– Mi madre le dijo, sir Colin, que reflexionaría seriamente sobre su oferta. No acordó ningún compromiso verbal, y cualquiera que sugiera lo contrario es…
– Vamos, vamos, jovencito -le interrumpió sir Colin-. Sólo actúo de buena fe. Como bien debes saber, tu padre y yo éramos buenos amigos.
– Pero mi padre ya no está entre nosotros, sir Colin, de modo que en el futuro tendrá usted que tratar conmigo. Y nosotros, que yo sepa, no somos buenos amigos.
– Bueno, si ésa es tu actitud, supongo que no servirá de nada mencionar que estaba dispuesto a aumentar mi oferta hasta las 170.000 libras.
– En efecto, sir Colin, no sirve de nada, porque ni siquiera así la consideraría.
– Tendrás que hacerlo con el tiempo -ladró el viejo-, porque dentro de seis meses te habré expulsado de la calle y entonces tendrás que darte por satisfecho con aceptar las 50.000 libras que te ofreceré por los restos. -Sir Colin hizo una pausa, antes de añadir-: Puedes llamarme en cuanto cambies de opinión.
Townsend colgó el teléfono y le pidió a Bunty que le comunicara al director que quería verlo inmediatamente.
La señorita Bunting vaciló.
– ¿Hay algún problema, Bunty?
– Sólo que su padre tenía la costumbre de bajar a ver al director en su despacho.
– ¿De veras lo hacía así? -preguntó Townsend, que permaneció sentado.
– Le pediré que suba en seguida.
Mientras esperaba, Townsend volvió el periódico por la última página y revisó la columna de anuncios de pisos para alquilar. Ya había decidido que el viaje a Melbourne cada fin de semana le privaría de unas horas preciosas de su tiempo. Se preguntó cuánto tiempo podría esperar antes de comunicárselo a su madre.
Frank Bailey entró precipitadamente en su despacho unos minutos más tarde, pero Townsend no pudo ver la expresión de su rostro, porque mantuvo la cabeza inclinada, mientras fingía estar absorto en la lectura de la última página del periódico. Trazó un círculo sobre uno de los anuncios, levantó la cabeza para mirar al director y le entregó una hoja de papel.
– Quiero que imprima esta carta de Jervis, Smith & Thomas en la primera página de la edición de mañana, y dentro de una hora tendré preparadas unas trescientas palabras para el artículo.
– Pero… -empezó a decir Frank.
– Y ocúpese de buscar la peor fotografía que pueda encontrar de sir Colin Grant, y publíquela junto a la carta.
– Pero tenía la intención de ocuparme mañana del juicio sobre Taylor -dijo el director-. Es inocente y se nos conoce como un periódico que emprende campañas.
– También se nos conoce como un periódico que pierde dinero -dijo Townsend-. En cualquier caso, el juicio sobre Taylor fue noticia ayer. Puede dedicarle todo el espacio que quiera, pero mañana no será en la primera página.
– ¿Alguna otra cosa? -preguntó Frank con sarcasmo.
– Sí -contestó Townsend con calma-. Espero ver la prueba de la primera página sobre mi mesa antes de que me marche esta noche.
Frank salió enojado del despacho, sin decir nada más.
– Ahora quiero ver al director de publicidad -le dijo Townsend a Bunty cuando ésta reapareció.
Abrió la carpeta que Harris le había entregado con un día de retraso y observó las cifras amontonadas con descuido. Aquella reunión resultó ser incluso más corta que la mantenida con Frank y, mientras Harris recogía las cosas de su mesa, Townsend llamó a Mel Carter, el subdirector de tiraje.
Al entrar en su despacho, la expresión del rostro del joven indicaba que él también esperaba que se le ordenara recoger sus cosas de su mesa antes de que hubiera transcurrido la mañana.
– Siéntese, Mel -dijo Townsend. Estudió su ficha-. Veo que trabaja para nosotros desde hace poco, y que está sometido a un período de prueba de tres meses. Permítame dejarle bien claro desde el principio que a mí sólo me interesan los resultados. Dispone usted de noventa días, a partir de ahora mismo, para demostrar su valía como director de publicidad.
El joven pareció sorprendido y aliviado a un tiempo.
– Dígame -continuó Townsend-, si tuviera la posibilidad de cambiar una cosa en el Gazette, ¿qué sería?
– La última página -contestó Mel sin vacilación-. Trasladaría los anuncios clasificados a una página del interior.
– ¿Por qué? -preguntó Townsend-. Ésa es la página que genera nuestros ingresos más importantes, algo más de tres mil libras diarias si lo recuerdo bien.
– Soy consciente de ello -asintió Mel-. Pero, recientemente, el Messenger ha empezado a dedicar la última página a los deportes, y nos ha arrebatado otros diez mil lectores. Han llegado a la conclusión de que pueden poner los anuncios clasificados en cualquier página del interior porque a la gente le interesa mucho más conocer las cifras de tirada del periódico que el lugar donde éste decida publicar el anuncio. Podría ofrecerle un análisis más detallado de las cifras a las seis de esta tarde, si eso ayudara a convencerle de lo que digo.
– Desde luego que sí -afirmó Townsend-. Y si tiene alguna otra brillante idea, Mel, no vacile en comunicarla. Encontrará siempre abierta la puerta de mi despacho.
Para Townsend fue todo un cambio ver a alguien que salía de su despacho con una sonrisa en el rostro. Comprobó su reloj y en ese momento entró Bunty.
– Es la hora para acudir a su almuerzo con el director del departamento de tirada del Messenger.
– Me pregunto si me lo podré permitir -dijo Townsend tras comprobar su reloj.
– Oh, sí -dijo ella-. El Caxton Grill siempre le pareció muy razonable a su padre. Es el Pilligrini el que consideraba muy caro, y allí sólo llevaba a su madre.
– No es el precio de la comida lo que me preocupa, Bunty, sino lo que me pedirá si está de acuerdo en dejar el Messenger y trabajar para nosotros.
Townsend esperó una semana antes de llamar a Frank Bailey y decirle que los anuncios clasificados ya no se publicarían en la última página, que a partir de ahora sería ocupada por las noticias de deportes.
– Pero los anuncios clasificados se han publicado en la última página desde hace setenta años -fue la primera reacción del director.
– Si eso es cierto, no se me ocurre mejor argumento para cambiarlos de sitio -dijo Townsend.
– Pero a nuestros lectores no les gustará el cambio.
– ¿Y a los del Messenger sí? -preguntó Townsend-. Ésa sólo es una de las muchas razones por las que venden bastantes más ejemplares que nosotros.
– ¿Está dispuesto a sacrificar nuestra antigua tradición simplemente por conseguir unos pocos lectores más?
– Veo que por fin empieza a comprender el mensaje -se limitó a decir Townsend, sin pestañear.
– Pero su madre me aseguró que…
– Mi madre no está a cargo del funcionamiento cotidiano de este periódico. Me ha dado a mí esa responsabilidad.
No le dijo que lo había hecho sólo durante noventa días. El director contuvo la respiración durante un momento, antes de decir con voz serena:
– ¿Abriga usted la esperanza de que dimita?
– Desde luego que no -contestó Townsend con firmeza-. Pero sí abrigo la esperanza de que me ayude a dirigir un periódico capaz de producir beneficios.
Se sintió sorprendido ante la siguiente pregunta del director.
– ¿Puede usted suspender la decisión durante otras dos semanas?
– ¿Por qué? -preguntó Townsend.
– Porque mi redactor jefe de deportes no regresa de vacaciones hasta finales de mes.
– Un redactor jefe de deportes que se toma tres semanas de vacaciones en plena temporada de críquet, probablemente ni siquiera se daría cuenta de que se le ha cambiado de sitio su mesa cuando regrese -dijo Townsend con voz cortante.
El redactor jefe de deportes presentó su dimisión el mismo día que regresó de vacaciones, privando así a Townsend del placer de echarle. Pocas horas más tarde había nombrado para ocupar su puesto al corresponsal de críquet, de veinticinco años de edad.