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– Como el hijo de mi padre -dijo Townsend. El comentario fue saludado por unas risas-. Les ruego que continúen como si no yo estuviera aquí. No tengo la intención de interferir en las decisiones editoriales.

Se dirigió hacia un rincón del despacho, se sentó en el alféizar de la ventana y observó, mientras Bailey continuaba dirigiendo la conferencia matinal. No había perdido ninguna de sus capacidades como, al parecer, tampoco su deseo de utilizar el periódico para hacer campaña en favor de cualquier desvalido que, en su opinión, hubiera sido tratado injustamente.

– Está bien, ¿cuál será la historia principal para mañana? -preguntó.

Tres manos se levantaron.

– Dave -dijo el redactor, señalando con un lápiz al redactor jefe de sucesos-. Veamos cuál es tu propuesta.

– Parece que hoy podemos tener un veredicto en el juicio de Sammy Taylor. Se espera que el juez exponga sus conclusiones a últimas horas de esta tarde.

– Bueno, si actúa de la misma forma como ha llevado el juicio hasta ahora, ese pobre bastardo no tiene la menor esperanza. Ese hombre colgará a Taylor a la menor excusa que se le presente.

– Lo sé -asintió Dave.

– Si es un veredicto de culpabilidad, le dedicaré la primera página y escribiré un artículo de opinión sobre el simulacro de justicia que puede esperar cualquier aborigen en nuestros tribunales. ¿Sigue el tribunal rodeado por manifestantes aborígenes?

– Desde luego. Eso se ha convertido en una vigilia continua, día y noche. Duermen en la acera desde que publicamos aquella foto de sus líderes arrastrados por la policía.

– De acuerdo, si se pronuncia hoy un veredicto y es de culpabilidad, tienes la primera página. Jane -dijo volviéndose hacia la redactora jefe de crónicas-, necesitaré mil palabras sobre los derechos de los aborígenes y la forma nefasta en que se ha llevado este juicio. Simulacro de justicia, prejuicios raciales, ya sabes, todas esas cosas.

– ¿Y si el jurado decide que no es culpable? -preguntó Dave.

– En ese improbable caso, dispones de la columna derecha de la primera página, y Jane puede pasarme quinientas palabras de la página siete sobre la fortaleza del sistema de jurados, Australia saliendo finalmente de las épocas oscuras, etcétera.

Bailey desvió la atención hacia el otro lado de la estancia y señaló con un lápiz a una mujer que había mantenido la mano en alto.

– Maureen -le dijo.

– Podemos tener una enfermedad misteriosa en el Royal Hospital de Adelaida. Tres niños pequeños han muerto en los diez últimos días y Gyles Dunn, director del hospital, se niega a hacer declaración alguna, a pesar de lo mucho que le he presionado.

– ¿Todos los niños son de aquí?

– Sí -contestó Maureen-. Proceden todos de la zona de Port Adelaide.

– ¿Edades? -preguntó Frank.

– Cuatro, tres y cuatro años. Dos niñas y un niño.

– De acuerdo, ponte en contacto con sus padres, sobre todo con las madres. Quiero fotos, historial de las familias, todo lo que puedas encontrar sobre ellos. Intenta descubrir si existe alguna relación entre las familias, por remota que sea. ¿Están emparentados? ¿Se conocen entre sí, o trabajan en el mismo lugar? ¿Tienen algún interés compartido, por remoto que sea, y que pueda relacionar los tres casos? Y quiero alguna clase de declaración por parte de Gyles Dunn, aunque sólo sea: «Sin comentarios».

Maureen le dirigió a Bailey un rápido gesto de asentimiento y éste volvió su atención al redactor jefe gráfico.

– Consígueme una foto de Dunn con aspecto atormentado, que sea lo bastante buena como para publicarla en primera página. Tendrás la primera página, Maureen, si el veredicto sobre Taylor es de inocencia. En caso contrario te daré la página cuatro, con una posible continuación de fondo en la página cinco. Procura conseguir fotos de los tres niños. Lo que busco es alguna foto del álbum familiar, con niños sanos y felices, preferiblemente de vacaciones. Y quiero que entres en ese hospital. Si Dunn sigue negándose a declarar nada, encuentra a alguien que esté dispuesto a hablar. Un médico, una enfermera, o incluso un celador, pero asegúrate de que la declaración se produzca delante de testigos o quede grabada. No quiero encontrarme con otro fiasco como el del mes pasado con la señora Kendal y sus quejas contra el cuerpo de bomberos. Ah, Dave -dijo el director, que se volvió de nuevo hacia el redactor jefe de sucesos-, necesitaré saber lo antes posible el veredicto del caso Taylor, para que podamos ponernos a trabajar en la compaginación de la primera página. ¿Alguien más tiene algo que ofrecer?

– Thomas Playford hará lo que ha prometido. Será una declaración importante a las once de esta mañana -dijo Jim West, el redactor jefe de política.

Surgieron gemidos que se extendieron por todo el despacho.

– No me interesa, a menos que anuncie su dimisión -dijo Frank-. Si se trata del habitual ejercicio fotográfico y de relaciones públicas, y de presentar más cifras hinchadas sobre lo mucho que supuestamente ha conseguido para la comunidad local, dedicarle una sola columna en la página once. ¿Qué tenemos en deportes, Harry?

Un hombre con bastante sobrepeso, sentado en la esquina, frente a Townsend, parpadeó y se volvió hacia un joven ayudante sentado a su lado. El joven le susurró algo al oído.

– Oh, sí -dijo el redactor jefe deportivo-. Durante el día de hoy el seleccionador anunciará la composición de nuestro equipo para la primera prueba contra Inglaterra, que empezará el jueves.

– ¿Es posible que sea seleccionado alguno de los chicos de Adelaida?

Townsend asistió al resto de la conferencia, que duró una hora, pero no dijo nada, a pesar de que, en su opinión, habían quedado por contestar varias preguntas. Una vez terminada la conferencia, esperó a que salieran todos los periodistas antes de entregarle a Frank las notas que había tomado antes, en el taxi. El director miró las cifras tomadas apresuradamente y prometió estudiarlas con mayor atención en cuanto dispusiera de un momento. Sin darse cuenta de lo que hacía, dejó la nota en la bandeja de asuntos de salida.

– Puede usted pasar a verme siempre que desee saber algo, Keith -le dijo-. Mi puerta siempre está abierta. -Townsend asintió con un gesto. Al volverse para salir, Frank añadió-: ¿Sabe? Su padre y yo siempre mantuvimos una buena relación de trabajo. Hasta hace poco, tomaba el avión desde Melbourne y venía a verme por lo menos una vez al mes.

Townsend sonrió y cerró tranquilamente la puerta del despacho del editor, tras él. Caminó de nuevo entre las máquinas de escribir y tomó el ascensor hasta el último piso.

Experimentó un estremecimiento al entrar en el despacho de su padre, consciente por primera vez de que ya nunca tendría la oportunidad de demostrarle que sería un digno sucesor. Contempló la estancia, y su mirada se detuvo sobre la fotografía de su madre, en la esquina de la mesa. Sonrió al pensar que ella era la única persona que no tenía necesidad de sentir miedo a ser sustituida en un próximo futuro.

Oyó un pequeño carraspeo, se volvió y se encontró con la señorita Bunting, de pie ante la puerta. Había servido a su padre como secretaria durante los últimos treinta y siete años. De niño, Townsend había oído a su madre describir a Bunty, según la llamaban todos, como «una chica delgaducha». Debía de tener poco más de un metro cincuenta y dos de estatura, aunque se la midiera desde lo alto del moño perfectamente hecho. Nunca la había visto el cabello arreglado de ninguna otra forma y, desde luego, Bunty no hacía ninguna concesión a la moda. La falda larga y el sensato jersey que llevaba sólo permitían ver un atisbo de los tobillos y el cuello; no lucía ninguna joya y, por lo visto, nadie le había hablado todavía de las medias de nailon.