El mecánico hizo un gesto de asentimiento. Una vez que Keith se bajó del coche, otro empleado del garaje se inclinó y sacó la llave del contacto.
– ¿Cuánto es? -preguntó Keith, que sacó la cartera.
– Veinte libras -contestó el mecánico.
Keith se giró en redondo y lo miró.
– ¿Veinte libras? -barbotó-. Pero yo no tengo veinte libras. Ya se ha embolsado usted treinta chelines, y ese maldito coche sólo me costó treinta libras.
Aquella información no pareció impresionar al mecánico en lo más mínimo.
– Tuvimos que cambiar el árbol del cigüeñal y reconstruir el carburador -le explicó-. Y no ha sido nada fácil encontrar las piezas de repuesto, por no hablar de la mano de obra. En Berlín no hay mucho espacio para esta clase de lujos. Veinte libras -repitió.
Keith abrió la cartera y empezó a contar sus billetes.
– ¿Cuánto supone eso en marcos alemanes?
– No aceptamos marcos alemanes -dijo el mecánico.
– ¿Por qué no?
– Los británicos nos han advertido que llevemos cuidado con las falsificaciones.
Keith decidió llegado el momento para probar con una táctica diferente.
– ¡Esto no es más que una extorsión! -aulló-. ¡Haré que le cierren el taller!
El alemán no se dejó conmover.
– Es posible que hayan ganado ustedes la guerra, señor -le dijo secamente-, pero eso no quiere decir que no tengan que pagar sus facturas.
– ¿Cree que puede salir bien librado de esto? -le gritó Keith-. Informaré de este asunto a mi amigo el capitán Armstrong, del PRISC. Entonces se dará cuenta de quién manda aquí.
– Quizá sea mejor que llamemos a la policía y dejemos que sean ellos quienes decidan quién manda.
Ese solo comentario bastó para silenciar a Keith, que recorrió el patio varias veces, arriba y abajo, antes de admitir.
– No tengo veinte libras.
– Entonces, quizá tendrá que vender el coche.
– Eso nunca -dijo Keith.
– En ese caso, tendremos que guardárselo en el garaje, al precio diario habitual, hasta que pueda pagar la factura.
Keith se puso más y más rojo, mientras los dos hombres permanecían de pie, junto a su MG, con aspecto notablemente impávido.
– ¿Cuánto me ofrecería por él? -preguntó finalmente.
– Bueno, en Berlín no existe una gran demanda de coches deportivos de segunda mano con el volante a la derecha -dijo-. Pero supongo que podría ofrecerle cien mil marcos alemanes.
– Pero si me acaba de decir que no hace tratos en marcos alemanes.
– Eso es sólo cuando vendemos. Pero las cosas son muy diferentes cuando compramos.
– ¿Suponen esos cien mil marcos una cantidad superior a mi factura?
– No -contestó el mecánico. Hizo una pausa, sonrió y añadió-: Pero procuraremos ofrecerle una buena tasa de cambio.
– Condenados nazis -murmuró Keith.
Al iniciar su segundo año de estudios en Oxford, Keith se vio presionado por sus amigos del Club Laborista para que se presentara a la elección del comité. Ya había llegado a la conclusión de que, aunque el club contaba con más de seiscientos miembros, era el comité el que se reunía con los ministros del gabinete cuando éstos visitaban la universidad, y los que tenían el poder para tomar resoluciones. Seleccionaban incluso a los que asistían a la conferencia del partido y, de ese modo, contaban con la posibilidad para influir sobre la política del partido.
Al anunciarse el resultado de la votación para el comité, a Keith le sorprendió comprobar el margen tan amplio por el que había sido elegido. Al lunes siguiente asistió a su primera reunión de comité, en el Bricklayers' Arms. Se sentó al fondo, en silencio, sin creer apenas en lo que estaba ocurriendo delante de sus mismos ojos. En el seno de aquel comité se reproducían todas aquellas cosas que más despreciaba sobre Gran Bretaña. Eran reaccionarios, estaban llenos de prejuicios y, cuando se trataba de tomar verdaderas decisiones, eran ultraconservadores. Si alguien planteaba una idea original, se discutía durante largo rato y luego se olvidaba rápidamente en cuanto la reunión se suspendía y todos bajaban al bar. Keith llegó a la conclusión de que ser un miembro del comité no iba a ser suficiente si deseaba ver convertidas en realidad algunas de sus ideas más radicales. Decidió que, en su último año, se convertiría en el presidente del Club Laborista. Al comentar sus ambiciones en una carta dirigida a su padre, sir Graham le contestó que le interesaban mucho más sus perspectivas de obtener un título, ya que llegar a ser el presidente del Club Laborista no tenía tanta importancia para alguien que confiaba pudiera sucederle como propietario de un grupo periodístico.
El único rival que tenía Keith para ocupar el puesto parecía ser el vicepresidente, Gareth Williams, hijo de un minero que, a partir de la escuela elemental de Neath, a la que había asistido, obtuvo una beca y poseía, desde luego, todas las calificaciones adecuadas.
La elección de puestos estaba programada para dos semanas después de la fiesta de San Miguel, el 29 de septiembre. Keith se dio cuenta de que cada hora de la primera semana sería crucial para sus esperanzas de ser nombrado presidente. Puesto que Gareth Williams era más popular en el comité que entre los socios, Keith sabía exactamente dónde tendría que concentrar todas sus energías. Durante los diez primeros días del trimestre invitó a su habitación, a tomar una copa a varios de los miembros liberados del club, incluidos algunos estudiantes de primer curso. Noche tras noche, consumieron cajas de cerveza, tarta y vino corriente, todo ello a expensas de Keith.
A falta de veinticuatro horas para la votación, Keith creía tenerlo todo bien atado. Comprobó la lista de miembros del club, marcó con una señal a todos aquellos con los que ya había hablado y que estaba razonablemente seguro de que le votarían, y con una cruz a los que sabía que apoyaban a Williams.
La reunión semanal del comité, celebrada la noche antes de la votación, se prolongó demasiado, pero Keith disfrutó con el considerable placer de pensar que ésta sería la última vez que tendría que soportar una resolución inútil tras otra, que sólo terminarían en la papelera más cercana. Permaneció sentado en el fondo de la estancia, sin aportar ninguna contribución a las innumerables enmiendas y subcláusulas que tanto gustaban a Gareth Williams y a sus compinches. El comité discutió durante casi una hora la desgracia que suponían las últimas cifras de desempleo, que afectaban ya a 300.000 obreros. A Keith le habría gustado señalar a sus hermanos que había por lo menos 300.000 personas en Gran Bretaña que, en su opinión, eran simplemente inútiles para el trabajo, pero pensó que decir algo así no sería muy prudente precisamente el día antes de buscar su apoyo en la urna.
Se hallaba reclinado en su asiento, casi dormitando, cuando cayó el obús. Fue durante la discusión de «Otros asuntos» cuando Hugh Jenkins (del St. Peter), alguien con el que Keith apenas se hablaba, no sólo porque hacía que Lenin pareciera un liberal, sino porque era el aliado más próximo de Gareth Williams, se levantó pesadamente de su asiento en la primera fila.
– Hermano presidente -empezó a decir-, he sido advertido de que se ha producido una violación del artículo número nueve de los reglamentos, subsección C, relativa a la elección de cargos para este comité.
– Explícate -dijo Keith, que ya tenía sus planes para el hermano Jenkins una vez que fuera elegido, unos planes que no se encontrarían en la subsección C de ningún reglamento.
– Eso es precisamente lo que me propongo hacer, hermano Townsend -afirmó Jenkins, que se volvió a mirarle-, sobre todo porque la cuestión te afecta directamente.
Keith se adelantó en su asiento y prestó más atención por primera vez desde que empezara la reunión.
– Parece ser, hermano presidente, que el hermano Townsend se ha dedicado durante los diez últimos días a solicitar apoyo para su candidatura al puesto de presidente de este club.