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– Eso es todo -contestó Sally-. Me temo que el mayor no pasó una buena guerra.

– Bien hecho, Sally. Pero sigo queriendo saber cualquier cosa que pueda descubrir sobre él. Y me refiero a todo; fecha y lugar de nacimiento, educación, cuánto tiempo estuvo en el ministerio de Obras Públicas, todo hasta el día que llegó a Bridgend. Procure utilizar en esto todos los favores que le deban, y procúrese unos pocos más si lo necesita. Yo voy a ver a Oakshott. ¿Alguna otra cosa por la que deba preocuparme?

– Hay un joven periodista del Oxford Mail que esperaba poder entrevistarse con usted. Lleva esperando casi una hora.

– Déjelo para mañana.

– Pero escribió para pedirle una cita, y usted se la concedió.

– Déjelo para mañana -repitió Armstrong.

Sally había terminado por conocer bien aquel tono de voz y, después de librarse del señor Townsend, dejó todo lo que estaba haciendo y se dispuso a investigar la poco distinguida carrera del mayor Klaus Lauber.

Después de abandonar su despacho, el soldado Benson condujo al capitán Armstrong hasta los alojamientos de oficiales de la comandancia, situados al otro lado del sector.

– Me viene usted con peticiones muy extrañas -observó el coronel Oakshott después de que él le esbozara su idea.

– Creo que terminará usted por comprobar, señor, que esto ayudará a la larga a cimentar unas mejores relaciones entre las fuerzas de ocupación y los ciudadanos de Berlín.

– Está bien, Dick. Sé que usted comprende estas cosas mucho mejor que yo, pero en este caso no puedo imaginar siquiera cómo reaccionarán nuestros jefes.

– Quizá pueda usted señalarles, señor, que si somos capaces de demostrarles a los alemanes que nuestros prisioneros de guerra, es decir, sus esposos, hijos y padres, reciben un tratamiento justo y decente por parte de los británicos, eso sería un magnífico golpe de relaciones públicas para nosotros, especialmente teniendo en cuenta la forma en que los nazis trataron a los judíos.

– Haré todo lo que pueda -le prometió el coronel-. ¿Cuántos campos desea visitar?

– Creo que, para empezar, sólo uno -contestó Armstrong-. Y quizá otros dos o tres algo más adelante, en el caso de que mi primera salida demuestre ser un éxito. -Sonrió, antes de añadir-: Sólo espero que eso no dé a «nuestros jefes» razones para sentir pánico.

– ¿Ha pensado ya en alguno en particular? -preguntó el coronel.

– En Inteligencia me han informado que el campo ideal para llevar a cabo esta clase de ejercicio puede ser, probablemente, uno situado a unos pocos kilómetros a las afueras de Bridgend, en Gales.

El coronel tardó en conseguir la autorización deseada por el capitán Armstrong algo más de lo que tardó Sally en descubrir todo lo que había que saber sobre Klaus Lauber. Dick releyó sus notas una y otra vez, tratando de considerarlas desde todos los puntos de vista.

Lauber había nacido en Dresde en 1896. Sirvió en la Primera Guerra Mundial y alcanzó el grado de teniente. Tras el Armisticio entró a formar parte del ministerio de Obras Públicas, en Berlín. A pesar de hallarse en la reserva, fue llamado a filas en diciembre de 1942, y se le concedió el grado de mayor. Enviado al norte de África, fue puesto al mando de una unidad dedicada a construir puentes, que poco más tarde se dedicó a destruirlos. Capturado en marzo de 1943 durante la batalla de El Agheila, fue enviado por vía marítima a Gran Bretaña y se encontraba actualmente en el campo de internamiento situado en las afueras de Bridgend. En el expediente de Lauber, en la Oficina de Guerra de Whitehall, no se mencionaba que fuera propietario de las acciones del Der Telegraf.

Tras leer las notas una vez más, Armstrong le hizo una pregunta a Sally. Ella comprobó rápidamente en la guía de oficiales británicos estacionados en Berlín, y le dio tres nombres.

– ¿Alguno de ellos ha servido en el Regimiento del Rey, o en el North Staffordshire? -preguntó Armstrong.

– No -contestó Sally-, pero uno de ellos pertenece a la Brigada Real de Rifles, que utiliza los mismos comedores que nosotros.

– Bien -asintió Dick-, ése es nuestro hombre.

– A propósito -dijo Sally-, ¿qué debo decirle al joven periodista del Oxford Mail?

Dick hizo una pausa antes de contestar.

– Dígale que he tenido que visitar el sector estadounidense, y que trataré de entrevistarme con él en algún momento, mañana.

Era insólito que Armstrong comiera en el comedor de oficiales británicos, porque con su opulencia y libertad para moverse por la ciudad siempre era bien recibido en cualquier restaurante de Berlín. En cualquier caso, todo oficial sabía que, cuando se trataba de comer, siempre trataba de encontrar alguna excusa para estar en el sector francés. No obstante, la noche de ese martes concreto el capitán Armstrong llegó al comedor pocos minutos después de las seis y le preguntó al cabo que servía detrás de la barra si conocía al capitán Stephen Hallet.

– Desde luego, señor -contestó el cabo-. El capitán Hallet suele venir hacia las seis y media. Creo que trabaja en el Departamento Legal -añadió, diciéndole a Armstrong algo que ya sabía.

Armstrong se quedó en el bar, tomando un whisky y mirando hacia la puerta cada vez que llegaba un nuevo oficial. Luego, miraba interrogativamente al cabo, que en cada ocasión negaba con la cabeza, hasta que se dirigió hacia el bar un hombre delgado, prematuramente calvo, en quien hasta el uniforme más pequeño habría parecido holgado. Al llegar ante la barra pidió un Tom Collins y el barman le dirigió a Armstrong un rápido gesto de asentimiento. Armstrong se le acercó y se sentó en un taburete, a su lado.

Se presentó y se enteró rápidamente de que Hallet se sentía impaciente por ser desmovilizado y regresar al Colegio de Abogados de Lincoln, para continuar con su carrera.

– Me ocuparé de ayudarle a acelerar el proceso -dijo Armstrong, sabiendo perfectamente bien que, cuando se trataba de ese departamento, no tenía absolutamente ninguna influencia.

– Es muy amable por su parte, compañero -agradeció Hallet-. No vacile en decirme si puedo hacer algo por usted cuando lo necesite. Para compensarle por la molestia.

– ¿Qué le parece si tomamos un bocado? -sugirió Armstrong, que bajó del taburete y condujo al abogado hacia una mesa tranquila para dos, en un rincón.

Después de haber pedido el menú fijo, Armstrong pidió al cabo una botella de vino de su reserva privada, y condujo hábilmente a su compañero a hablar de un tema sobre el que, según dijo, necesitaba consejo.

– Comprendo demasiado bien los problemas a los que se enfrentan algunos alemanes -dijo Armstrong, que llenó la copa de su compañero-, puesto que yo mismo soy judío.

– Me sorprende, capitán Armstrong -dijo Hallet, que tomó un sorbo de vino, antes de añadir-: Pero, evidentemente, es usted un hombre lleno de sorpresas.

Armstrong miró con atención a su compañero de mesa, pero no detectó en su rostro ninguna señal de ironía.

– Quizá pueda usted ayudarme en un caso muy interesante que me he encontrado hace poco sobre la mesa -se arriesgó a decir.

– Estaré encantado de ayudarle en lo que pueda -dijo Hallet.

– Es muy amable por su parte -dijo Armstrong, que todavía no había tocado su copa-. Me preguntaba qué derechos puede tener un judío alemán que, antes de la guerra, se vio obligado a vender las acciones que poseía de una empresa a otro alemán no judío. ¿Puede reclamar su devolución, ahora que la guerra ha terminado?

El abogado guardó un momento de silencio, y en esta ocasión pareció un poco extrañado.

– Sólo en el caso de que la persona que adquirió las acciones sea lo bastante decente como para volvérselas a vender. De otro modo, no puede hacer absolutamente nada al respecto. Si recuerdo correctamente, eso fue el resultado de las leyes de Nuremberg de 1935.