Rex Siddons, el presidente del club, se mostró inmediatamente receloso ante la presencia de Keith, e insistió en tratarlo desde el principio con cierta distancia. Townsend mostraba todas las características de un tory conservador tradicionaclass="underline" un padre con un título, educación en una escuela exclusiva, una asignación privada y hasta un Magnette MG de segunda mano.
Pero, a medida que transcurrieron las semanas y los miembros del Club Laborista se vieron sometidos cada martes a la exposición de los puntos de vista de Keith sobre la monarquía, las escuelas privadas, el sistema de honores y el elitismo de Oxford y Cambridge, terminó por ser conocido como camarada Keith. Uno o dos de ellos terminaron por visitarlo en su cuarto después de las reuniones, para discutir hasta altas horas de la noche cómo podían cambiar el mundo una vez que salieran de «este terrible lugar».
Durante el primer trimestre, a Keith le sorprendió descubrir que no era automáticamente castigado, o incluso reprendido si no asistía a una clase, o si no acudía a ver a su tutor para leerle el trabajo semanal que tenía que presentarle. Tardó varias semanas en acostumbrarse a un sistema que se basaba exclusivamente en la autodisciplina y, a finales del primer trimestre su padre ya le amenazaba con cortarle la asignación en el caso de que no hincara los codos, y hasta de hacerle regresar a casa para ponerlo a trabajar.
Durante el segundo trimestre, Keith se acostumbró a escribirle una larga carta a su padre cada viernes, para detallarle el trabajo realizado, lo que pareció impulsar el flujo de su inventiva. Llegó incluso a aparecer de vez en cuando por las clases, donde se concentró en tratar de perfeccionar un sistema de ruleta, y a las reuniones con el tutor, en las que tuvo que hacer grandes esfuerzos para permanecer despierto.
Durante el trimestre del verano, Keith descubrió Cheltenham, Newmarket, Ascot, Doncaster y Epsom, y de ese modo tuvo la seguridad de que nunca dispondría de dinero suficiente para comprarse una camisa nueva o incluso un par de calcetines.
Durante las vacaciones tuvo que tomar algunas de sus comidas en la estación de tren que, debido a su proximidad a Worcester, fue habilitada por algunos pregraduados como cantina del colegio. Una noche, después de haber bebido demasiado en el Bricklayers' Arms, Keith pintarrajeó en la pared del siglo dieciocho del Worcester: «C'est magnifique, mais ce n'est pas la gare».
Al final de su primer año de estudios Keith tenía pocas cosas que demostraran su aprovechamiento durante los doce meses pasados en la universidad, aparte de un pequeño grupo de amigos que, como él, estaban decididos a cambiar el sistema en beneficio de la mayoría en cuanto terminaran sus estudios universitarios.
Su madre, que le escribía con regularidad, le sugirió que aprovechara estas primeras vacaciones para viajar por Europa, ya que quizá nunca se le presentara otra oportunidad de hacerlo. Keith siguió su consejo y planificó una ruta a la que se habría atenido si no se hubiera tropezado con el redactor jefe de crónicas del Oxford Mail mientras tomaba una copa en el pub local.
Querida madre:
Acabo de recibir tu carta con ideas sobre lo que debería hacer durante las vacaciones. Tenía la intención de seguir tu consejo y recorrer la costa francesa, para terminar quizá en Deauville, pero eso fue antes de que el redactor jefe de crónicas del Oxford Mail me ofreciera la oportunidad de visitar Berlín.
Quieren que escriba cuatro artículos de mil palabras sobre la vida en la Alemania ocupada bajo las fuerzas aliadas, y que luego vaya a Dresden para informar sobre la reconstrucción de la ciudad. Me ofrecen veinte guineas por cada artículo, a su entrega. Debido al estado precario de mis finanzas, por culpa mía, no vuestra, Berlín ha tenido precedencia sobre Deauville.
Si en Alemania encuentro postales, te enviaré una, junto con las copias de los artículos para consideración de papá. ¿Es posible que el Courier se interese por ellos?
Siento mucho no poder veros este verano. Con cariño,
Keith
Una vez terminado el curso, Keith tomó la misma dirección que otros muchos estudiantes. Condujo su MG hasta Dover, donde tomó el transbordador a Calais. Pero mientras que los demás desembarcaban para iniciar sus viajes por las ciudades históricas del continente, él dirigió su turismo descapotable hacia el noreste, en dirección a Berlín. Hacía tanto calor que, por primera vez, pudo mantener bajada la suave capota del coche.
Mientras conducía por las tortuosas carreteras de Francia y Bélgica, veía por todas partes las señales que indicaban el poco tiempo transcurrido desde que Europa estuvo en guerra. Setos y campos mutilados allí donde los tanques habían ocupado el lugar de los tractores, granjas bombardeadas que se encontraron entre los ejércitos que avanzaban y se retiraban, y ríos cubiertos de oxidado equipo militar. Al pasar ante cada edificio bombardeado y por entre kilómetros y kilómetros de paisajes devastados, se le hizo cada vez más atractiva la idea de Deauville, con su casino y su hipódromo.
Una vez que se hizo demasiado oscuro para evitar los baches en la carretera, Keith la abandonó y condujo unos pocos cientos de metros hasta un camino tranquilo. Aparcó en la cuneta y cayó rápidamente en un profundo sueño. Le despertó, todavía de noche, el sonido de los camiones que se dirigían pesadamente hacia la frontera alemana, y tomó una nota en su cuaderno: «El ejército parece levantarse sin la menor consideración para con el movimiento del sol». Tuvo que hacer girar dos o tres veces la llave de contacto antes de que el motor se pusiera en marcha. Se frotó los ojos, hizo girar el MG y regresó a la carretera principal, tratando de recordar que debía mantenerse en el lado derecho de la calzada.
Llegó a la frontera un par de horas más tarde, y tuvo que esperar en una larga cola: cada persona que deseaba entrar en Alemania era registrada meticulosamente. Finalmente, llegó ante un oficial de aduanas que revisó su pasaporte. Al descubrir que Keith era australiano, se limitó a hacerle un cáustico comentario sobre Donald Bradman y le hizo señas para que siguiera su camino.
Nada de lo que Keith había oído o leído le preparó para la experiencia de encontrarse con una nación derrotada. Su avance se hizo más y más lento a medida que las grietas de la carretera se convertían en baches y los baches en cráteres. Pronto le resultó imposible avanzar más de unos pocos cientos de metros sin tener que conducir como si estuviera en un autito de choque en un parque de atracciones junto al mar. Y en cuanto lograba acelerar por encima de los sesenta kilómetros por hora, se veía obligado a pararse en la cuneta para dar paso a otro convoy de camiones, el último de los cuales llevaba estrellas en sus portezuelas, que pasaba junto a él por el centro de la calzada.
Decidió aprovechar una de esas paradas imprevistas y comer en una posada que vio junto a la carretera. La comida era incomestible, la cerveza floja, y las miradas hoscas del posadero y de sus clientes le dejaron bien claro que allí no se le recibía bien. Ni siquiera se molestó en pedir un segundo plato. Pagó rápidamente y se marchó.
Avanzó lentamente hacia la capital alemana, kilómetro tras kilómetro, y llegó a las afueras de la ciudad pocos minutos antes de que se encendieran las lámparas de gas. Empezó a buscar inmediatamente un pequeño hotel por entre las calles secundarias. Sabía que, cuanto más se acercara al centro, con menos probabilidad podría permitirse pagar el precio.
Finalmente, encontró una pequeña casa de huéspedes en la esquina de una calle bombardeada. La casa se mantenía en pie, como si de algún modo no se hubiera visto afectada por todo lo ocurrido a su alrededor. Pero esa ilusión se disipó en cuanto abrió la puerta principal. El sombrío vestíbulo estaba iluminado por una sola vela, y un conserje con pantalones muy holgados y una camisa gris se hallaba sentado tras un mostrador, con expresión malhumorada. Efectuó pocos intentos por responder a los esfuerzos de Keith por conseguir una habitación. Keith sólo sabía unas pocas palabras de alemán, de modo que finalmente levantó la mano abierta, con la esperanza de que el conserje comprendiera que deseaba quedarse cinco noches.