Durante un momento, ninguno de los dos hombres dijo nada.
– No tiene que preocuparse por eso -dijo Townsend finalmente-. Ya tengo planes para duplicar los beneficios del Chronicle. Dentro de un año, el millón novecientas mil libras nos parecerá barato. Y, lo que es más importante, mi padre me habría apoyado en esta decisión.
Colgó el teléfono antes de que Trevor pudiera replicar nada.
La última llamada fue la de Bruce Kelly, poco antes de las once. Para entonces, Townsend ya se había puesto el batín, y dejado el bocadillo de sardinas a medio comer.
– Sir Somerset sigue nervioso -le advirtió.
– ¿Por qué? -preguntó Townsend-. Tengo la sensación de que la reunión de hoy no podría haber ido mejor.
– La reunión no fue el problema. Después de que se marchara usted recibió una llamada de sir Colin Grant y estuvieron hablando durante casi una hora. Y Duncan Alexander no es exactamente su mejor amigo.
Townsend descargó el puño contra la mesa.
– Maldita sea su estampa -exclamó-. Escúcheme bien, Bruce, y le diré exactamente qué actitud debe usted adoptar. Cada vez que surja el nombre de sir Colin, recuérdele a sir Somerset que en cuanto se convirtió en presidente del Messenger ese periódico empezó a registrar pérdidas. En cuanto a Alexander, a ése puede dejarlo por mi cuenta.
A Townsend le desilusionó descubrir que en su siguiente vuelo a Sydney, Susan no estaba de servicio. Después de que una azafata le sirviera café, le preguntó si Susan estaría en otro vuelo.
– No, señor -contestó ella-. Susan abandonó la compañía a finales del mes pasado.
– ¿Sabe usted dónde trabaja ahora?
– No tengo la menor idea, señor -contestó ella antes de continuar con su trabajo.
Townsend empleó la mañana en recorrer las oficinas del Chronicle, acompañado por Duncan Alexander, que procuró mantener la conversación en un nivel profesional, sin hacer el menor intento por demostrarle una actitud amistosa. Townsend esperó un momento en que ambos se encontraron solos en el ascensor para volverse hacia él y decirle:
– Una vez, hace muchos años, me dijiste: «Los Alexander tenemos una buena memoria. Llámame cuando me necesites».
– Sí, eso dije -admitió Duncan.
– Bien, porque ha llegado el momento de recordarlo.
– ¿Qué espera usted que haga?
– Quiero que le diga a sir Somerset lo buen hombre que soy.
El ascensor se detuvo y las puertas se abrieron.
– Si hago eso, ¿me garantiza que conservaré mi puesto?
– Cuenta con mi palabra -dijo Townsend al salir al pasillo.
Después del almuerzo, sir Somerset, que parecía un poco más contenido que la primera vez que se vieron, acompañó a Townsend a recorrer el departamento editorial, donde le presentó a los periodistas. Todos ellos se sintieron aliviados al ver que el posible nuevo propietario se limitaba a asentir con gestos y a sonreírles, y que procuraba mostrarse agradable incluso con el personal subalterno. Ese día, todo aquel que entró en contacto con Townsend quedó agradablemente sorprendido, sobre todo después de lo que les comunicaron los periodistas que habían trabajado para él en el Gazette. Hasta el propio sir Somerset empezó a preguntarse si acaso sir Colin no había exagerado al describirle el comportamiento de Townsend en el pasado.
– No olvidéis lo que sucedió con las ventas del Messenger después de que sir Colin ocupara la presidencia -se encargó de susurrar Bruce Kelly en diversos oídos, incluidos los del director, una vez que Townsend se hubo marchado.
El personal del Chronicle no le habría concedido a Townsend el beneficio de la duda si hubieran visto las notas que tomaba durante el vuelo de regreso a Adelaida. Para él ya estaba claro que si esperaba duplicar los beneficios del periódico, iba a tener que practicar una cirugía drástica, con recortes desde arriba hasta abajo.
Townsend se encontró, sin pretenderlo, pensando en Susan de vez en cuando. Cuando otra azafata le ofreció un ejemplar del periódico vespertino, le preguntó si sabía dónde trabajaba ella ahora.
– ¿Se refiere a Susan Glover?
– Rubia, de pelo rizado y unos veintitrés años -asintió Townsend.
– Sí, ésa es Susan. Nos dejó para aceptar una oferta de trabajo en Moore's. Dijo que ya no podía soportar los horarios irregulares, por no hablar de que la trataran como a un conductor de autobús. Sé muy bien cómo se sentía.
Townsend sonrió. Moore's siempre había sido la tienda favorita de su madre en Adelaida. Estaba seguro de que no tardaría en descubrir en qué departamento trabajaba Susan.
A la mañana siguiente, una vez repasada la correspondencia con Bunty, marcó el número de Moore's en cuanto ella hubo cerrado la puerta, dejándolo a solas en su despacho.
– ¿Puede ponerme con la señorita Glover, por favor?
– ¿En qué departamento trabaja?
– No lo sé -contestó Townsend.
– ¿Se trata de una emergencia?
– No, es una llamada personal.
– ¿Es usted pariente suyo?
– No, no lo soy -contestó, extrañado por la pregunta.
– En ese caso lo siento mucho, pero no puedo ayudarle. Es contrario a las normas de la empresa que su personal reciba llamadas privadas durante el horario de oficina.
La línea se cortó.
Townsend colgó el teléfono, se levantó de la silla y se dirigió al despacho de Bunty.
– Estaré fuera durante una hora, Bunty. Quizá un poco más. Debo comprarle un regalo de cumpleaños a mi madre.
La señorita Bunting le miró sorprendida, pues sabía que aún faltaban cuatro meses para el cumpleaños de su madre. Pero eso significaba al menos una mejora en comparación con su padre, pensó. A sir Graham siempre le había tenido que recordar la fecha el día anterior.
Al salir del edificio hacía un día tan cálido y agradable que le dijo a Sam, su chófer, que caminaría una docena de manzanas hasta Moore's, lo que le permitiría comprobar todos los quioscos de prensa que encontrara por el camino. No le complació descubrir que el primero de ellos, en la esquina de la King William Street, ya había vendido todos los ejemplares del Gazette, a pesar de que sólo pasaban unos minutos de las diez. Tomó nota para hablar con el director de distribución en cuanto regresara a la oficina.
Al acercarse a los grandes almacenes, situados en Rundle Street, se preguntó cuánto tiempo tardaría en encontrar a Susan. Empujó la puerta giratoria de la entrada y deambuló por entre los mostradores de la planta baja: joyería, guantes, perfumes. Pero no la vio. Tomó la escalera mecánica hasta el primer piso, donde repitió el procedimiento: vajilla, lencería, artículos de cocina. Tampoco tuvo éxito. El segundo piso estaba destinado a ropa de caballero, lo que le recordó que necesitaba un traje nuevo. Si ella trabajaba allí, podría encargar uno inmediatamente, pero no vio a una mujer en todo el departamento.
Al subir en la escalera mecánica para subir al tercer piso, Townsend creyó reconocer al hombre elegantemente vestido situado a dos escalones por encima de él. El hombre se giró y vio a Townsend.
– ¿Cómo está usted? -le saludó.
– Muy bien, gracias -contestó Townsend, que hizo desesperados esfuerzos por recordar quién era.
– Soy Ed Scott -dijo el hombre, solucionándole el problema-. Estuve un par de cursos por debajo de usted en el St. Andrews, y todavía recuerdo sus editoriales en la revista del colegio.
– Me siento halagado -dijo Townsend-. ¿En qué anda metido ahora?
– Soy ayudante del director.
– Eso quiere decir que le han ido bien las cosas -comentó Townsend, que miró a su alrededor.