Tres meses después de la entrevista inicial con Arno Schultz el Telegraf se editaba con regularidad seis días a la semana, y ya pudo informar al coronel Oakshott de que la tirada superaba los 200.000 ejemplares y que, a ese ritmo, no tardarían en sobrepasar al Berliner.
– Está haciendo usted un trabajo de primera clase, Dick -se limitó a decirle el coronel.
No sabía con toda seguridad qué hacía realmente Armstrong, pero había observado que los gastos del joven capitán ascendían ya a más de 20 libras semanales.
Aunque Dick informó a Charlotte de la alabanza del coronel, su esposa se dio cuenta de que empezaba a aburrirse con aquel trabajo. El Telegraf ya vendía casi tantos ejemplares como el Berliner, y los oficiales de más alta graduación de los tres sectores occidentales siempre se sentían felices de recibir al capitán Armstrong e incluirlo entre sus invitados. Al fin y al cabo, sólo tenían que susurrarle una historia al oído para que apareciera en letras de imprenta al día siguiente. Como consecuencia de ello, siempre disponía de una buena reserva de puros cubanos, a Charlotte y a Sally nunca les faltaban medias de nailon, Peter Wakeham disfrutaba de su copa favorita de ginebra Gordon's, y los muchachos disponían de suficiente vodka y cigarrillos como para mantener un pequeño mercado negro.
Pero Dick se sentía frustrado por el hecho de que no parecía lograr ningún progreso en su propia carrera. Aunque con bastante frecuencia se le había dado a entender que podía esperar un ascenso, nada parecía ocurrir en una ciudad demasiado llena ya de mayores y coroneles, la mayoría de los cuales se pasaban el tiempo sentados, a la espera de ser enviados de regreso a sus casas.
Dick empezó a discutir con Charlotte la posibilidad de regresar a Inglaterra, sobre todo porque el recientemente elegido primer ministro laborista, Clement Attlee, había pedido a los soldados que regresaran lo antes posible porque había una gran cantidad de puestos de trabajo esperándoles. A pesar de su cómodo estilo de vida en Berlín, a Charlotte pareció encantarle la idea, y animó a Dick a solicitar la baja voluntaria. Al día siguiente, pidió ver al coronel.
– ¿Está seguro de que es eso lo que realmente desea hacer? -le preguntó Oakshott.
– Sí, señor -contestó Dick-. Ahora que todo funciona suavemente, Schultz es perfectamente capaz de dirigir el periódico sin mí.
– Me parece bastante justo. Procuraré acelerar el proceso todo lo posible.
Pocas horas más tarde, sin embargo, Armstrong oyó pronunciar por primera vez el nombre de Klaus Lauber y procuró hacer más lento el proceso de su baja en el ejército.
A últimas horas de la mañana, cuando Armstrong visitó la imprenta, Schultz le informó que, por primera vez, habían vendido más ejemplares que el Berliner, y que tenía la sensación de que debían empezar a pensar en sacar una edición dominical.
– No veo razón alguna por la que no debamos hacerlo -dijo Dick, que parecía un tanto aburrido.
– Sólo desearía que pudiéramos cobrar el mismo precio que cobrábamos antes de la guerra -comentó Schultz con un suspiro-. Con estas cifras de ventas conseguiríamos un buen beneficio. Sé que debe de parecerle difícil de creer, capitán Armstrong, pero en aquellos tiempos se me consideraba como un hombre próspero y con éxito.
– Quizá vuelva usted a serlo -dijo Armstrong-. Y antes de lo que se imagina -añadió mientras miraba por la sucia ventana hacia una acera llena de gente con aspecto cansado.
Se disponía a decirle a Schultz que tenía la intención de dejar toda la operación en sus manos para regresar a Inglaterra, cuando el alemán dijo:
– No estoy yo tan seguro de que eso sea posible.
– ¿Por qué no? -preguntó Armstrong-. El periódico le pertenece a usted, y todo el mundo sabe que no tardarán mucho en levantarse las restricciones sobre las participaciones accionariales de los ciudadanos alemanes.
– Quizá sea así, capitán Armstrong, pero, desgraciadamente, ya no soy el propietario de las acciones de la empresa.
Armstrong guardó silencio y, al hablar, eligió las palabras con mucho cuidado.
– ¿De veras? ¿Qué le indujo a venderlas? -preguntó, sin dejar de mirar por la ventana.
– No las vendí -dijo Schultz-. Prácticamente las regalé.
– Creo que no le comprendo -dijo Armstrong, volviéndose a mirarlo.
– En realidad, es bastante sencillo -dijo Schultz-. Poco después de que Hitler llegara al poder, se aprobó una ley por la que se descalificaba a los judíos para ser propietarios de periódicos. Me vi obligado a entregarle mis acciones a una tercera persona.
– En ese caso, ¿quién es ahora el propietario del Telegraf? -preguntó Armstrong.
– Un viejo amigo mío llamado Klaus Lauber -contestó Schultz-. Era funcionario en el ministerio de Obras Públicas. Nos conocimos hace muchos años en un club de ajedrez, y solíamos jugar todos los martes y viernes…, otra de las cosas que tampoco me permitieron seguir haciendo después de la llegada de Hitler al poder.
– Pero si Lauber es tan buen amigo suyo, tiene que poder venderle de nuevo las acciones.
– Supongo que eso todavía es posible. Al fin y al cabo, sólo pagó una suma nominal por ellas, en el bien entendido de que me las devolvería una vez acabada la guerra.
– Estoy seguro de que será fiel a su palabra -dijo Armstrong-, sobre todo si es tan buen amigo suyo.
– Yo también estoy seguro de que lo haría, si no hubiéramos perdido el contacto durante la guerra. No lo he vuelto a ver desde diciembre de 1942. Como tantos otros alemanes, se ha convertido en otra estadística.
– Pero usted tiene que saber dónde vivía -comentó Armstrong, dándose unos golpecitos en la pierna con el bastón de paseo.
– Su familia fue trasladada fuera de Berlín después de que se iniciaran los bombardeos, que fue cuando perdí contacto con él. Sólo Dios sabe dónde puede estar ahora -añadió con un suspiro.
Dick tuvo la sensación de haber obtenido toda la información que necesitaba.
– ¿Qué sucede con ese artículo sobre la inauguración del nuevo aeropuerto? -preguntó, para cambiar de tema.
– Ya hemos enviado a un fotógrafo al lugar, y he pensado enviar a un periodista para hacer una entrevista…
Schultz continuó informándole, pero Armstrong tenía sus pensamientos puestos en otra cosa. En cuanto regresó a su despacho, llamó a Sally y le pidió que se pusiera en contacto con la Comisión de Control y descubriera quién era el propietario del Telegraf.
– Siempre creí que era Arno -dijo ella.
– Yo también -dijo Armstrong-, pero por lo visto no lo es. Se vio obligado a vender sus acciones a un tal Klaus Lauber poco después de la llegada de Hitler al poder. Lo que necesito saber es: primero, ¿sigue siendo Lauber el propietario de las acciones? Segundo, si lo es, ¿vive todavía? Y tercero, si vive, ¿dónde demonios está? Y, por favor, Sally, no le mencione esto a nadie. Y eso incluye al teniente Wakeham.
Sally tardó tres días en confirmar que el mayor Klaus Otto Lauber seguía registrado en la Comisión de Control como el propietario legal del Der Telegraf.
– Pero ¿está todavía vivo? -preguntó Armstrong.
– Vivito y coleando -contestó Sally-. Y, lo que es más importante, se encuentra en Gales.
– ¿En Gales? -repitió Armstrong-. ¿Cómo puede ser?
– Por lo visto, el mayor Lauber está retenido actualmente en un campo de internamiento en las afueras de Bridgend, donde ha pasado los tres últimos años, después de haber sido capturado mientras servía en el Afrika Korps de Rommel.
– ¿Qué más ha podido descubrir? -preguntó Armstrong.