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Al final de la primera hora, Armstrong ya ganaba 70 dólares y la palabra «suerte» seguía flotando desde el otro lado de la mesa. Empezó la segunda hora con una reserva de casi 500 dólares.

– Has tenido mucha suerte hasta el momento -dijo Max, que terminó el contenido de su cuarta cerveza- Pero la noche no ha terminado aún.

Armstrong sonrió y asintió. Lanzó una carta a su oponente y se sirvió una segunda. Comprobó las cartas: el cuatro y el nueve de espadas. Colocó cinco dólares sobre la mesa y repartió las cartas.

Max cubrió la apuesta con sus cinco dólares y levantó la esquina de su carta para comprobar qué le había servido Dick. Intentó no sonreír, y apostó otros cinco dólares para superar la apuesta de Armstrong, que sirvió una quinta carta y estudió su mano durante un rato, antes de colocar un billete de diez dólares para superar la apuesta. Max no vaciló en sacar un billete de diez dólares de la cartera, que dejó sobre el montón de billetes, en el centro de la mesa. Se humedeció los labios.

– Te las veo, compañero.

Armstrong la dio la vuelta a sus cartas y reveló una pareja de cuatros. La sonrisa de Max se hizo más amplia al mostrar una pareja de diez.

– No te puedes echar un farol conmigo -dijo el estadounidense, que recogió el dinero hacia su lado de la mesa.

Al final de la segunda hora, Max iba ligeramente por delante.

– Ya te advertí que sería una noche larga -le dijo.

Hacía rato que había dejado el vaso y bebía directamente de la botella.

Fue durante la tercera hora, después de que Max ganara tres manos seguidas, cuando Dick sacó a relucir el nombre de Julius Hahn en la conversación.

– Afirma conocerte.

– Sí, claro que me conoce -asintió Max-. Es el responsable de editar el periódico en este sector, aunque yo no lo he leído nunca.

– Parece tener mucho éxito -comentó Armstrong, mientras repartía las cartas de otra mano.

– Ciertamente, pero sólo gracias a mí.

Armstrong colocó diez dólares sobre la mesa, a pesar de que sólo tenía un as. Inmediatamente, Max cubrió la apuesta y pidió otra carta.

– ¿Qué quieres decir con eso de «sólo gracias a mí»? -preguntó Armstrong, que puso un billete de veinte dólares sobre el creciente montón.

Max vaciló. Comprobó sus cartas y miró el montón.

– ¿Acabas de apostar esos veinte dólares?

Armstrong asintió con un gesto y el estadounidense sacó veinte dólares del bolsillo de su chaqueta.

– No podría ni limpiarse el culo por la mañana si yo no le entregara el papel -dijo Max, que estudió su mano con atención concentrada-. Yo le entrego su permiso mensual, controlo el suministro de papel, decido la electricidad que recibe, cuándo se cortará y se dará…, como tú y Arno Schultz sabéis muy bien.

Max levantó la mirada al ver que Armstrong sacaba un fajo de billetes de su cartera.

– Creo que te marcas un farol, muchacho -dijo Max-. Lo huelo. -Vaciló, antes de preguntar-: ¿Cuánto has puesto esta vez?

– Cincuenta dólares -contestó Armstrong con naturalidad, como sin darle importancia.

Max introdujo la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó dos billetes de diez y seis de cinco, que dejó cautelosamente sobre la mesa.

– Veamos con qué nos has salido esta vez -dijo receloso.

Armstrong mostró una pareja de sietes. Max se echó a reír inmediatamente y mostró tres sotas.

– Lo sabía. Estás lleno de mierda. -Tomó otro trago de la botella. Al comenzar a barajar para la siguiente mano, la sonrisa no desapareció de su rostro-. No sé a cuál de los dos sería más fácil limpiar, si a ti o a Hahn -dijo con una voz que ya empezaba a arrastrar las palabras.

– ¿Estás seguro de que no es la bebida lo que te hace hablar así? -preguntó Dick, que estudió su mano con poco interés.

– Ya veremos quién habla el último -fanfarroneó Max-. Dentro de una hora te habré dejado limpio.

– No me refería a mí -dijo Armstrong, que dejó otro billete de cinco dólares sobre la mesa-. Hablaba de Hahn.

Se produjo una larga pausa, mientras Max tomaba otro trago de la botella. Luego estudió sus cartas, antes de dejarlas boca abajo sobre el tapete. Armstrong se sirvió otra carta y apostó otros diez dólares. Max pidió otra carta y al verla empezó a relamerse los labios. Se volvió hacia la chaqueta y sacó otros diez dólares.

– Veamos lo que tienes esta vez, compañero -dijo Max, seguro de que ganaría esta vez con dobles parejas de ases y sotas.

Armstrong le mostró un trío de cincos. Max frunció el ceño al ver cómo sus ganancias regresaban al otro lado de la mesa.

– ¿Estarías dispuesto a poner verdadero dinero en lugar de esa bocaza que tienes? -preguntó.

– Acabo de hacerlo -contestó Dick, que se embolsó el dinero.

– No, me refiero a Hahn. -Dick no dijo nada-. Estás lleno de mierda -dijo Max al ver que Dick guardaba silencio durante un rato.

Dick dejó el mazo de cartas sobre la mesa, miró a su oponente y le dijo fríamente:

– Apostaría mil dólares a que no puedes expulsar a Hahn del negocio.

Max dejó la botella en el suelo y lo miró fijamente, como si no pudiera creer lo que acababa de oír.

– ¿Cuánto tiempo me darías?

– Seis semanas.

– No, eso no es suficiente. No olvides que todo tiene que parecer como si nada tuviera que ver conmigo. Necesitaré por lo menos seis meses.

– No dispongo de seis meses -dijo Armstrong-. Yo siempre podría cerrar el Telegraf en seis semanas si quisieras invertir la apuesta.

– Pero Hahn dirige una organización mucho más grande que la de Arno Schultz -dijo Max.

– Soy consciente de ello. Por eso te daré tres meses.

– En ese caso espero que me des ventaja.

Una vez más, Armstrong fingió que se tomaba tiempo para considerar la propuesta.

– De dos a uno -dijo finalmente.

– Si fuera de tres a uno estaría de acuerdo -dijo Max.

– Acabas de cerrar un trato -dijo Armstrong.

Los dos hombres se inclinaron sobre la mesa y se estrecharon las manos. Luego, el capitán estadounidense se levantó de la silla, con movimientos torpes y se dirigió hacia la pared, de donde colgaba un calendario con una mujer escasamente vestida. Levantó las páginas hasta llegar a octubre, sacó una pluma del bolsillo superior de la chaqueta, contó en voz alta y trazó un gran círculo alrededor del día diecisiete.

– Ese será el día en que recibiré mis mil dólares -dijo.

– No tienes la menor esperanza de conseguirlo -le advirtió Armstrong-. He conocido a Hahn y te puedo asegurar que no te será tan fácil arrollarlo.

– Tú limítate a observar lo que hago -fanfarroneó Max mientras regresaba a la mesa-. Voy a hacer con Hahn lo que los mismos alemanes no llegaron a hacerle.

Max empezó a servir una nueva mano. Durante la hora siguiente, Dick continuó recuperando la mayor parte de lo que había perdido hasta entonces. Pero al marcharse, poco antes de la medianoche, Max todavía se relamía los labios.

A la mañana siguiente, al salir del cuarto de baño, Dick encontró a Charlotte sentada en la cama, totalmente despierta.

– ¿A qué hora llegaste a casa anoche? -le preguntó fríamente mientras él abría un cajón de la cómoda para buscar una camisa limpia.

– A las doce -contestó Dick-. Quizá fuera la una. Cené fuera para que no tuvieras que preocuparte por mí.

– Preferiría que llegaras a casa a una hora civilizada, y que pudiéramos cenar alguno de los platos que te preparo cada noche.

– Tal como te digo continuamente, todo lo que hago redunda en tu interés.

– Empiezo a pensar que no sabes cuál es mi interés -dijo Charlotte.

Dick observó el reflejo de su esposa en el espejo, pero no dijo nada.

– Si no vas a hacer nunca el esfuerzo de sacarnos de este condenado agujero, quizá haya llegado el momento de que yo regrese a Lyon.