– Pero quizá pueda pasar a verle la próxima vez que visite el sector estadounidense.
– Hágalo, por favor -dijo Hahn.
Una vez terminada la cena, Armstrong le dio las gracias a su anfitrión por una noche memorable y procuró marcharse al mismo tiempo que lo hacía Julius Hahn.
– Espero que podemos vernos pronto -dijo Hahn cuando salieron juntos a la acera.
– Estoy seguro de que así será -asintió Armstrong, y le estrechó la mano al mejor amigo de Arno Schultz.
Al llegar al piso, pocos minutos antes de la medianoche, Charlotte ya se había acostado y estaba dormida. Se desnudó, se puso un batín y subió a la habitación de David. Permaneció durante algún tiempo junto a la cuna, mirando fijamente a su hijo.
– Crearé un imperio para ti -le susurró-. Un imperio que te puedas sentir orgulloso de recibir de mí.
A la mañana siguiente, Armstrong informó al coronel Oakshott que había asistido a la fiesta del sexagésimo cumpleaños de Arno Schultz, pero no le dijo que en ella había conocido a Julius Hahn. La única noticia que Oakshott tenía para él era que el mayor Forsdyke le había telefoneado para decirle que deseaba que hiciera otra escapada al sector ruso. Armstrong prometió ponerse en contacto con Forsdyke, pero no dijo que tenía la intención de visitar antes el sector estadounidense.
– Y a propósito, Dick -comentó el coronel-, no he visto su artículo sobre la forma en que tratamos a los alemanes en nuestros campos de internamiento.
– No, señor. Siento decirle que esos condenados krauts no quisieron cooperar. Me temo que todo eso no fue más que una pérdida de tiempo.
– No me sorprende tanto -comentó Oakshott-. Ya se lo advertí…
– Y al final ha demostrado tener razón, señor.
– De todos modos, siento mucho saberlo, porque sigue pareciéndome importante construir puentes de comunicación con esta gente y recuperar su confianza.
– No podría estar más de acuerdo con usted, señor -dijo Armstrong-. Y puedo asegurarle que no hago otra cosa que procurar jugar mi papel en ese sentido.
– Lo sé muy bien, Dick. ¿Cómo le van las cosas al Telegraf en estos tiempos tan difíciles?
– Nunca le han ido mejor -contestó-. A partir del mes que viene tendremos una edición dominical en las calles, y el periódico sigue rompiendo records.
– Eso es magnífico -exclamó el coronel-. Y a propósito, acabo de enterarme de que el duque de Gloucester hará una visita oficial a Berlín el próximo mes. Podría ser material para un buen artículo.
– ¿Le gustaría verlo publicado en la primera página del Telegraf? -preguntó Armstrong.
– No hasta que consiga el visto bueno de seguridad. Entonces podrá tener usted…, ¿cómo se dice?…, una exclusiva.
– Qué interesante -dijo Armstrong, que recordó la predilección del coronel por los dignatarios de visita, sobre todo si eran miembros de la familia real.
Se levantó para marcharse.
– No olvide ponerse en contacto con Forsdyke -fueron las últimas palabras del coronel, antes de que Armstrong le saludara y se dirigiera en jeep a su despacho.
Pero Armstrong tenía en su mente consideraciones más apremiantes que ponerse en contacto con un mayor del servicio de seguridad. En cuanto hubo despachado la correspondencia que encontró sobre su mesa, le advirtió a Sally que pasaría el resto del día en el sector estadounidense.
– Si llamara Forsdyke -le advirtió-, acuerde una cita para verme con él a cualquier hora de mañana.
Durante el trayecto hasta el sector estadounidense, conducido por Benson, Armstrong repasó la secuencia de acontecimientos que sería necesario desplegar para que todo pareciera casual. Le ordenó a Benson que se detuviera en Holt & Co., de donde retiró cien libras de su cuenta, lo que representaba casi todo su saldo. Apenas dejó en la cuenta una suma simbólica, ya que seguía siendo un delito para un oficial británico tener una cuenta bancaria en números rojos, algo que podía llevarlo ante un consejo de guerra.
Una vez que cruzó al sector estadounidense, Benson se detuvo frente a otro banco, donde Armstrong cambió las libras esterlinas por un total de 410 dólares. Esperaba que eso fuera suficiente para conseguir que Max Sackville encajara en sus planes. Los dos almorzaron plácidamente en el comedor estadounidense, y Armstrong acordó reunirse con el capitán aquella misma noche, para la habitual partida de póquer. Al regresar al jeep, le ordenó a Benson que lo llevara hasta las oficinas del Berliner.
A Julius Hahn le sorprendió ver tan pronto al capitán Armstrong, después de su primer encuentro del día anterior, pero dejó inmediatamente lo que estaba haciendo para enseñar los talleres a su distinguido visitante. Armstrong sólo tardó unos pocos minutos en darse cuenta del tamaño del imperio que controlaba Hahn, a pesar de que él no dejaba de repetir con un tono de autolamentación:
– Nada es ya como en los viejos tiempos.
Terminada la visita, incluidas las veintiuna prensas, instaladas en el sótano, fue plenamente consciente de lo insignificante que era el Telegraf en comparación con el equipo de Hahn, sobre todo después de que éste comentara que tenía otros siete talleres de impresión de aproximadamente el mismo tamaño en otras partes de Alemania, incluido uno en el sector ruso de Berlín.
Pocos minutos después de las cinco, antes de abandonar el edificio, Armstrong le dio las gracias a Julius, como había empezado a llamarle.
– Tenemos que volver a vernos pronto, amigo mío. ¿Le importaría acompañarme a almorzar algún día?
– Es muy amable por su parte -contestó Hahn-. Pero, como seguramente sabe, capitán Armstrong, no se me permite visitar el sector británico.
– En ese caso, tendré que ser yo quien acuda a visitarle -dijo Armstrong con una sonrisa.
Hahn acompañó a su visitante hasta la puerta y le estrechó cálidamente la mano. Armstrong cruzó la calle y caminó por una de las calles laterales, ignorando a su chófer. Se detuvo al llegar a un bar llamado Joe's, y se preguntó cómo se llamaba antes de la guerra. Entró en el momento en que Benson detenía el jeep a pocos metros de distancia.
Armstrong pidió una Coca-Cola y se sentó en una mesa, en un rincón del bar. Le alivió comprobar que nadie le reconocía o hacía intento alguno por acercársele. Después de tomar una tercera Coca-Cola, comprobó que los 410 dólares estaban donde los había guardado. Iba a ser una noche muy larga.
– ¿Dónde demonios está? -preguntó Forsdyke.
– El capitán Armstrong tuvo que ir al sector estadounidense poco antes de almorzar, señor -contestó Sally-. Surgió algo urgente después de su reunión con el coronel Oakshott. Pero antes de marcharse me pidió que acordara una entrevista con usted si llamaba.
– Muy considerado por su parte -dijo Forsdyke con sarcasmo-. Resulta que algo urgente ha surgido en el sector británico, y quedaría muy agradecido si el capitán Armstrong se presentara en mi oficina mañana a las nueve.
– Me ocuparé de que reciba el mensaje en cuanto regrese, mayor Forsdyke -le aseguró Sally.
Habría tratado de localizar a Dick inmediatamente, pero no tenía ni la más remota idea de dónde estaba.
– ¿Mano de cinco cartas, como siempre? -preguntó Max, que empujó una botella de cerveza y un abridor sobre la mesa de tapete verde.
– Me parece bien -contestó Armstrong, que empezó a barajar.
– Esta noche tengo muy buena sensación, amigo mío -comentó Max, que se quitó la chaqueta y la colgó sobre el respaldo de la silla-. Espero que dispongas de mucho dinero para gastar.
Se sirvió la cerveza lentamente en un vaso.
– Suficiente -contestó Armstrong.
Apenas tomó un sorbo de cerveza, consciente de que tendría que permanecer perfectamente sobrio durante varias horas. Terminó de barajar, Max hizo el corte y encendió un cigarrillo.