– Difícilmente podría decirse así -replicó Ed-. Mi padre es el director. Pero eso es algo que usted conoce mejor que yo. -Townsend frunció el ceño-. ¿Buscaba algo en particular? -preguntó Ed al salir de la escalera mecánica.
– Sí -contestó Townsend-. Un regalo para mi madre. Ella ya ha elegido algo, y sólo he venido para recogerlo. No recuerdo en qué piso es, pero sé el nombre de la vendedora que la atendió.
– Dígame el nombre y encontraré el departamento.
– Susan Glover -dijo Townsend, que hizo un esfuerzo para no ruborizarse.
Ed se hizo a un lado, marcó un número por su intercomunicador y repitió el nombre. Un momento más tarde, una expresión de sorpresa apareció en su rostro.
– Parece ser que está en el departamento de juguetería -le dijo-. ¿Está seguro de que le han dado el nombre correcto?
– Oh, sí -contestó Townsend-. Rompecabezas.
– ¿Rompecabezas?
– Sí, resulta que mi madre no se puede resistir a los rompecabezas. Pero a nadie de la familia se nos permite elegirlos porque, cada vez que lo hacemos, terminamos por regalarle uno que ya tiene.
– Oh, ya comprendo -asintió Ed-. Bueno, tome la escalera hasta el sótano. Encontrará el departamento de juguetería a mano derecha.
Townsend le dio las gracias y el ayudante de dirección desapareció hacia la sección de equipaje y viajes.
Townsend descendió hasta «El Mundo del Juguete». Una vez allí, miró entre los mostradores, pero no vio a Susan y empezó a preguntarse si acaso tendría que emplear todo el resto del día. Recorrió lentamente todo el departamento, y decidió no preguntarle a una mujer de aspecto serio, con una placa sobre su ancho pecho que la identificaba como «Primera ayudante de ventas», si trabajaba allí una vendedora llamada Susan Glover.
Pensó que tendría que regresar al día siguiente y ya estaba a punto de marcharse, cuando se abrió una puerta por detrás de uno de los mostradores y Susan salió por ella, llevando una gran caja de un mecano. Se acercó a una clienta que estaba apoyada sobre el mostrador.
Townsend se quedó como transfigurado allí mismo. Era mucho más cautivadora de lo que recordaba.
– ¿En qué puedo servirle, señor?
Townsend se sobresaltó, se giró en redondo y se encontró frente a la mujer de aspecto serio.
– En nada, gracias -contestó con nerviosismo-. Sólo busco un regalo para…, para… mi sobrino.
La mujer le miró fijamente y Townsend se alejó y eligió un lugar donde pudiera permanecer oculto a su vista y seguir viendo a Susan.
La clienta a la que ésta atendía se tomó una cantidad desproporcionada de tiempo para decidir si quería el mecano o no. Susan se vio obligada a abrir la caja para demostrar que el contenido se ajustaba a lo que se indicaba en la tapa. Tomó algunas de las piezas rojas y amarillas y trató de montarlas, pero la clienta se marchó pocos minutos más tarde, con las manos vacías.
Townsend esperó a que la mujer de aspecto serio estuviera ocupada en atender a otra clienta. Sólo entonces se acercó al mostrador. Susan levantó la mirada y sonrió. Esta vez fue una sonrisa de reconocimiento.
– ¿En qué puedo servirle, señor Townsend? -le preguntó.
– ¿Quiere cenar conmigo esta noche? -preguntó él por toda respuesta-. ¿O eso es algo que continúa estando en contra de las normas de la empresa?
– Sí, lo está -contestó ella con una sonrisa-, pero…
En ese momento la primera ayudante de ventas reapareció junto a Susan, más recelosa que nunca.
– Debe de tener por lo menos mil piezas -dijo Townsend-. Mi madre necesita la clase de rompecabezas que la mantenga ocupada durante por lo menos una semana.
– Desde luego, señor -asintió Susan.
Lo condujo hacia una mesa donde aparecían expuestos varios rompecabezas de tamaños diferentes. Townsend empezó a tomarlos y estudiarlos atentamente, sin mirarla.
– ¿Qué le parece en Pilligrini a las ocho? -le susurró, justo cuando la vendedora de aspecto serio se les aproximaba.
– Es perfecto. Nunca he estado allí, pero siempre he querido ir -dijo ella, tomándole de entre las manos el rompecabezas del puerto de Sydney.
Se dirigió hacia la caja registradora, marcó la cuenta e introdujo la gran caja en una bolsa de Moore's.
– Serán dos libras y diez chelines, por favor.
Townsend pagó la cuenta, y habría confirmado la cita si la vendedora de aspecto serio no hubiera estado tan cerca de Susan.
– Espero que su sobrino disfrute con el rompecabezas -dijo la mujer.
Dos pares de ojos lo siguieron al salir.
Al regresar a la oficina, Bunty no dejó de sorprenderse al descubrir el contenido de la bolsa de compra. En los treinta y dos años que llevaba trabajando para sir Graham, no recordaba una sola ocasión en que éste le hubiera regalado un rompecabezas a su esposa. Townsend ignoró su mirada interrogativa.
– Bunty, quiero ver inmediatamente al director de distribución. El quiosco de prensa de la esquina de la King William Street se había quedado sin el Gazette a las diez de la mañana. -Al volverse para entrar en su despacho, añadió-: Ah, ¿puede reservarme una mesa para dos en el Pilligrini, para esta noche?
Al entrar Susan en el restaurante, varios hombres se volvieron a mirarla cruzar hasta una mesa situada en un rincón. Llevaba un traje de color rosa cuyo corte resaltaba su delgada figura, y aunque la falda le caía un par de centímetros por debajo de la rodilla, la mirada de Townsend seguía fija en sus piernas cuando ella llegó junto a la mesa. Después de que ella se sentara frente a él, algunos de los comensales masculinos le miraron con envidia.
Una voz, que tuvo la intención de hacerse oír, comentó:
– Ese condenado hombre consigue todo lo que quiere.
Ambos se echaron a reír y Townsend le sirvió una copa de champaña. Pronto descubrió lo fácil que le resultaba estar en su compañía. Empezaron a intercambiarse historias acerca de lo que habían estado haciendo durante los últimos veinte años, como si fueran viejos amigos que acabaran de encontrarse de nuevo. Townsend explicó por qué había hecho recientemente tantos viajes a Sydney, y Susan le dijo por qué no disfrutaba de su trabajo en el departamento de juguetería de Moore's.
– ¿Es esa mujer siempre tan terrible? -preguntó Townsend.
– Hoy la has visto de buen humor. Después de que te marcharas, se pasó toda la mañana haciendo comentarios sarcásticos sobre si habías acudido para comprarle algo a tu madre, a tu sobrino, o quizá para buscar a alguien. Y después del almuerzo, al regresar tarde un par de minutos, me dijo: «Ha llegado usted ciento veinte segundos tarde, señorita Glover. Ciento veinte segundos del tiempo que le paga la empresa. Si vuelve a suceder, tendremos que pensar en deducir la cantidad apropiada de su salario».
La de Susan fue una imitación casi perfecta y Townsend no pudo evitar el echarse a reír.
– ¿Cuál es su problema?
– Creo que quería ser azafata de una línea aérea.
– Me temo que le faltan una o dos de las calificaciones más evidentes -sugirió Townsend.
– ¿A qué te has dedicado hoy? -preguntó Susan, cambiando de tema-. ¿A tratar de salir con azafatas de Austair?
– No -contestó él con una sonrisa-. Eso sucedió la semana pasada… y fracasé. Hoy me contento con tratar de decidir si puedo permitirme pagar un millón novecientas libras por el Sydney Chronicle.
– ¿Quieres decir uno coma nueve millones? -preguntó ella con incredulidad-. En tal caso, lo menos que puedo hacer es pagar la cuenta de la cena. La última vez que compré un ejemplar del Sydney Chronicle me costó seis peniques.
– Sí, pero yo quiero todos los ejemplares -dijo Townsend.
A pesar de que ya habían terminado de tomarse el café, siguieron hablando hasta bastante después de que el personal de la cocina hubiera terminado su turno. Un par de camareros, de expresión aburrida, se apoyaban contra una columna y, de vez en cuando, les miraban esperanzados. Al ver que uno de ellos contenía apenas un bostezo, Townsend pidió la cuenta y dejó una generosa propina. Al salir a la acera, tomó a Susan de la mano.