– Eso, sin embargo, no parece justo -se limitó a decir Armstrong.
– En efecto, no lo es -fue la respuesta del abogado, que tomó otro sorbo de vino-. Pero ésa fue la ley aprobada en su momento y, tal como están las cosas ahora, no existe ninguna autoridad civil con capacidad para revocarla. Ah, debo admitir que este clarete es excelente. ¿Cómo se las ha arreglado para encontrarlo?
– Un buen amigo mío, en el sector francés, parece tener existencias ilimitadas. Si quiere, puedo pedirle, y luego hacérselas llegar a usted, una docena de botellas.
A la mañana siguiente, el coronel Oakshott recibió autorización para permitirle al capitán Armstrong que visitara un campo de internamiento en Gran Bretaña, en cualquier momento del siguiente mes.
– Pero le han limitado a visitar Bridgend -añadió.
– Lo comprendo perfectamente -asintió Armstrong.
– Y también han dejado bien claro que no puede usted entrevistar a más de tres prisioneros -continuó el coronel, que leía un memorándum que tenía sobre la mesa-, y que ninguno de ellos puede tener un rango superior al de coronel. Son órdenes estrictas de Seguridad.
– Estoy seguro de que podré arreglármelas, a pesar de esas limitaciones -dijo Armstrong.
– Esperemos que todo esto demuestre ser útil, Dick. Como bien sabe, todavía tengo mis dudas.
– Espero demostrarle que está equivocado, señor.
Una vez que hubo regresado a su oficina, Armstrong le pidió a Sally que se ocupara de arreglar los detalles de su viaje.
– ¿Cuándo desea marcharse? -preguntó ella.
– Mañana.
– Disculpe, ha sido una pregunta estúpida por mi parte -dijo ella.
Sally le consiguió plaza para un vuelo a Londres para el día siguiente, después de que un general cancelara su viaje en el último momento. También se ocupó de que acudiera a recibirle un coche con un chófer, que lo llevaría directamente a Gales.
– Pero ¿tienen los capitanes derecho a un coche y un chófer? -preguntó él cuando Sally le entregó la documentación del viaje.
– Lo tienen si el brigadier que se ocupa de eso desea ver publicada la foto de su hija en la primera página del Telegraf cuando ella visite Berlín al mes que viene.
– ¿Y por qué querría el brigadier una cosa así? -preguntó Armstrong.
– Yo diría que, probablemente, no puede casarla en Inglaterra -contestó Sally-. Y, como yo misma sé muy bien, todo el mundo se echa encima de cualquier cosa con faldas.
Armstrong se echó a reír.
– Si de mí dependiera, Sally, recibiría usted un aumento de sueldo. Mientras tanto, manténgame informado de cualquier otra cosa que pueda descubrir sobre Lauber, y me refiero una vez más a cualquier cosa.
Aquella noche, durante la cena, Dick le dijo a Charlotte que una de las razones por las que viajaba a Gran Bretaña era para ver si podía encontrar un trabajo una vez que recibiera la documentación de su desmovilización. Aunque ella esbozó una sonrisa forzada, últimamente no siempre estaba segura de que él le contara toda la verdad. Cuando lo presionaba un poco, él se escudaba invariablemente tras las palabras «máximo secreto», y se daba unos golpecitos en la nariz con el dedo índice, tal como había visto hacer al coronel Oakshott.
A la mañana siguiente, el soldado Benson lo llevó al aeropuerto. Mientras estaba en el vestíbulo de salidas, una voz sonó por el sistema de altavoces: «Capitán Armstrong, preséntese en el teléfono militar más cercano antes de embarcar. Es un aviso para el capitán Armstrong». Podría haber atendido la llamada si su avión no se hubiera dirigido ya en esos momentos hacia la pista de despegue.
Tres horas más tarde, al aterrizar en Londres, Armstrong cruzó la pista para dirigirse hacia el cabo apoyado contra un brillante Austin negro que sostenía una pizarra con su nombre indicado en ella. El cabo se puso firmes y saludó en cuanto distinguió al oficial que se le acercaba.
– Necesito que me lleve inmediatamente a Bridgend -le dijo, antes de que el hombre tuviera la oportunidad de abrir la boca.
Tomaron por la A40, y Armstrong se quedó dormido en pocos minutos. No se despertó hasta que el cabo dijo en voz alta:
– Sólo faltan unos cuatro kilómetros más y habremos llegado, señor.
Al acercarse al campo, afluyeron a su mente los recuerdos de los tiempos de su propio internamiento en Liverpool. Pero esta vez, cuando el coche pasó ante las puertas, los centinelas se pusieron firmes y saludaron. El cabo detuvo el Austin frente a la oficina del comandante de campo.
Al entrar Armstrong, un capitán se puso en pie, desde el otro lado de una mesa, y le saludo.
– Soy Roach -se presentó-. Encantado de conocerle.
Extendió la mano y Armstrong se la estrechó. El capitán Roach no mostraba ninguna medalla en su uniforme y daba toda la impresión de no haber cruzado nunca el Canal, ni siquiera para pasar un día al otro lado, y mucho menos para entrar en contacto con el enemigo.
– Nadie me ha explicado todavía cómo puedo ayudarle -dijo mientras dirigía a Armstrong hacia un cómodo sillón junto a la chimenea encendida.
– Necesito ver una lista detallada de los prisioneros que hay en este campo -dijo Armstrong, sin perder tiempo en fruslerías-. Tengo la intención de entrevistar a tres de ellos, para un informe que preparo para la Comisión de Control, en Berlín.
– Eso es bastante fácil -dijo el capitán-. Pero ¿por qué han elegido precisamente Bridgend? La mayoría de los generales nazis están encerrados en Yorkshire.
– Soy perfectamente consciente de ello -asintió Armstrong-, pero no se me ha dado la posibilidad de elegir.
– Me parece bien. ¿Se ha formado ya alguna idea acerca del tipo de persona al que quiere entrevistar, o debo elegir a unas pocas, al azar?
El capitán Roach le entregó una tablilla con varias hojas llenas de nombres. Armstrong recorrió rápidamente con la vista la lista mecanografiada de nombres. Sonrió.
– Entrevistaré a un cabo, a un teniente y a un mayor -dijo, al tiempo que señalaba tres nombres con una cruz, antes de devolverle la lista al capitán.
Roach leyó los nombres elegidos.
– Con los dos primeros será bastante fácil -dijo-, pero me temo que no podrá entrevistar usted al mayor Lauber.
– Tengo plena autoridad para…
– No importaría que tuviera incluso la autoridad del propio señor Attlee -le interrumpió Roach-. Al tratarse de Lauber no puedo hacer nada por usted.
– ¿Por qué no? -espetó Armstrong.
– Porque murió hace dos semanas. El pasado lunes lo envié a Berlín en un ataúd.
12
El cortejo fúnebre se detuvo ante la catedral. Keith se bajó del primer coche del acompañamiento, tomó a su madre por el brazo y la ayudó a subir los escalones, seguido por sus hermanas. Al entrar en el edificio, los fieles ya reunidos se levantaron de sus asientos. Un acólito les acompañó por el pasillo lateral hasta un banco vacío situado en primera fila. Keith sintió varios pares de ojos fijos en él, todos ellos con la misma pregunta: «¿Estás a la altura de las circunstancias?». Un momento más tarde, el ataúd pasó junto a ellos y quedó instalado en un catafalco, delante del altar.
El servicio fúnebre fue celebrado por el obispo de Melbourne, y las oraciones leídas por el reverendo Charles Davidson. Los cánticos seleccionados por lady Townsend habrían hecho reír al viejo: Ser un peregrino, La roca de los tiempos y Participa en la buena lucha. David Jakeman, antiguo director del Courier, fue el encargado de pronunciar el panegírico. Habló de la energía de sir Graham, de su entusiasmo por la vida, de su ausencia de hipocresía, del amor que sentía por su familia, y de lo mucho que sería echado de menos por todos aquellos que lo habían conocido. Terminó recordando a todos los presentes que sir Graham había sido sucedido por un hijo y heredero.