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Frank Bailey entró como una exhalación en el despacho de Townsend un momento después de enterarse de la noticia.

– Es tarea del director ocuparse de los nombramientos -empezó a decir, incluso antes de cerrar la puerta-, no la de…

– No, ahora ya no lo es -dijo Townsend.

Los dos hombres se miraron fijamente el uno al otro durante un momento, antes de que Frank volviera a intentarlo.

– En cualquier caso, es demasiado joven para asumir esa responsabilidad.

– Tiene tres años más que yo -observó Townsend.

Frank se mordió el labio.

– Me permito recordarle que al visitar mi despacho por primera vez, hace apenas un mes, me aseguró, y cito textualmente: «No tengo intención de interferir en las decisiones editoriales».

Townsend levantó la mirada y se ruborizó ligeramente.

– Lo siento, Frank. Le mentí.

Bastante antes de que transcurrieran los noventa días ya había empezado a estrecharse la diferencia en la tirada del Messenger y el Gazette, y lady Townsend olvidó que había impuesto un límite de tiempo para aceptar la oferta de 150.000 libras del Messenger.

Después de haber mirado varios pisos, Townsend encontró finalmente uno que le pareció situado en un lugar ideal, y firmó el contrato de arrendamiento pocas horas después. Aquella noche le explicó a su madre por teléfono que, en el futuro, y debido a la presión del trabajo, no podría visitarla en Toorak cada fin de semana, una decisión que a ella no pareció sorprenderle.

Durante la celebración del tercer consejo de administración al que asistía, Townsend exigió que se le nombrara director ejecutivo, para que nadie abrigara la menor duda de que no estaba allí simplemente como el hijo de su padre. Los miembros del consejo rechazaron su propuesta por un estrecho margen. Aquella noche, al llamar por teléfono a su madre y preguntarle por qué creía ella que lo habían hecho, le contestó que la mayoría de ellos consideraban que el título de editor era más que suficiente para alguien que acababa de cumplir veintitrés años.

Seis meses después de abandonar el Messenger para entrar a trabajar en el Gazette, el nuevo director de tiraje informó que la diferencia entre los dos periódicos se había reducido a 32.000 ejemplares. Townsend se sintió encantado con la noticia, y en la siguiente reunión del consejo de administración les dijo a los directores que había llegado el momento para hacerle una oferta de compra al Messenger. Uno o dos de los miembros más antiguos apenas si lograron evitar el echarse a reír, pero Townsend les presentó entonces las cifras de ventas, así como algo que denominó gráficos de tendencia, y pudo demostrarles, además, que el banco había acordado con él apoyar su oferta.

Una vez que hubo convencido a la mayoría de sus colegas para que aprobaran la oferta, Townsend dictó una carta dirigida a sir Colin, en la que le hacía una oferta de 750.000 libras por el Messenger. Aunque no recibió contestación oficial a su oferta, los abogados de Townsend le informaron que sir Colin había convocado una reunión de emergencia de su consejo de administración, que tendría lugar al día siguiente por la tarde.

Las luces del piso de los despachos ejecutivos del Messenger permanecieron encendidas hasta bastante tarde por la noche. Townsend, a quien se le había negado la entrada al edificio, paseó arriba y abajo por la acera, a la espera de conocer la decisión del consejo. Tras dos horas de espera, tomó una hamburguesa en un café situado en la calle de al lado, y al regresar observó que las luces del piso superior seguían encendidas. Si en aquellos momentos hubiera pasado un policía y le hubiera visto, lo habría detenido como sospechoso de merodear con fines delictivos.

Las luces del piso ejecutivo se apagaron finalmente poco después de la una, y los miembros del consejo de administración del Messenger empezaron a salir del edificio. Townsend miró esperanzado a cada uno de ellos, pero todos pasaron a su lado sin dirigirse ni siquiera una mirada.

Townsend se quedó por los alrededores hasta que estuvo seguro de que en el edificio ya no quedaban nada más que las limpiadoras. Luego, regresó lentamente hacia el Gazette, y vio cómo salían los primeros ejemplares de la edición del día siguiente. Sabía que aquella noche no podría dormir, de modo que salió con una de las primeras camionetas y ayudó a repartir la primera edición por los puntos de venta distribuidos por la ciudad. Eso le permitió comprobar que el Gazette era colocado en la parte superior de las estanterías, por encima del Messenger.

Dos días más tarde, Bunty le colocó una carta en la carpeta de asuntos prioritarios.

Querido señor Townsend:

He recibido su carta del veintiséis de los corrientes.

Con objeto de no hacerle perder más el tiempo, permítame aclararle que el Messenger no está a la venta, y nunca lo estará.

Atentamente,

Colin Grant

Townsend sonrió, arrugó la carta y la echó a la papelera.

Durante los meses siguientes, Townsend presionó a su personal día y noche, en un impulso implacable para superar a su rival. Siempre le dejaba bien claro a cualquier miembro de su equipo que nadie tenía el puesto de trabajo asegurado, y eso incluía al director. Las dimisiones de quienes fueron incapaces de mantener el ritmo de los cambios en el Gazette se vieron superadas por las de quienes dejaron el Messenger para unirse a él, una vez que se dieron cuenta de que aquello iba a ser «una batalla a muerte», una expresión que el propio Townsend utilizaba cada vez que se dirigía a su personal en las reuniones mensuales.

Un año después del regreso de Townsend de Inglaterra, la tirada de los dos periódicos se mantenía igualada, y tuvo la sensación de que había llegado el momento de hacerle otra llamada al presidente del Messenger.

En cuanto sir Colin se puso al aparato, Townsend no perdió el tiempo en cortesías formales y fue directo al grano. Su gambito de apertura fue:

– Si 750.000 libras no le parecen suficientes, sir Colin, ¿cuánto le parece que vale actualmente su periódico.

– Mucho más de lo que tú te puedes permitir, jovencito. En cualquier caso -añadió-, y como ya te expliqué en otra ocasión, el Messenger no está a la venta.

– Bueno, quizá no lo esté durante los seis próximos meses -dijo Townsend.

– ¡No lo estará nunca! -gritó sir Colin por el teléfono.

– En ese caso, lo expulsaré de la calle y entonces tendrá que darse por satisfecho con aceptar las 50.000 libras que le ofreceré por los restos. -Hizo una pequeña pausa y añadió-: Puede llamarme en cuanto cambie de opinión.

Esta vez fue sir Colin quien le colgó el teléfono.

El día en que el Gazette superó en ventas al Messenger por primera vez, Townsend organizó una fiesta en el cuarto piso, y anunció la noticia en un gran cartel que hizo colocar sobre una fotografía ampliada de sir Colin, tomada el año anterior, durante el funeral de su esposa. Ahora, a cada mes que pasaba se ampliaba la diferencia de ventas entre los dos periódicos, y Townsend nunca pasaba por alto todas las oportunidades que se le presentaban para informar a sus lectores de las últimas cifras de ventas. No le sorprendió que sir Colin llamara y sugiriera que quizá hubiese llegado el momento de que ambos se reunieran.

Tras varias semanas de negociaciones, se acordó que los dos periódicos se fusionarían, pero no antes de que Townsend se asegurara las dos únicas concesiones que realmente le importaban. El nuevo periódico se imprimiría en sus talleres y se llamaría el Gazette Messenger.