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– ¿Qué tal está su padre? -fueron las primeras palabras de Beaver.

– Se encuentra bien, señor -contestó Keith.

Se mantuvo de pie, delante de la mesa, puesto que no se le había ofrecido asiento.

– ¿Y quiere usted seguir sus pasos? -preguntó el viejo, mirándole.

– Así es, señor.

– Bien, en ese caso, mañana, a las diez, se presenta en el despacho de Frank Butterfield, en el Express. Es el mejor subdirector que puede encontrarse en Fleet Street. ¿Alguna pregunta?

– No, señor -contestó Keith.

– Bien -replicó Beaverbrook-. Le ruego que transmita mis saludos a su padre.

Bajó la cabeza, lo que pareció ser una señal de que la entrevista había concluido. Treinta segundos más tarde, Keith estaba de nuevo en St. James, no muy seguro de que aquella entrevista hubiera tenido lugar.

A la mañana siguiente se presentó ante Frank Butterfield, en Fleet Street. El subdirector parecía incapaz de dejar de correr de un periodista a otro. Keith intentó mantenerse a su lado, y no tardó mucho en comprender del todo por qué Butterfield se había divorciado tres veces. Pocas mujeres en su sano juicio habrían tolerado aquel estilo de vida. Butterfield se llevaba el periódico a la cama cada noche, excepto el sábado, y ésa era su implacable amante.

A medida que transcurrieron las semanas, Keith empezó a aburrirse de seguir a Frank por todas partes, y se sentía cada vez más impaciente por obtener una visión más amplia de cómo se producía y gestionaba un periódico. Frank, consciente de la inquietud del joven, diseñó un programa para mantenerlo totalmente ocupado. Pasó tres meses en el departamento de tiraje, los tres siguientes en el de publicidad, y otros tres en los talleres. Allí encontró innumerables ejemplos de miembros del sindicato que se dedicaban a jugar a las cartas cuando debían de estar trabajando en las prensas, o que interrumpían ocasionalmente el trabajo entre una taza de café y otra para escaparse a hacer apuestas en el local del corredor más cercano. Algunos llegaban a fichar bajo dos o tres nombres, y recibían un sobre con un salario por cada uno de los nombres.

Cuando Keith ya llevaba seis meses en el Express, empezó a cuestionarse que el contenido editorial fuera todo lo que importaba para producir un periódico con éxito. ¿Acaso él y su padre no deberían haber dedicado todas aquellas mañanas de domingo a controlar el espacio de publicidad del Courier con la misma atención con que leían la primera página? Y cuando criticaban los titulares del Gazette, en el despacho del viejo, ¿no deberían haberse ocupado más bien de que el periódico no tuviera personal excesivo, o de que no se dispararan los gastos de los periodistas? En último término, y por enorme que fuera la tirada de un periódico, el objetivo final debería ser sin duda obtener el mayor beneficio posible para la inversión. A menudo discutió el problema con Frank Butterfield, quien tenía la impresión de que las prácticas establecidas desde hacía tiempo en los talleres eran probablemente irreversibles a aquellas alturas.

Keith escribía a su casa con regularidad, en cartas extensas en las que exponía sus teorías. Ahora que experimentaba de primera mano muchos de los problemas a los que se enfrentaba su padre, empezaba a temer que las prácticas sindicales que eran tan comunes en los talleres de Fleet Street pudieran llegar también a Australia.

Al final de su primer año, Keith envió un largo memorándum a Beaverbrook, en Arlington House, a pesar de que Frank Butterfield le aconsejó que no lo hiciera. Expresaba en él su opinión de que los talleres del Express contaban con un personal excesivo y superfluo, en una proporción de tres a uno, y que, puesto que los salarios constituían sus principales gastos, no existía ninguna esperanza de que un grupo periodístico moderno pudiera conseguir beneficios de aquel modo. Alguien iba a tener que enfrentarse a los sindicatos en el futuro. Beaverbrook ni siquiera le dirigió una nota para agradecerle el envío del informe.

Sin dejarse amilanar por ello, Keith inició su segundo año de trabajo en el Express dedicándole horas que ni siquiera sabía que existieran cuando estuvo en Oxford. Eso sirvió para reforzar su opinión de que, tarde o temprano, tendrían que producirse grandes cambios en la industria periodística, y con todo ello preparó un largo memorándum para su padre, que tenía la intención de analizar con él en cuanto regresara a Australia. En el memorándum explicaba con toda exactitud qué cambios creía que sería necesario hacer en el Courier y el Gazette para que ambos periódicos pudieran seguir siendo solventes durante la segunda mitad del siglo veinte.

Keith se encontraba hablando por teléfono, en el despacho de Butterfield, disponiendo su vuelo de regreso a Melbourne, cuando un mensajero le entregó el telegrama.

11

El control de Alemania: reunión preliminar de los comandantes aliados

Al visitar Der Telegraf por primera vez, al capitán Armstrong le sorprendió descubrir lo destartaladas que eran las oficinas del pequeño sótano. Fue saludado por un hombre que se presentó a sí mismo como Arno Schultz, director del periódico.

Schultz sólo medía un metro sesenta de estatura, tenía unos taciturnos ojos grises y llevaba el cabello muy corto. Vestía un traje de tres piezas de antes de la guerra, que probablemente le hicieron a medida cuando pesaba diez kilos más. La camisa aparecía rozada en el cuello y en los puños, y llevaba una corbata negra, delgada y brillante por el uso.

Armstrong le sonrió.

– Usted y yo tenemos algo en común -le dijo.

Schultz se removió inquieto en presencia de este corpulento oficial británico.

– ¿Y qué es? -preguntó.

– Ambos somos judíos -dijo Armstrong.

– Jamás me lo habría imaginado -dijo Schultz, verdaderamente sorprendido.

Armstrong no pudo ocultar una sonrisa de satisfacción.

– Permítame dejar bien claro desde el principio que tengo la intención de ofrecerle toda la ayuda que esté en mi mano para procurar que Der Telegraf salga a la calle. Sólo tengo un objetivo a largo plazo: superar en ventas al Der Berliner.

Schultz lo miró con expresión dudosa.

– En estos momentos venden el doble de ejemplares diarios que nosotros. Eso sucedía incluso antes de la guerra. Tienen mejor imprenta, más personal, y la ventaja de estar en el sector estadounidense. No creo que ése sea un objetivo realista, capitán.

– En ese caso, tendremos que cambiar todo eso, ¿no le parece? -dijo Armstrong-. A partir de ahora tiene que considerarme como el propietario del periódico, a cambio de lo cual le permitiré que continúe con su trabajo de director. ¿Por qué no empieza por contarme cuáles son sus problemas?

– ¿Por dónde quiere que empiece? -preguntó Schultz, que miró directamente a su nuevo jefe-. Las máquinas de imprimir son anticuadas. Muchos de sus componentes están desgastados, y no parece haber forma humana de conseguir repuestos.

– Hágame una lista de todo lo que necesita y me ocuparé de que disponga usted de repuestos.

Schultz lo miró, nada convencido. Empezó a limpiarse los cristales de roca de las gafas con un pañuelo que se sacó del bolsillo superior de la chaqueta.

– Luego está el continuo problema con la electricidad. En cuanto consigo poner en marcha la maquinaria, se corta la corriente. De ese modo, por lo menos dos veces a la semana no logramos poner el periódico en la calle.

– Me aseguraré de que eso no vuelva a suceder -le prometió Armstrong sin la menor idea de cómo iba a conseguirlo-. ¿Qué más?

– Seguridad -dijo Schultz-. El censor comprueba cada palabra del original, de modo que, inevitablemente, los artículos llegan con dos o tres días de retraso cuando pueden ser publicados, y después de que él haya tachado con lápiz azul los párrafos más interesantes, de tal modo que no queda por leer gran cosa de valor.