenadamente bien -dijo Armstrong al llegar a la puerta-. Pero supongo que será mejor que acuerde una cita con él para que venga a verme.

10

El juicio de Nuremberg: la culpabilidad de Goering es única en su enormidad

Al llegar al Worcester College de Oxford para estudiar política, filosofía y economía, la primera impresión que tuvo Keith Townsend de Inglaterra se correspondió con todo lo que había esperado encontrar: complacencia, esnobismo, pompa y un país todavía inmerso en la era victoriana. Se era un oficial o se pertenecía a otras categorías, y puesto que él llegaba de las colonias, no le dejaron abrigar la menor duda acerca de en qué categoría encajaba.

Casi todos sus compañeros estudiantes parecían ser una versión en joven del señor Jessop, y al final de la primera semana a Keith ya le habría gustado regresar a casa, de no haber sido por su tutor universitario. El doctor Howard no podía ofrecer mayor contraste con respecto a su antiguo director, y no demostró la menor sorpresa cuando, mientras tomaban una copa de jerez en su habitación, el joven australiano le comentó lo mucho que despreciaba el sistema británico de clases, todavía perpetuado por la mayoría de pregraduados. Hasta evitó hacer comentario alguno sobre el busto de Lenin que Keith había colocado en el centro de la repisa de la chimenea, precisamente allí donde el año anterior había visto un busto de lord Salisbury.

El doctor Howard no disponía de ninguna solución inmediata para el problema de las clases. El único consejo que pudo darle a Keith fue que acudiera a lo que llamaban la Feria de Alumnos de Primer Año, donde se enteraría de todo lo que necesitaba saber sobre clubes y sociedades en las que podían ingresar los pregraduados, y quizá encontrar algo que fuera de su gusto.

Keith hizo caso de la sugerencia del doctor Howard y empleó la mañana siguiente en enterarse de por qué debía hacerse miembro del Club de Remo, la Sociedad Filatélica, la Sociedad Teatral, el Club de Ajedrez, el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales y, sobre todo, el periódico estudiantil. Pero, después de haber conocido al recién nombrado director del Cherwell, y enterarse de sus puntos de vista acerca de cómo dirigir el periódico, decidió concentrarse en la política. Rellenó los formularios de solicitud de ingreso en el Sindicato de Oxford y en el Club Laborista.

El martes siguiente, Keith averiguó la forma de llegar al Bricklayers' Arms, donde el barman le indicó la escalera que conducía a la pequeña habitación del piso superior, donde se reunía el Club Laborista.