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Poco después de regresar a la oficina, Armstrong se sorprendió al recibir una llamada telefónica. El coronel deseaba que regresara inmediatamente a su cuartel general. Benson lo condujo rápidamente de regreso, a través del sector británico. Al entrar por segunda vez aquella mañana en el despacho del coronel Oakshott, encontró a su comandante flanqueado por dos hombres a los que no había visto nunca, vestidos con ropas civiles. Se presentaron como el capitán Woodhouse y el mayor Forsdyke.

– Parece que se ha encontrado usted con el premio gordo, Dick -dijo Oakshott, antes de que Armstrong se sentara-. Por lo visto, nuestro mayor Tulpanov pertenece a la KGB. Creemos que es su número tres en el sector ruso. Se le considera como una estrella en ascenso. Estos dos caballeros pertenecen al servicio de seguridad. Les complacería que aceptara usted la sugerencia de Tulpanov de hacerle una visita, y les informara de todo lo que pudiera descubrir, absolutamente de todo, hasta de la marca de cigarrillos que fuma.

– Podría ir a verlo esta misma tarde -sugirió Armstrong.

– No -dijo Forsdyke con firmeza-. Eso sería demasiado evidente. Preferiríamos que esperara una semana o dos y aparentara que sólo se trata de una visita rutinaria. Si fuera a verlo demasiado rápidamente, seguro que se mostraría receloso. Su trabajo le obliga a ser receloso, claro, pero ¿por qué facilitarle las cosas? Preséntese usted en mi oficina en Franklinstrasse, y me ocuparé de que sea totalmente informado.

Armstrong pasó los diez días siguientes dejando que el servicio de seguridad le hiciera pasar por procedimientos rutinarios. Pronto comprendió que no lo consideraban como un recluta natural. Al fin y al cabo, sus conocimientos de Inglaterra se limitaban a un campamento de tránsito en Liverpool, un período como soldado raso en el Cuerpo de Zapadores, su graduación como soldado del Regimiento North Staffordshire, y un viaje nocturno hasta Portsmouth, antes de ser embarcado con destino a Francia. La mayoría de los oficiales que le informaron habrían considerado Eton, el Trinity y los Guards como una calificación más natural para la carrera que habían elegido.

– Dios no parece haberse puesto de nuestro lado con éste -comentó Forsdyke con un suspiro durante el almuerzo con un colega.

Ni siquiera habían considerado la posibilidad de invitar a Armstrong a unirse a ellos.

A pesar de todos estos recelos, el capitán Armstrong visitó diez días más tarde el sector ruso, con el pretexto de intentar encontrar unas piezas de repuesto para las máquinas de imprimir del Telegraf. Una vez que hubo confirmado que su contacto no tenía el equipo que necesitaba, como él ya sabía muy bien, se dirigió rápidamente a la Leninplatz y empezó a buscar la oficina de Tulpanov.

La entrada al vasto edificio gris, a través de un arco situado en el lado norte de la plaza, no era nada impresionante, y la secretaria sentada a solas en el sucio despacho exterior del tercer piso no le produjo a Armstrong la sensación de que su jefe fuera precisamente una «estrella en ascenso». La mujer comprobó su tarjeta, y no le pareció nada extraño que un capitán del ejército británico acudiera allí sin cita previa. Condujo a Armstrong en silencio por un largo pasillo gris, con las paredes desconchadas cubiertas con fotos y cuadros de Marx, Engels, Lenin y Stalin, y se detuvo ante una puerta en la que no aparecía ningún nombre. Llamó, abrió la puerta y se apartó a un lado para dejar entrar a Armstrong en el despacho de Tulpanov.

Armstrong se sorprendió al entrar en una estancia lujosamente amueblada, llena de exquisitos cuadros y muebles antiguos. En cierta ocasión había tenido que acudir a informar directamente al general Templer, el gobernador militar del sector británico, y su despacho era mucho menos impresionante.

El mayor Tulpanov se levantó desde detrás de la mesa, y cruzó la habitación alfombrada para salir a recibir a su invitado. Armstrong no pudo evitar darse cuenta de que el uniforme del mayor, hecho a medida, era mucho mejor que el suyo.

– Bienvenido a mi humilde morada, capitán Armstrong -dijo el oficial ruso-. ¿No es ésa la expresión correcta en inglés? -No hizo el menor intento por ocultar una sonrisa burlona-. Ha llegado usted en un momento perfecto. ¿Le importaría acompañarme a almorzar?

– Gracias -contestó Armstrong en ruso.

Tulpanov no mostró ninguna sorpresa ante el cambio de idioma y condujo a su invitado a través de una segunda estancia, donde ya había una mesa preparada para dos. Armstrong no pudo dejar de preguntarse si acaso el mayor no esperaba su visita.

Una vez sentado frente a Tulpanov apareció un camarero que trajo dos platos de caviar, seguido por otro con una botella de vodka. Si con eso pretendía conseguir que se sintiera a gusto, no lo consiguió.

El mayor levantó su rebosante copa y brindó.

– Por nuestra futura prosperidad.

– Por nuestra futura prosperidad -repitió Armstrong.

En ese momento entró en la estancia la secretaria del mayor, que dejó un grueso sobre marrón en la mesa, al lado de Tulpanov.

– Y cuando digo «nuestra», quiero decir «nuestra» -dijo el mayor.

Dejó la copa sobre la mesa e ignoró el sobre. Armstrong también dejó su copa sobre la mesa, pero no dijo nada. Una de las instrucciones que le habían dado en las sesiones de información del servicio de seguridad era que no hiciese el menor intento por conducir la conversación.

– Y ahora, Lubji -dijo Tulpanov-, no le haré perder el tiempo mintiéndole acerca de mi posición en el sector ruso, sobre todo después de que se haya pasado los diez últimos días siendo exactamente informado acerca de por qué me encuentro estacionado en Berlín y qué papel juego en esta nueva «guerra fría». ¿No es así como lo describen ustedes? A estas alturas, sospecho que sabe usted de mí más que mi propia secretaria.

Sonrió y se llevó a la boca una cuchara llena de caviar. Armstrong jugueteó incómodamente con su tenedor, pero no intentó comer nada.

– Pero la verdad, Lubji…, ¿o prefiere que le llame John? ¿O Dick? La verdad es que yo sí sé sobre usted mucho más que su secretaria, su esposa y su madre juntas.

Armstrong seguía sin decir nada. Colocó el tenedor sobre la mesa y dejó el caviar delante de él, sin tocarlo.

– Como puede ver, Lubji, usted y yo somos de la misma clase, y ésa es precisamente la razón por la que estoy seguro de que podemos prestarnos una gran ayuda mutua.

– No estoy seguro de comprenderle -dijo Armstrong, que le miró directamente.

– Veamos. Puedo informarle, por ejemplo, acerca de dónde encontrar exactamente a la señora Klaus Lauber, y decirle que ella ni siquiera sabe que su marido era el propietario del Der Telegraf.

Armstrong tomó un pequeño sorbo de vodka. Le alivió el hecho de comprobar que la mano no le temblaba lo más mínimo, a pesar de que los latidos de su corazón se habían acelerado mucho.

Tulpanov tomó entonces el sobre marrón dejado a su lado, lo abrió y extrajo un documento, que deslizó hacia él, a través de la mesa.

– Y tampoco hay razón alguna para hacérselo saber a ella, siempre y cuando lleguemos a un acuerdo.

Armstrong abrió el documento, de pesado papel pergamino, y leyó el primer párrafo del testamento del mayor Klaus Otto Lauber, mientras Tulpanov permitía que el camarero le sirviera un segundo plato de caviar.

– Pero aquí dice… -dijo Armstrong al llegar a la tercera página.

La sonrisa reapareció en el rostro de Tulpanov.

– Ah, ya veo que ha llegado al párrafo en el que se confirma que se dejan todas las acciones del Telegraf a Arno Schultz.

Armstrong levantó la cabeza y miró fijamente al mayor, pero no dijo nada.

– Eso, naturalmente, sólo tiene importancia mientras exista este testamento -dijo Tulpanov-. Sin embargo, si este documento no viera nunca la luz del día, las acciones pasarían automáticamente a manos de la señora Lauber, en cuyo caso no veo razón alguna para que…