El hombre asintió con un gesto, de mala gana; tomó una llave del gancho de un tablero, por detrás de él y condujo a su huésped por una escalera sin alfombra, hasta una habitación situada en un rincón del segundo piso. Keith dejó la bolsa que llevaba en el suelo y contempló la pequeña cama, la única silla, la cómoda a la que le faltaban tres manijas de ocho, y la destartalada mesa. Cruzó la habitación y miró por la ventana hacia los montones de cascotes; no pudo dejar de pensar en el sereno estanque de patos que se contemplaba desde su habitación en el colegio. Se volvió para dar las gracias, pero el conserje ya se había marchado.
Después de sacar sus cosas de la bolsa, Keith acercó la silla a la mesa, junto a la ventana, y durante un par de horas, y sintiéndose culpable por asociación, se dedicó a escribir sus primeras impresiones de la nación derrotada.
Keith despertó a la mañana siguiente en cuanto el sol entró por la ventana sin cortinas. Tardó algún tiempo en lavarse en un lavabo sin tapón y por cuyo grifo sólo surgía un hilillo de agua fría. Decidió no afeitarse. Se vistió, bajó al vestíbulo y abrió varias puertas, en busca de la cocina. Una mujer situada delante de un horno se volvió y hasta consiguió dirigirle una sonrisa. Luego, le indicó que se sentara ante una mesa.
En su dificultoso inglés, le explicó que había escasez de todo, excepto de harina. Le puso delante dos grandes rebanadas de pan cubiertas con una tenue sugerencia de lo que debía de ser mermelada. Le dio las gracias y se vio recompensado con una sonrisa. Después de tomar un segundo vaso de lo que se le aseguró que era leche, regresó a su habitación, se sentó al borde de la cama, comprobó la dirección donde tendría que efectuarse la entrevista, y luego trató de encontrarla en un mapa desfasado de la ciudad, que había encontrado en Blackwell's, de Oxford. Al salir del hotel pasaban unos pocos minutos de las ocho, pero no era una cita a la que quisiera llegar tarde.
Keith ya había decidido organizar su tiempo de modo que pudiera pasar por lo menos un día en cada sector de la ciudad dividida; tenía la intención de visitar el sector ruso en último lugar, para poder compararlo con los tres controlados por los aliados. Por lo que había visto hasta el momento, supuso que sólo podía ser mejor, y sabía que eso complacería a sus compañeros del Club Laborista de Oxford, convencidos de que el «Tío Joe» estaba realizando mucho mejor trabajo que Attlee, Auriol y Truman juntos, a pesar de que lo máximo que habían viajado la mayoría de ellos hacia el este no iba más allá de Cambridge.
Keith se detuvo varias veces para preguntar la dirección de la Siemensstrasse. Finalmente, encontró el cuartel general de los Servicios Británicos de Relaciones Públicas y Control de la Información. Faltaban unos pocos minutos para las nueve. Aparcó el coche y se unió a la corriente de militares y mujeres con uniformes de diversos colores que subían los anchos escalones de piedra y desaparecían tras las puertas oscilantes. Un cartel advertía que el ascensor estaba estropeado, de modo que subió a pie los cinco pisos hasta la oficina del PRISC. A pesar de que llegaba pronto para su cita, se presentó en el despacho principal.
– ¿En qué puedo servirle, señor? -le preguntó una joven cabo sentada tras una mesa.
Hasta entonces, ninguna mujer le había tratado de «señor», y no le gustó.
Extrajo una carta del bolsillo interior de la chaqueta y se la entregó.
– Tengo una cita con el director a las nueve.
– Creo que no ha llegado todavía, señor, pero lo comprobaré. -Tomó un teléfono y habló con un colega. Luego colgó y le dijo-: Alguien saldrá a recibirle dentro de unos minutos. Siéntese, por favor.
Los pocos minutos resultaron convertirse en una hora y, para entonces, Keith ya había leído los dos periódicos que había sobre la mesita de café, aunque no se le ofreció ningún café. Der Berliner no era mucho mejor que el Cherwell, el periódico estudiantil del que tanto se burlaba en Oxford, y Der Telegraf era todavía peor. Pero como el director del PRISC aparecía mencionado casi en cada página de este último, Keith confió en que no se le pidiera su opinión.
Finalmente, apareció otra mujer, que preguntó por el señor Townsend. Keith se levantó de inmediato y se acercó a la mesa.
– Soy Sally Carr -dijo la mujer con un enérgico acento londinense-. Secretaria del director. ¿En qué puedo servirle?
– Le escribí desde Oxford -contestó Keith con la esperanza de que su tono de voz sonara como su él tuviera más años de los que tenía en realidad-. Soy periodista del Oxford Mail, y se me ha encargado escribir una serie de artículos sobre las condiciones de vida reinantes en Berlín. Tengo una cita para ver… -hizo girar la carta-, al capitán Armstrong.
– Ah, sí, ya recuerdo -asintió la señorita Carr-, pero me temo que el capitán Armstrong se encuentra esta mañana de visita en el sector ruso, y no espero que regrese hoy a la oficina. Si puede usted volver mañana por la mañana, estoy segura de que estará encantado de recibirle.
Keith procuró no dejar entrever su decepción, y le aseguró que regresaría a las nueve de la mañana siguiente. Podría haber abandonado su plan de entrevistarse con Armstrong de no haber sido porque este capitán en particular sabía más sobre lo que sucedía realmente en Berlín que todos los demás oficiales de estado mayor juntos.
Dedicó el resto del día a explorar el sector británico, y se detuvo con frecuencia para tomar notas sobre todo aquello que considerara noticiable: cómo se comportaban los británicos con los alemanes derrotados, tiendas vacías que trataban de servir a demasiados clientes, colas para adquirir alimentos en la esquina de casi cada calle, cabezas inclinadas cada vez que se intentaba mirar a un alemán a los ojos. En la distancia, un reloj hizo sonar las doce campanadas. Entró en un ruidoso bar lleno de soldados uniformados y se sentó en el extremo de la barra. Cuando el camarero le preguntó finalmente qué deseaba, pidió una jarra de cerveza y un bocadillo de queso; al menos, creyó haber pedido queso, pues su alemán no era lo bastante fluido como para estar muy seguro. Sentado ante la barra, se dedicó a tomar algunas notas más. Mientras observaba a los camareros que iban de un lado a otro realizando su trabajo, se dio cuenta de que si uno vestía ropas de civil se le servía después que a cualquier otra persona que vistiera de uniforme.
Los diferentes acentos que escuchó en el local le recordaron que el sistema de clases se perpetuaba incluso allí donde los británicos ocuparan la ciudad de otros. Algunos de los soldados se quejaban, con tonos que no habrían complacido nada a la señorita Steadman, de lo mucho que tardaba en solucionarse su papeleo antes de que pudieran regresar a casa. Otros parecían resignados a llevar el uniforme toda la vida, y sólo hablaban de la próxima guerra y de dónde se libraría. Keith frunció el ceño al oír decir a alguien: «Rasca un poco y, por debajo, todos son unos condenados nazis». Pero después del almuerzo, tras continuar con su exploración del sector británico, le pareció que, al menos en la superficie, los soldados estaban bien disciplinados y que la mayoría de los ocupantes parecían tratar a los ocupados con moderación y cortesía.
Cuando los tenderos empezaron a bajar sus cierres metálicos y a cerrar sus puertas, Keith regresó a su pequeño MG. Lo encontró rodeado de admiradores, cuyas miradas de envidia no tardaron en transformarse en cólera al ver que el dueño del coche vestía ropas civiles. Regresó lentamente hacia su hotel. Después de tomar un plato de patatas y col en la cocina, subió a su habitación y pasó las dos horas siguientes dedicado a escribir todo lo que podía recordar de la experiencia del día. Más tarde, se acostó y leyó Rebelión en la granja, hasta que la vela chisporroteó y se apagó.